30.5.08

Comienza la feria

Se ha inaugurado la 67ª edición de la Feria del Libro de Madrid. Libreros y editores se frotan las manos. Los escritores exhiben músculo y calientan motores. Paulo Coelho declara: "Si hubiese tenido críticas positivas no hubiera vendido cien millones de ejemplares". Ruiz Zafón, por su parte, sentencia: "Aquí (se entiende que en España) la literatura es un gueto de mediocridad y pretensión". Vale.
Que no decaiga la fiesta.
Presiento que nos lo vamos a pasar bien estos días.

28.5.08

Exposición Rodoreda

La exposición Mercè Rodoreda. La muerte de la inocencia, que estos días puede verse en el Palau Robert de Barcelona con motivo del centenario de su nacimiento, es muy recomendable. La muestra no es una acumulación de objetos (primeras ediciones, pertenencias personales, cartas, fotos, etc.), sino que pone el énfasis en la materia prima con la que trabaja el escritor: la palabra. La exposición se centra en cuatro de sus obras más conocidas: La plaza del Diamante, La muerte y la primavera, Espejo roto y Cuánta, cuánta guerra. Cada uno de estos mundos erigidos con palabras es contextualizado y “escenificado”: el laberinto, el bosque, la casa de muñecas y el camino recrean la atmósfera que emana de cada una de estas novelas. Uno sale de la exposición entendiendo mejor cómo funciona la escritura de Rodoreda, y cómo es su depurada y emotiva prosa. He aquí, a modo de ejemplo, un pequeño fragmento sacado de La muerte y la primavera (1986, pero escrita en 1961), en la traducción de Enrique Sordo:
“Tuve miedo. El miedo me venía de aquella resina que hervía sola, del techo de luz oculto por las hojas, de tantas alas blancas que volaban… Y me fui de allí: primero poco a poco y a reculones… Después eché a correr como si me persiguiesen el hombre, el hacha y el horcón. En la línea del río me detuve y pegué mis manos planas a mis oídos para no oír la quietud. Volví a atravesar el río por debajo porque la abeja me seguía y la habría matado si hubiera podido. La quería dejar sola y perdida con las rosas de perro, llenas de arañas, que la esperaban. En la otra orilla del río dejé el hedor de hoja comida de oruga y encontré el olor de las glicinas y el hedor del estiércol. La muerte y la primavera. Y caí tendido en el suelo, encima de los cantos rodados, con el corazón vacío de sangre y las manos heladas. Porque yo tenía catorce años y el hombre que se había metido en el árbol para morir era mi padre.”

26.5.08

Los amantes del terremoto

En la tarde del 21 de marzo de 1829 un fuerte sismo se hizo sentir en Torrevieja y alrededores. Hubo mucha ruina. Varias localidades alicantinas y murcianas –Guardamar, Almoradí, Rojales, Orihuela…- quedaron asoladas, con más de 3000 casas destruidas. Una primera evaluación oficial de víctimas, hecha por el ingeniero de caminos José Agustín de Larramendi, dio 389 muertos y 375 heridos. El hecho tuvo repercusión en toda España y, a consecuencia de ello, proliferaron los escritos, tanto periodísticos como literarios, alusivos a la catástrofe. Entre ellos destaca el poema (silva) “A los terremotos ocurridos en España en 1829”, que escribiera un joven Mariano José de Larra.
En cuanto a la narrativa, el sismo de Torrevieja nos ha dejado una novela titulada Los terremotos de Orihuela, o Henrique y Florentina: Historia trágica, impresa en Valencia, por Cabrerizo, en 1829. La obra apareció anónima, pero su autor era el escritor Estanislao de Kotska Vayo (1804-1864), quien dos años más tarde publicaría una apreciable novela histórica: La conquista de Valencia por el Cid. Las primeras 40 páginas del libro contienen los documentos oficiales sobre el temblor, y al final del mismo se incluye un pequeño mapa de los lugares afectados, con su explicación. El estilo y la línea narrativa de Los terremotos de Orihuela están en consonancia con el ramplón sentimentalismo romántico propio de la época. Al final, los dos jóvenes protagonistas, Enrique y Florentina, se reencuentran entre las ruinas, pero -¡oh fatalidad!- “un sacudimiento espantoso levanta la tierra, y abriendo un abismo por aquella parte, se traga a los amantes: Y abrazados, y sus almas confundidas, desaparecen a un mismo tiempo…¡Ya no existís, desafortunados jóvenes!...” Al margen de su calidad, la novela es una de las escasísimas obras de ficción españolas inspiradas en un acontecimiento sísmico real; una obra en la que, como dice Fernando de la Torre, “el terremoto, con sus macabras consecuencias, está pintado a lo vivo y forma el deus ex machina de todo el relato”.

