27.3.12

Campos Elíseos

Situación de los antiguos Campos Elíseos en el Ensanche de Barcelona

Francisco de Paula Mellado fue un escritor, periodista y editor, nacido accidentalmente en Barcelona, muy popular por sus crónicas estivales de viajes por España, que fueron apareciendo en diversos periódicos de la Villa y Corte, donde residió casi toda su vida. En 1857 publicó Impresiones de un viaje a Barcelona y, para que sus elogios a la capital catalana no parecieran manifestaciones de un arrebatado amor filial, Mellado advierte de mano que solo es barcelonés por azar, que no tiene intereses de ningún género ni lazos familiares con la ciudad condal, y que hacía quince años que no la visitaba.
Dicho esto, se detiene el periodista en resaltar cuanto más le agrada de la capital catalana, a saber: La Rambla, el paseo de la Muralla del Mar, el Jardín del General... Pero, lo que más le llama la atención son los jardines que bordean el Paseo de Gracia, en especial los llamados "Campos Elíseos", en cuya descripción emplea Mellado una retahíla de efusivas frases:
"¡Los Campos Elíseos! Posesión encantada donde el genio protector del placer ha agotado todos los dones de la fecunda inventiva: nuevos jardines de Armida, donde las melancolías más profundas y los caracteres más tristes se ven arrastrados al bullicio y a la alegría por la fuerza magnética de una seducción fascinadora; centro mágico de toda clase de diversiones donde encuentran ocupación y goce todos los sentidos; deliciosas enramadas donde se disfruta de la estrepitosa animación de una inmensa muchedumbre y del tranquilo goce de la callada soledad; poéticos vergeles que iluminados por el dulce reflejo de la luna, no vencido por la clara luz del gas, parecen ideados por Cupido para los tiernos coloquios del amor más espiritual y más puro; verdadera Babel de las más variadas distracciones donde todos los gustos encuentran satisfacción cumplida, espectáculo múltiple donde a la vez en uno de sus ángulos se baila, en otro se canta, acá se come; más allá se precipitan, que no corren, por la montaña rusa los aficionados a sensaciones fuertes; templo, en fin, del dios Momo, donde se rinde culto a la música, al baile, a la gastronomía, a la gimnasia, a la pirotécnica, donde dominan la risa y el buen humor, como señores absolutos, y donde solo están cerradas las puertas para el dolor y el llanto, únicos desterrados para quienes no hay allí ni hospitalidad ni cabida."
No es de extrañar que, al cabo de unos años, Madrid también contase con sus propios Campos Elíseos.

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