31.12.07

Pure noir?

"Digamos, para empezar, que Marley estaba muerto."

(Inicio de Una canción de Navidad, de Charles Dickens).

20.12.07

Desiderata

Al final, no es el pesimismo el que triunfa ni tampoco el absoluto optimismo. La vida está entre Heródoto y Demócrito, entre el llanto y la risa, entre la armonía y la disarmonía.
(M. Batllori, Recuerdos de casi un siglo)

A todos los que siguen esta bitácora, mis mejores deseos para estas fiestas navideñas y para el año 2008.

18.12.07

Rochester

En el periódico londinense Domestic Intellligence, de 23 de diciembre de 1679, se podía leer:

“El día 18 de los corrientes, el señor Dryden, el gran poeta, fue agredido en Rose-street, Covent Garden, por tres personas que le llamaron granuja e hijo de puta, lo derribaron a golpes y le hirieron de gravedad, pero cuando él empezó a gritar ¡homicidio!, escaparon. Se cree que habían sido pagados por adelantado, no para robarlo, sino para ejecutar alguna venganza femenina, si no papista.”

Durante mucho tiempo se creyó que quien estaba detrás de este ataque era John Wilmot, segundo conde de Rochester, libertino reconocido de la corte de Carlos II y también poeta. La cosa nunca llegó a aclararse. Graham Greene en su libro El mono de Rochester, recientemente publicado por Ediciones Península, en traducción de María Luz García de la Hoz, aporta información sobre el incidente y tiende a minimizar la posible participación de Rochester en el mismo. Es posible que nunca llegue a aclararse. De hecho, este tipo de trifulca no era nada infrecuente en una época en la que los escritores tiraban de navaja por un quítame allá estos versos.
Lord Rochester murió joven, a los treinta y tres años, tras una vida de crápula. Entre sus contemporáneos fue célebre tanto por sus excesos como por su ingenio. Sus poemas, licenciosos y mordaces, figuran hoy entre las mejores poesías líricas y satíricas del siglo XVII.
Uno de sus poemas, titulado “Libertino”, dice:

Me levanto a las once, como hacia las dos,
antes de las siete ya estoy borracho y mando llamar a mi puta;
temeroso de contraer unas purgaciones,
la acaricio y le suelto el chorro en el regazo;
luego discutimos y nos peleamos hasta que me quedo dormido,
momento en que la puta se envalentona y me palpa el bolsillo.
Astutamente me abandona entonces y para vengar la afrenta
me deja a la vez sin carne y sin dinero.
Si por casualidad despierto entonces, mareado y exaltado,
qué alboroto organizo por haber perdido a la puta.
Rujo, bramo, sufro un ataque de ira
y, añorando a mi zagala, me abalanzo sobre mi paje.
Luego, con el estómago revuelto, la tomo con mis criados
y me quedo en la cama bostezando hasta que se hacen las once.

Podría valer como autorretrato.

15.12.07

Lección de realismo

Ayer estuve hojeando la edición de La Odisea en la clásica versión del helenista Luis Segalá y Estalella (1873-1938). Abrí al azar el libro y me adentré en la Rapsodia XII, aquella en la que Odiseo y sus compañeros tienen que sortear el terrible estrecho flanqueado por el monstruo Escila y la divinal Caribdis. La historia dice que, superado el peligro, alcanzan los navegantes Trinacia, la isla de Helios, y allí, al abrigo de un puerto y cabe una fuente de agua dulce

“…los compañeros desembarcaron, y luego aparejaron muy hábilmente la comida. Ya satisfecho el deseo de comer y de beber, lloraron, acordándose de los amigos a quienes devoró Escila después de arrebatarlos de la cóncava embarcación, y mientras lloraban les sobrevino dulce sueño…”

Veamos. Nuestro héroe y sus compañeros sobrevivientes acaban de pasar por un difícil trance. Se hallan exhaustos, hambrientos, de modo que lo primero que hacen una vez en tierra es comer y beber. Y una vez saciado el hambre se acuerdan de los compañeros que dejaron atrás, y entonces el sentimiento halla su cauce y les embarga una gran tristeza, y lloran. Y llorando les asalta la fatiga, y se duermen.
En verdad este es una descripción muy realista. Por las páginas de La Odisea desfilan dioses y semidioses; pero sus héroes son de carne y hueso y sienten y padecen como humanos que son. Nada más comprensible que tener hambre y sed si hace días que no se come ni se bebe, y tener pena y llorar por los queridos compañeros muertos, y tener sueño si se lleva mucho tiempo de vigilia. Y todo este cúmulo casi simultáneo de necesidades, sensaciones y sentimientos que afectan a los personajes nos lo presenta Homero en solo tres o cuatro líneas, sin una palabra de más.
Qué grande, Homero.

13.12.07

Un poema de William Bronk

PENSÉ QUE ERA HARRY

Disculpe. Por un momento pensé que usted era alguien que conozco.
Me suele ocurrir. Una vez en el Teatro de la Plaza
cuando aún estaba en la plaza, volví la cabeza
mientras se encendían las luces y me vi allí con una chica
y otra pareja. Fuera, en el vestíbulo, le miré
y él miró hacia otra parte. Yo no le resultaba conocido.
Bueno, es cosa de dos, como se dice, y de todas maneras
no sé qué hubiera probado. ¿Usted cree que sabemos
quiénes somos? Los niños parece que lo saben. Una vez pregunté
a una niña. Dijo que había estado enferma. Dijo que se veía
diferente y se sentía diferente. Yo dije:
“Tal vez no eras tú. ¿Cómo lo sabes?"
“Oh, sí, era yo”, dijo ella, “sé que lo era.”