23.5.08

Vida

"La vida es gloriosamente imprevisible."


(John Gilbert en La reina Cristina de Suecia, de Rouben Mamoulian, 1933. Diálogos de S.N. Behrman)

20.5.08

Valero de Urría

Hoy hace cien años moría don Rafael Zamora y Pérez de Urría, marqués de Valero de Urría. Hombre polifacético, el marqués fue un personaje de lo más singular en la levítica Oviedo de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Había nacido en París, en 1861, y siempre conservó una querencia por lo francés. Fue escritor, traductor, colaborador de la prensa local, compositor de música, primer presidente de la Sociedad Filarmónica de Oviedo, conferenciante en los programas de Extensión Universitaria y director de la Escuela de Artes y Oficios. Solía ir atildado y vestido como un dandy, y en las tertulias se hacía notar. Según cuenta Ignacio Gracia Noriega, era fama que el marqués se cepillaba una botella de coñac todas las tardes y se quedaba tan fresco, lo que hizo exclamar, admirándose, al prócer don Policarpo Herrero: “¡Qué barbaridad! ¡Con lo caro que está el coñac!”
De entre su escasa obra literaria destaca un curiosísimo libro de relatos, de “peregrino humor” (Azorín dixit), publicado en Oviedo en 1906. Su título completo es: Crímenes literarios y meras tentativas escriturales y delictuosas, perpetrados por el profesor D. Iscariotes Val de Ur, catedrático de Paleografía, Criptología y Zoophonía en la Universidad de Polanes, publicados, cementados (sic) y precedidos de una biografía del mismo por Rafael Urdeval, telarañista, su discípulo y albacea.” Sigue luego una página con el lema Signum Sceleris, y un dibujo que representa un libro abierto atravesado por un cuchillo. La dedicatoria, de Rafael Urdeval, dice así: “A mi docto y respetable amigo el señor Marqués de Valero de Urría, bachiller en Letras por la Sorbona, licenciado en ambos derechos por la Salmanticense, traductor eximio de la divina Ilíada y despreciador indulgente de la especie humana”. Uno de los “crímenes literarios” se titula “Dogmas éticos, séase morales, o más claro anoopneumatológicos-telematoscópicos, predicados por un Can lleno de experiencia en un Concilio de Zoarios”. De haber sido francés, los surrealistas lo hubieran hecho suyo.

18.5.08

El magalosauro de Dickens

En el primer párrafo de la novela Casa desolada (Bleak House, 1852-53), Charles Dickens nos presenta un Londres intransitable y fantasmagórico, con una sorprendente alusión paleontológica: “Implacable tiempo de noviembre. Tanto barro en las calles como si las aguas acabaran de retirarse momentos antes de la faz de la Tierra, y no sería de extrañar encontrarse con un Megalosaurus de más o menos doce metros de largo, marchando pesadamente, como un lagarto elefantino, en dirección a Holborn Hill” En una reciente edición anotada de esta novela (Valdemar, 2008), hay nota aclaratoria para Holborn Hill, pero no para Megalosaurus; tal vez en la creencia de que el lector de hoy en día ya sabe qué cosa es un megalosauro.
La primera noticia escrita del Megalosaurus (“lagarto grande”) la dio en 1822 un médico llamado James Parkinson, quien habría de ser recordado por la enfermedad que lleva su nombre. Parkinson analizó un gran diente fósil encontrado en Stonesfield, llegando a la conclusión de que debía pertenecer a un reptil de gran tamaño Dos años más tarde el excéntrico geólogo William Buckland publicó una descripción del esqueleto de un Megalosaurus, adelantándose en ello a Gideon Mantell, conocido recolector de fósiles y descubridor del Iguanodon.
Años más tarde, el Megalosaurus sería uno de los dinosaurios modelados y expuestos en el Crystal Palace, que había sido desmantelado después de la Gran Exposición de 1851 y vuelto a edificar en un parque de Sydenham, en las afueras de Londres. Las reproducciones, a tamaño natural, fueron obra de escultor Benjamin Waterhouse Hawkins, asesorado por el anatomista y paleontólogo Richard Owen, del Museo de Historia Natural. Tras su apertura en 1854 el público acudió en masa a ver aquellos espantables monstruos prehistóricos, Ahora se sabe que, desde el punto de vista científico, todas las restauraciones eran erróneas; pero la muestra fue un éxito popular durante muchos años. Y lo que es seguro es que muchos de los visitantes, al ver el imponente Megalosaurus, se acordarían al instante de Dickens y su Casa desolada.

