29.2.08

Juicios valorativos

El escritor alicantino Miquel Silvestre, autor de la novela Spanya SA, ha dicho en unas declaraciones al diario La Nueva España (28/02/08) que, en el libro, "no hago juicios valorativos respecto a lo que satirizo, sea la globalización, los nacionalismos o el amor". Pero en otra parte de la entrevista no le importa hacer juicios de valor cuando el peridodista le pregunta: "¿La novela española necesita más ironía burlesca y menos prosa complaciente?", a lo que Silvestre responde: "La novela española o es irónica y burlesca, o no es novela española"; y para rematar la sentencia añade: "Estos novelones afectados, profundos y aburridos que se escriben ahora, tipo Javier Marías, no son novela española, son novela en español, traducciones de narrativa anglosajona o hispanoamericana que poco tienen que ver con nuestra tradición."
Ya sé que opinar es gratis y que cada cual puede opinar lo que quiera, así que, para ahorrarme comentarios intrascendentes, me limitaré a decir que no hace falta que nadie nos diga si lo que uno escribe o lee es novela española o no lo es. Bastantes adoctrinadores de toda laya padecemos.

26.2.08

Firbank

Pocos escritores me atraen y me repelen tanto a la vez como Ronald Firbank, autor de novelas como Capricho, Valmouth y En torno a las excentricidades del cardenal Pirelli. Difícilmente deja indiferente al lector. Osbert Sitwell dedica a Firbank una afectuosa semblanza en su libro Noble Essences, or Courteous Revelations (1950). Le recuerda –“a litle of a shy, charming, sad, comic and altogether unusual personality”- como un asiduo del Café Royal o el Eiffel Tower de Londres, tomando raciones minúsculas y observando a la variopinta clientela con su porte de dandy.
La flor pisoteada (1923) es una de sus obras más características. Lleva por subtítulo “La historia de la juventud de Santa Laura de Nazianzi y de la época que la vio nacer” y, como de costumbre, el argumento –descabellado y volátil-, el escenario –un improbable país imaginario- y los personajes –cortesanos, aristócratas, cardenales y monjas de estrafalarios nombres- constituyen, junto a los alfilerazos contra la monarquía, la diplomacia y la religión, la esencia del inconfundible mundo firbankiano. Su estilo, barrocamente recargado, puede llegar a cansar incluso en dosis moderadas, pero a la postre resulta mucho más atrevido que el de otros autores contemporáneos. Sus descripciones suelen estar plagadas de imágenes queer que oscilan entre el camp y el kitsch:

“En tanto, Madame Wetme se hallaba sentada, anhelante, junto al samovar en su sala de espera. Para recibir a la Duquesa había elegido un mashak à la mode, tras blanquearse el rostro y arrebolarse las orejas; además se colocó un diminuto, pero costoso, aigrette de modo insinuante entre el peinado. Como la hora del Angelus se aproximaba, la tensión debida a la espera crecía más y más agudamente, y bajo el nerviosismo de la expectativa, hasta los pequeños pastelillos azucarados que estaban sobre la mesa lucían pálidos por la preocupación.”

Los diálogos
son otra de sus bazas distintivas, y en un pasaje de la novela el autor no tiene reparos en citarse con ironía:

“¡Supongo que me estoy volviendo muy descontentadiza! Pero a ese Ronald Firbank no lo soporto. ¡Valmouth! ¿Hubo alguna vez una novela más ordinaria? Y os aseguro que no lo insulto lo suficiente.”
“Está pasado de moda –dijo Mistress Bedley suavemente-, al igual que –agregó- el resto de ellos.”
“Una vez lo conocí –dijo Miss Hopkins, dilatando levemente la retina de sus ojos-. ¡Me dijo que escribir libros era, sin duda, algo fácil!”

Firbank: un escritor que no desentona en medio de sus excéntricos personajes de ficción.

24.2.08

Sobre el trato social

Me encanta degustar a mis amigos pero no comérmelos; en otras palabras, sostengo la anticuada opinión de que toda interrogación, toda curiosidad social, es vulgar.

