12.5.08

Americanos en París

"Estoy convencido de que de no haber sido bueno el tiempo reinante durante el mes de mayo, la revolución no se hubiera podido hacer. Quizás se hubiera reducido a unas cuantas escaramuzas. La lluvia y el frío suelen atenuar los ánimos revolucionarios más que ninguna otra cosa. Sé que esto podrá resultar cínico, pero yo creo que es verdad. La Policía de París también compartía mi opinión. Tengo entendido que los oficiales de la Prefectura se reunían todos los días para estar al corriente de los boletines meteorológicos." Quien así habla es el periodista Jack Hartley, narrador de la novela El alegre mes de mayo (1971), de James Jones.
Jones fue uno de los escritores norteamericanos que, a poco de suceder los hechos de mayo de 1968, decidió novelarlos. (Otros fueron Jill Neville, con The Love-Germ, y Frank Yerby, residente en España, que en 1970 publicó Speak now, aquí traducida como Mayo fue el fin del mundo). Jones residía entonces en París, en el Quartier Latin, y fue testigo de las algaradas.
En la novela se nos narra la progresiva desintegración de una familia americana en París, cuyos miembros se verán envueltos, por diferentes motivos, en el vértigo de la revuelta. Al margen de este hilo argumental, de tintes dramáticos, lo que tal vez interese más de la novela hoy en día es el carácter documental que Jones sabe imprimir a la narración, relatando con precisión, día tras día, los movimientos que tuvieron lugar en la rive gauche. La visión que de los hechos nos presenta, por boca de Hartley, el autor de De aquí a la eternidad, no es ciertamente encomiástica. Es la visión escéptica de un liberal desencantando, que quemó los ideales de su juventud luchando en la segunda guerra mundial, y que ha visto ya demasiadas insensateces como para creer todavía en utopías capaces de cambiar el mundo.
Según cuenta Frank MacShane en Into Eternity. The Life of James Jones, American Writer (1985), cuando se publicó en Estados Unidos El alegre mes de mayo la crítica lo recibió con una mezcla de hostilidad y desconcierto, siendo las reseñas negativas más numerosas que las positivas. Jones se tomó todas ellas con su usual estoicismo. Hacía tiempo que se había dado cuenta de que debajo de los adoquines no había playa.

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