14.12.09

Cornelia Bororquia

Muy pocas de las novelas publicadas en España en el siglo XVIII han logrado superar el filtro del tiempo. Una de las que se puede leer todavía sin que se caiga de las manos es Cornelia Bororquia, de Luis Gutiérrez, aparecida en París de forma anónima en 1801. Prohibida por la Inquisición y puesta en el Índice, se editó por primera vez en España en 1812. Desde entonces, y a lo largo de los períodos liberales del siglo XIX, se hicieron varias reediciones con gran éxito; pero antes de llegar al XX se hundió en el olvido.
Luis Gutiérrez era un ex fraile trinitario, gacetillero en Bayona, que murió ajusticiado en 1809, por orden de la Junta Central, acusado de agente secreto de los franceses. Cornelia Bororquia, o la víctima de la Inquisición, es una novela breve y de forma epistolar (la sombra de Richardson era alargada). Narra la historia de Cornelia, hija del gobernador de Valencia, que es raptada por el arzobispo de Sevilla y encerrada en los lóbregos calabozos de la Inquisición. Privada de libertad la joven resiste el continuo asedio del arzobispo. Éste intenta violarla, pero Cornelia repele la agresión y le acuchilla mortalmente. Cornelia es condenada a muerte y ejecutada, ante la desesperación de su novio Vargas (que por cierto será el protagonista de una novela posterior de José María Blanco White).
La novela fue escrita con un propósito claro: combatir la intolerancia y el absolutismo religioso, y en concreto la institución del Santo Oficio. A este fin el autor no duda en cargar las tintas de su relato. Hoy en día, sin embargo, nos atraen otras cosas de esta novela: la historia narrada desde los diferentes puntos de vista de sus protagonistas, su ritmo ágil para la época, los toques góticos y el atrevimiento en el lenguaje. He aquí cómo, desde su encierro, habla Cornelia del arzobispo en una de sus cartas a su padre:
"Entra con la piel de oveja, me habla con dulzura, y hallándome cada vez más empedernida, se sale de aquí furioso, al modo que un lobo voraz que habiendo sido echado de un aprisco, va con la lengua colgando o lamiéndose los labios ensangrentados a ocultar en los bosques su vergüenza y furor, pero siempre alampándose por carne y sangre, a pesar de que lleva aún palpitando en sus ijares las víctimas que ha devorado."

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