17.5.08

Protección

Nadie debe ser protegido contra uno mismo.

(De An Almanac, de Norman Douglas, 1945)

15.5.08

Cuestión de género

Katharine Hepburn: ¿Y por qué no ha dicho: Lizzie, quiero hablar con usted de hombre a hombre?
Burt Lancaster: ¿De hombre a hombre?
Katharine Hepburn: Perdone, me he equivocado. Usted no es un hombre.

(El farsante, de Joseph Anthony, 1956. Guión de R. Richard Nash)

12.5.08

Americanos en París

"Estoy convencido de que de no haber sido bueno el tiempo reinante durante el mes de mayo, la revolución no se hubiera podido hacer. Quizás se hubiera reducido a unas cuantas escaramuzas. La lluvia y el frío suelen atenuar los ánimos revolucionarios más que ninguna otra cosa. Sé que esto podrá resultar cínico, pero yo creo que es verdad. La Policía de París también compartía mi opinión. Tengo entendido que los oficiales de la Prefectura se reunían todos los días para estar al corriente de los boletines meteorológicos." Quien así habla es el periodista Jack Hartley, narrador de la novela El alegre mes de mayo (1971), de James Jones.
Jones fue uno de los escritores norteamericanos que, a poco de suceder los hechos de mayo de 1968, decidió novelarlos. (Otros fueron Jill Neville, con The Love-Germ, y Frank Yerby, residente en España, que en 1970 publicó Speak now, aquí traducida como Mayo fue el fin del mundo). Jones residía entonces en París, en el Quartier Latin, y fue testigo de las algaradas.
En la novela se nos narra la progresiva desintegración de una familia americana en París, cuyos miembros se verán envueltos, por diferentes motivos, en el vértigo de la revuelta. Al margen de este hilo argumental, de tintes dramáticos, lo que tal vez interese más de la novela hoy en día es el carácter documental que Jones sabe imprimir a la narración, relatando con precisión, día tras día, los movimientos que tuvieron lugar en la rive gauche. La visión que de los hechos nos presenta, por boca de Hartley, el autor de De aquí a la eternidad, no es ciertamente encomiástica. Es la visión escéptica de un liberal desencantando, que quemó los ideales de su juventud luchando en la segunda guerra mundial, y que ha visto ya demasiadas insensateces como para creer todavía en utopías capaces de cambiar el mundo.
Según cuenta Frank MacShane en Into Eternity. The Life of James Jones, American Writer (1985), cuando se publicó en Estados Unidos El alegre mes de mayo la crítica lo recibió con una mezcla de hostilidad y desconcierto, siendo las reseñas negativas más numerosas que las positivas. Jones se tomó todas ellas con su usual estoicismo. Hacía tiempo que se había dado cuenta de que debajo de los adoquines no había playa.

La fama es un fastidio

Después de haberse mostrado "encantada" de recibir el premio Nobel de Literatura, Doris Lessing dice ahora que haberlo ganado ha sido un "maldito desastre"; que solo hace que conceder entrevistas y pasar el tiempo en sesiones de fotos, y que se ha gastado casi toda la cuantía económica del premio en sus hijos, nietos y demás familia.
La fama agobia, casi tanto como la familia.