(De An Almanac, de Norman Douglas, 1945)

22.2.08

Arbuthnot

A finales del siglo XVII se editaron en Inglaterra numerosas obras en las que se disertaba sobre el origen de la Tierra, sus posibles cambios y el Diluvio universal. Estas especulaciones cosmogónicas, conocidas como “teorías de la Tierra”, trataban de interpretar los misteriosos hechos geológicos (verbigracia, los fósiles) a la luz de las Sagradas Escrituras. El resultado fue un frenesí de polémicas, réplicas y contrarréplicas a varias bandas entre teólogos, científicos y eruditos en general. Algunas obras suscitaron especial controversia: Sacred Theory of the Earth (1684), de Thomas Burnett; Geologia, or Discourse Concerning the Earth Before the Deluge (1690), de Erasmus Warren; New Theory of the Earth (1696), de William Whiston y An Essay Toward a Natural History of the Earth (1695), de John Woodward. Esta última teoría fue particularmente combatida por el doctor John Arbuthnot en su An Examination of Dr. Woodward’s Account of the Deluge 1697).
Woodward veía la Tierra como un sistema estable, ordenado y benevolente; con un mínimo de fuerzas produciendo el mínimo de cambios. Por el contrario, Arbuthnot era partidario de una Tierra dinámica, en continua transformación. El testimonio de las rocas sugería, según Arbuhnot, que diferentes estratos se habían formado gradualmente a lo largo del tiempo, no simultáneamente, como creía Woodward. En apoyo de sus tesis sacó a relucir el Prodromus, texto básico de la geología moderna escrito veintiocho años antes por el danés Nicolaus Steno. Finalmente, la línea de pensamiento propugnada por Steno y Arbuthnot, entre otros, acabaría triunfando; pero la influencia del relato bíblico del Génesis en las ideas geológicas tardaría aún bastante tiempo en disiparse.
El doctor Arbuthnot fue un médico eminente (como Steno), matemático y miembro destacado del Scriblerus Club. Como escritor descolló como satírico. Al él se le debe el acerado panfleto The Art of Political Lying (1713), atribuido durante algún tiempo a su amigo Jonathan Swift. Una saludable lectura, sobre todo en estos días de campaña electoral.

20.2.08

De entre los sueños

Lizabeth Scott: ¿De qué nos conocemos?
Humphrey Bogart: De los sueños de un amigo mío.

(Callejón sin salida, de John Cromwell, 1947. Guión: Steve Fisher)

17.2.08

Nostalgia de los trópicos

“En mayo de 1936 llegué a Marsella, donde había de embarcar hacia la más lejana de las tierras, el desconocido y primitivo archipiélago de las Nuevas Hébridas. Iba allí con la extraña misión de dirimir contiendas catastrales entre súbditos franceses y británicos e imponer sanciones, que podían llegar a la máxima severidad, a los indígenas que hubieran delinquido”. De esta prometedora manera empieza el abogado barcelonés Manuel Bosch Barrett Tres años en las Nuevas Hébridas (1943), apasionante relato de su estancia, como presidente del Tribunal Mixto Internacional, en Port-Vila, capital del condominio anglo-francés de Nuevas Hébridas, actual Vanuatu. En el libro Bosch nos traslada a la dulce calma de los trópicos, sumergiéndonos en una atmósfera de agradable abandono e indiferencia; allí donde el tiempo se desliza cansino como un galápago y el mayor acontecimiento es la arribada de cualquier barco. Sólo los viajes vacacionales a otras islas del Pacífico logran romper la rutina del alto funcionario colonial.
Terminada su misión, en 1939 regresa Bosch a Barcelona. Tiene cuarenta y cinco años y se encuentra un país muy distinto al que había dejado. Decide probar fortuna como escritor. En 1942 publica su primera novela, La extraña vida de Pierre Queroul, subtitulada “una narración de los mares del Sur”; y dos años más tarde Xavier, o la isla de imán. En ambas se perciben distantes ecos del Pierre Benoît de Erromango, así como de los relatos polinesios de Peikea, princesa caníbal i altres contes oceànics, de su paisana Aurora Bertrana. Escribe una biografía de Doña Isabel Barreto, primera mujer almirante y adelantada de las islas Salomón; y en 1945 saca otra novela, Pensión de Ultramar, en la que aún persisten los perfumes tropicales de la copra y el tiaré. Tal vez desengañado de la escasa apreciación sus obras, Bosch deja de escribir ficción y se entrega de lleno a la traducción, llegando a ser uno de los más activos traductores de la época (sólo para el editor Janés tradujo en doce años no menos de 37 obras.)
Quién sabe lo que hubiera dado de sí Manuel Bosch Barrett de seguir escribiendo novelas. Suponemos que los escenarios sensuales y cosmopolitas de sus obras debieron de representar un lujo demasiado exótico en la España estrecha, gris y mezquina de la posguerra. Al final quien tal vez soñara con ser nuestro Somerset Maugham tuvo que conformarse con traducirle.

15.2.08

Vida y destino

Hay novelas buenas, malas y regulares. Luego hay novelas excelentes o muy buenas. Y, finalmente, por encima de todas, están las grandes novelas. Vida y destino, de Vasili Grossman, es una gran novela. La verdad es que uno sale exhausto y conmovido de este poderoso y monumental relato, espléndidamente traducido por Marta Rebón. Así que si quieren saber más de esta novela les invito a que, por ejemplo, lean la reseña que mi colega Jesús Aller presenta en www.rebelion. org.
Yo me limitaré a citar, de entre los muchos párrafos dignos de mención, uno de cerca del final (pág. 1093):
"Y aunque ninguno de ellos pueda decir qué les espera, aunque sepan que en una época tan terrible el ser humano no es ya forjador de su propia felicidad y que sólo el destino tiene el poder de indultar y castigar, de ensalzar en la gloria y hundir en la miseria, de convertir a un hombre en polvo de un campo penintenciario, sin embargo ni el destino ni la historia ni la ira del Estado ni la gloria o la infamia de la batalla tienen poder para transfotrmar a los que llevan por nombre seres humanos. Fuera lo que fuese lo que les deparara el futuro -la fama por su trabajo o la soledad, la miseria y la deseperación, la muerte y la ejecución-, ellos vivirán como seres humanos y morirán como seres humanos, y lo mismo para aquellos que ya han muerto; y sólo en eso consiste la victoria amarga y eterna del hombre sobre las fuerzas grandiosas e inhumanas que hubo y habrá en el mundo."

12.2.08

Pensamiento del día

El escritor británico Norman Douglas (1868-1952) -conocido por sus libros de viajes sobre Capri, Calabria y Túnez, así como por su novela Viento del Sur-, confeccionó, a modo de un "small return for greater kindness", un almanaque en el que para cada día del año figuraba un aforismo o pensamiento, la mayoría extraídos de sus libros. En 1941 la Livraria Portugália de Lisboa imprimió 25 ejemplares; todos, excepto uno, para sus amigos. El obsequio gustó; y así, cuatro años más tarde, la editorial londinense Chatto & Windus, en asociación con Martin Secker & Warburg Ltd, sacó al mercado, "con unas pocas alteraciones", una edición comercial de An Almanac.
Para tal día como hoy, 12 de febrero, Norman Douglas escribe:

"Con las casas editoriales pasa como con las esposas: uno siempre desea las de otros. Y cuando las tienes, ¿dónde está la diferencia?"