9.5.08

De Palmira a Olot

Constantin-François de Chasseboeuf, conde de Volney (1757-1820), fue un digno representante del espíritu de la ilustración. Político, viajero, historiador y lingüista, su obra más célebre es Las Ruinas, o meditaciones sobre las revoluciones de los imperios (1787), más conocida por Las ruinas de Palmira. Al principio fue partidario de la Revolución, pero después de pasar diez meses en la cárcel durante el Terror, optó en 1795 por emigrar a Estados Unidos.
Durante tres años Volney se dedicó a recorrer el este de la antigua colonia inglesa, adentrándose hasta Detroit, Cincinatti y Louisvillle, y recogiendo datos de todo tipo. Acusado de espía, hubo de precipitar su marcha a Francia. Una vez en su país, publicó el resultado de sus correrías americanas en una obra en dos tomos titulada Tableau du climat et du sol des États-Unis d’Amérique (1803). Aunque Volney no era naturalista, estaba al día en publicaciones sobre geología. En dicho libro habla de los distintos terrenos, y divide el país en “regiones geológicas" de rocas graníticas, areniscas, rocas calcáreas, arenas marinas y depósitos fluviales. Volney se atreve incluso a abordar una rudimentaria cartografía geológica, en la que figuran las diversas formaciones y su distribución, advirtiendo al lector del significado de los colores. Una de las copias de este esbozo geológico se la dio Volney a su amigo americano William Maclure, quien lo utilizó ampliamente para elaborar en 1809 su mapa geológico del este de Estados Unidos. Este mapa tuvo mucho éxito y se reimprimió varias veces.
Poco antes, Maclure había estado en Europa y había visitado los volcanes extintos de la comarca gerundense de Olot. Le sirvió de guía el boticario de la localidad Francesc de Bolós, quien había descubierto el volcanismo de esta región unos años antes, si bien no publicaría su estudio hasta 1820. Maclure, sin embargo, no perdió el tiempo, y en 1808 envió al Journal de Physique, de Chimie et d’Histoire Naturelle de París una comunicación titulada “Sur les volcans d’Ollot (sic) en Catalogne”. Más tarde, este artículo suscitaría la curiosidad de Charles Lyell, quien no dudaría en visitar en 1830, en plena década ominosa, los volcanes olotenses. Lyell acabaría haciendo justicia a Bolòs, pero esta ya es otra historia.

7.5.08

Dos poemas de Vicent Andrés Estellés

Hay el arado, amarillento, con un amarillo de hueso
y hay el cráneo del asno entre la broza tierna
y hay una lejanía de sábanas secándose:
hay una barca en la arena, hay otras cosas, Françoise.
Hay huellas también, espaciadas y graves,
hay la señal de unas nalgas alegres y pequeñas,
y la soledad, Françoise, más soledad todavía.
Hay también la cama metálica, hay la habitación
por horas, hay la virgen con unos ojos grandes por el pánico,
y desnuda, en un rincón, viendo avanzar al hombre:
hay la virtud, Françoise, y la virginidad,
y el invierno, en la playa, y hay los cristales, sucios,
y hay las sábanas grasientas, rasgadas con las uñas,
y hay los barcos, Françoise, con nombres prestigiosos,
en el agua lenta y triste y oleaginosa del puerto.
Hay dos barcos daneses cargando mandarina.



Voy haciendo el triste catálogo, mi nocturno catálogo
de estupros, de adulterios, de violaciones,
entre el crujir de las camas y el crujir de los ataúdes,
la agitación de la pluma sobre el papel gordísimo,
y la agitación de los platos, las cucharas, los váteres,
los cadáveres que están deshaciéndose en la bodega.
Hay el huésped que se ha muerto y no se sabe de dónde es,
y hay el huésped que espera que llegue un telegrama,
como hay el huésped que escucha el coito de un matrimonio
y hay el huésped, cortés, que no habla con nadie.
Pero yo debo escribir, en el libro más grande
y con la letra más clara, pequeña e incisiva,
mientras una pobre joven muerde una colcha,
mientras una pobre viuda se lo lava en un bidé,
mientras el pobre poeta escribe versos indignos,
mientras al pobre hombre rico le viene un dolor de estómago,
mientras las pobres gentes van haciendo las pobres cosas
y el mendigo se pellizca tiernamente las ladillas,
humildes, de un color de miel delicadísimo,
y amablemente las deja en su mano abierta.

(Traducción: J.O. L'Hotel París, de Vicent Andrés Estellés, 1973)

5.5.08

Ideas y palabras

Si agrandamos nuestros conceptos deberíamos también agrandar nuestro vocabulario.

(De An Almanac, de Norman Douglas, 1945)

3.5.08

Vesubio

Los romanos sabían que el monte Vesubio había arrojado fuego en otro tiempo, pero cuando aconteció la erupción el 24 de agosto del año 79 nadie se acordaba de ello. Plinio el Joven, en carta dirigida al historiador Tácito, hizo un relato fidedigno de aquella catástrofe que sepultó Pompeya y Herculano y en la cual pereció, en aras de la curiosidad científica, su tío Plinio el Viejo.
En 1779 volvió a estallar el Vesubio. Ocurrió de noche, y un gran río de lava de 1.500 pies de anchura y 14 de altura recorrió tres millas y media hasta dar en el mar. Sir William Hamilton, enviado plenipotenciario británico ante la Corte de Nápoles, fletó una barca y se hizo llevar cerca del ígneo muro. “A 300 pasos a la redonda, dice, la lava hacía humear y hervir el agua, y hasta dos millas más allá, perecieron todos los peces.” William Hamilton (1730-1803) era un hombre ilustrado, anticuario, naturalista diletante y coleccionista empedernido. Fruto de su pasión por los volcanes es su libro Campi Phlegraei: Observations on the Volcanos of the Two Sicilies (1776), un libro seminal de la volcanología que contiene unas excepcionales ilustraciones en color de Pietro Fabris. Años más tarde, la segunda esposa de Hamilton, la bella Emma, tendría un sonado affair con el almirante Horatio Nelson durante la visita de éste a Nápoles. Susan Sontag narró las vicisitudes de los tres personajes en su afamada novela El amante del volcán (1995).
La sombra del Vesubio se percibe en varias obras narrativas. La más famosa, sin duda, es Los últimos días de Pomeya (1834), de Edward Bulwer Lytton, que recrea la erupción del 79. Pero también ha inspirado otras menos relevantes. Una de ellas es La montaña furiosa (1950), del escritor inglés Hammond Innes. Se trata de una novela de espionaje e intriga, en la que los protagonistas se ven atrapados por una erupción similar a la producida en 1944, de la que había sido testigo el autor. Uno los personajes de la novela es un turista americano, aficionado a la geología, que viaja a Nápoles exclusivamente para ver de cerca el Vesubio y en un momento determinado dice: “Ver Nápoles…y morir; creo que esto se le ocurrió a alguien durante una de las erupciones”.

1.5.08

Houghton

Cuenta Henry Miller en Los libros de mi vida que, estando en Francia, conoció a dos personas que le hablaron muy elogiosamente de un escritor inglés llamado Claude Houghton. Puede que a muchos lectores actuales el nombre de Houghton no les diga absolutamente nada. No es de extrañar si tenemos en cuenta que sus obras solo se encuentran hoy en día en las librerías de lance. Sin embargo, Houghton fue a finales de los años treinta un novelista apreciado por la crítica y favorecido por el público. En España sus obras llegaron en los años cuarenta y fueron un éxito. Un crítico de la época, Darío Fernández Flórez, poco dado al incienso, vio en él “la llama del mejor genio novelístico inglés”. Soy Jonathan Scrivener se titula una de las primera novelas que le dieron fama. A esta seguirían otras: Julian Grant pierde el camino, El caos ha vuelto, El espesor de un cabello
Hudson renace
-cuya traducción castellana, de Juan G. de Luaces, data de 1945- es una de sus mejores obras. Henry Miller dijo que parecía haber sido escrita especialmente para él, dada la correspondencia de algunos de sus pasajes con determinados episodios de la vida del autor de Trópico de Cáncer. En esta novela, el protagonista, Stephen Hudson, se restablece en un sanatorio londinense de un disparo recibido en extrañas circunstancias, en casa de una actriz amiga suya. Desde las fronteras de la muerte Hudson se reincorpora lentamente al dominio de los vivos, a la par que reconstruye mentalmente su vida –y el motivo del dramático suceso que casi acaba con ella-, a partir de sus recuerdos dispersos. La infancia será la etapa que se apoderará primero, y con más fuerza, de la precaria memoria de Hudson. En los años infantiles es donde el protagonista encontrará las causas de muchas de sus acciones posteriores. Como él mismo le confiesa a su amiga actriz en un momento dado de la novela: “Creo que hay personas que están siempre buscando la niñez, aunque no de se den cuenta de ello”. Tal vez fuera esta búsqueda la que persiguiera también Henry Miller. En cualquier caso, al final Hudson renace, pero Houghton todavía está a la espera.