8.2.08

Raspe

En 1785 se publicó Londres, anónimamente, un librito titulado Baron Munchhausen’s Narrative of His Marvellous Travels and Campaings in Russia. En él se recopilaban las andanzas de un noble fanfarrón capaz de las más descomunales hazañas. El exagerado héroe se inspiraba en un personaje real: el militar Karl Friedrich Hieronymus von Münchhausen. El libro, de unas ochenta páginas y con un precio de venta de un chelín, tuvo un éxito fulgurante. En poco tiempo se lanzaron varias ediciones, y al año siguiente Gottfried Bürger pergeñó una adaptación al alemán que se hizo muy popular, siendo rápidamente vertida a otras lenguas. Pocos lectores sabían entonces que el autor del libro era un naturalista alemán llamado Rudolf Erich Raspe (1737-1794).
Raspe había estudiado en las universidades de Gotinga y Leipzig. Luego trabajó como bibliotecario, enseñó en el Collegium Carolinum de Kassel y escribió Specimen Historiae Naturalis (1763), en el que reivindicaba las ideas geológicas de Robert Hooke. Todo parecía ir bien hasta que, en 1775, Raspe fue detenido por haber empeñado algunas piezas de oro propiedad del landgrave de Hesse, de quien era conservador de sus colecciones de medallas y piedras preciosas. Con astucia, Raspe logró huir de Alemania y estuvo vagando de aquí para allá antes de instalarse en Gran Bretaña, donde prosiguió con sus oportunistas negocios. Como experto prospector minero logró engatusar a Sir John Sinclair, en cuyas fincas Raspe dijo haber descubierto criaderos de valiosos metales. Se averiguó que era él mismo quien había hecho unos hoyos y luego metido en ellos los minerales, lo que le obligó de nuevo a huir a otro sitio.
Si se lo proponía, hacía geología en serio. Su trabajo sobre volcanismo An Account of Some German Volcanoes and their Productions, With a New Hypothesis of the Prismatical Basaltes (1776), le valió cierta fama entre los geólogos, divididos a la sazón en dos bandos: neptunistas y plutonistas. Raspe se alineó con los plutonistas. Tradujo varias obras al inglés, entre ellas algunas de Ignaz von Born, geognosta, illuminato y modelo para el Sarastro de La flauta mágica de Mozart. Ninguna de estas traducciones, ni los diferentes empleos por los que pasó, ni sus proyectos fracasados, le dieron dinero suficiente. Pensó que la cosa podría cambiar con la publicación de las aventuras de su barón Münchhausen, pero vendió el original al editor por un precio irrisorio y no pudo aprovecharse de las suculentas ganancias generadas por el libro. Murió oscuramente en una remota parte del condado de Kerry, Irlanda. Años después Walter Scott se inspiraría en Raspe para crear el personaje del timador Herman Dousterswivel, de la novela El anticuario.

5.2.08

Incierto vaticinio

Anthony Burgess escribió La naranja mecánica entre los meses de abril y agosto de 1961. Andrew Biswell, autor de The Real Life of Anthony Burgess (2005) examinó el mecanoscrito y vio que había abundantes anotaciones marginales hechas de su puño y letra. Una de ellas hace referencia al episodio en el que Alex y su pandilla se ponen disfraces o maskies. Al lado de las palabras "Elvis Presley" Burgess anota: "¿Será conocido este nombre cuando aparezca el libro?". Al parecer, a Burgess le preocupaba que Elvis pasase de moda y los lectores del futuro no supiesen de quién se trataba.
Pues bien, 47 años después, Elvis Presley sigue gozando de muy buena salud. No se puede decir lo mismo de Anthony Burgess, cuya fama y prestigio se han difuminado un tanto en los últimos tiempos, en mi opinión injustamente. Pero ya se sabe: el presente es engañoso; y el futuro, una incógnita.

2.2.08

No disparen al guionista

De la misma manera que un mal poema puede salvarse gracias a un verso acertado, o una novela mediocre por un pasaje o personaje destacado, también una película no especialmente memorable puede ser recordada por una frase, una réplica, un diálogo. Las grandes películas suelen estar llenas de ellas, pero incluso en una mala se pueden encontrar verdaderas perlas.
He aquí, para empezar esta sección, un par de ellas:

Siempre he dicho que no conoces a una persona hasta que se pone la ropa.
(Carol Burnett, en Consejos a medianoche, 1963, de Daniel Mann. Guionista: Jack Rose)

Joan Bennett: Si no te haces ilusiones no te llevas decepciones.
Paul Henreid: Te veo muy amargada.
Joan Bennett: Éste es un mundo amargo lleno de sorpresas tristes.
(La cicatriz, 1948, de Steven Sekely. Guionista: Daniel Fuchs)