Esta parte ya no me preocupa
o al menos no como antes. No soy nadie más
y a fin de cuentas nadie. Todo el resto
lo desconozco. No sé nada.
Me chocó. Pensé que era Harry cuando le vi
y pensé: “Le preguntaré a Harry.” Sin embargo
no creo que él sepa. No es que me confunda.
No quiero decir esto. Si alguien apareciera y dijese:
“Pregúnteme”, no sabría por dónde empezar.
Ni siquiera tengo preguntas. Es la forma en que me desvanezco
como si yo fuera alguien de una foto expuesta a la luz.
Y a medida que el fondo se borra es como si despertásemos
en el crepúsculo equivocado y las cosas se volviesen grises y oscuras
cuando esperábamos que fuesen nítidas. De lo real
cada vez menos. No hay punto fijo. Las preguntas fijan
un punto, como las respuestas. Las cosas se mueven otra vez
y el único lugar a donde ir queda lejos. Estaba equivocado:
Lo que hay que hacer es obviar preguntas y respuestas
y todo lo que aprendemos es cuán sonora es nuestra ignorancia.
Esto es lo que quería hablar con Harry.
Usted se le parece. De todas formas, gracias.

(Traducción: J.O. De Life Supports: New and Selected Poems, 1982).

11.12.07

Críticos quisquillosos

Cuando veo a estos críticos literarios fastidiosos, guardianes de la lengua, puristas acérrimos, siempre dispuestos a corregir en las obras de los demás la más pequeña falta gramatical o desliz sintáctico, me viene a la mente aquel tipo de la Barcelona ochocentista llamado Salvador Estrada. Según testimonios de la época, el tal Estrada era conocido por no soportar el menor error en el lenguaje. Según cuenta Antonio R. Dalmau en Tipos populares de Barcelona (1945), cierto día, en un almacén delante de su casa apareció un letrero que decía: Frabica de belas de sevo. Estrada protestó ante el dueño por tamaño desaguisado lingüístico, pero éste lo echó con cajas destempladas. A Estrada, desesperado, no le quedó más remedio que ¡mudarse de piso!
En otra ocasión Estrada se comprometió a escribir una obra en un castellano tan puro…”que no la entendería nadie” Y la escribió, representándose en la Sociedad El Fénix en 1851. Fue un fracaso, pero consiguió su propósito. Uno de sus trozos decía:

¡Válgame Dios! No sé cómo
de entre las manos se esculle
por ensalbo el bullebulle
de Sofí. No bien me asomo
a alguna fenestra, o asgo
la leyenda de oro, o rezo,
o al espejo me aderezo,
de puro ya voló el trasgo.

El implacable Estrada era el temor de los pintores de rótulos callejeros. En cuanto observaba un disparate no cejaba hasta verlo enmendado. Llegó, incluso, a pagar de su bolsillo las correcciones. A decir verdad, a tanto no llegan nuestros críticos quisquillosos.

8.12.07

James Agee

"El roble y el pino muertos, el terreno, el rocío, el aire, todo el ámbito donde nuestros cuerpos se acostaban y nuestras mentes vagaban en silencio, caminaban, nadaban, observaban, tenía la delicada fragancia de un paraíso y, como todo lo que es mejor, era suelto, ligero, casual, totalmente real. Había, según nuestras mentes, nuestros recuerdos, nuestros pensamientos y sentimientos, alguna combinación, alguna generalización, algún arte y ciencia; pero nada de la pedantería gazmoña de la ciencia y nada del formalismo y la tensión y pretensión del arte. Toda la longitud del cuerpo y todas sus partes y funciones participaban, eran tomadas en cuenta y recompensadas, inseparables de la mente, idénticas a ellas: y todo, todas las cosas tocadas por la mente eran realidad, y todo, todas las cosas tocadas por la mente se convertían al instante, pero sin perder en absoluto la cualidad de su individualidad total, en verdad y alegría o, mejor dicho, revelaban, por sí mismas, la verdad, que por su propia naturaleza era alegría, lo cual debe ser la finalidad de arte, de la investigación y de toda la existencia humana."
Este párrafo pertenece al libro Let Us Now Praise Famous Men (Elogiemos ahora a hombres famosos), del escritor norteamericano James Agee (1909-1955). Desde que lo leí, a comienzos de los años noventa, en la traducción de Pilar Giralt Gorina para Seix Barral, con las magníficas fotos de Walker Evans, me fascinó. Publicado en 1941, este documento extraordinario sobre la vida cotidiana de cuatro familias de blancos pobres, campesinos algodoneros de Alabama, en plena Gran Depresión, es uno de los esfuerzos morales más honestos y sobresalientes realizados por un escritor norteamericano en el siglo XX. A pesar de contener pasajes de lectura nada cómoda, excesivos hasta la desmesura, es difícil no dejarse arrastrar por su prosa potente, brilllante y seductora. "El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría", dice Agee hacia el final del libro; y, en su caso, es cierto. También dice: "La verdad nunca puede decirse de modo que se comprenda pero no se crea."
Ahora Alianza Editorial acaba de publicar su única novela, Una muerte en la familia, en traducción de Carmen Criado. Es una buena novela pero, en mi opinión, no llega a la altura de Elogiemos ahora a hombres famosos. Lo mejor es la evocación que, bajo el epígrafe "Knoxville: Verano de 1915", sirve de introducción a la misma. Una pequeña joya. (Propongo leerla y luego escuchar la pieza para soprano y orquesta que Samuel Barber compuso sobre dicho tema. Como música de fondo de Elogiemos ahora... me inclinaría por la banda sonora que Virgil Thomson puso al documental del New Deal The Plow that Broke the Plains. Aunque las palabras de Agee tienen su propia y excelente música...)

5.12.07

Conradiana: Addenda

Un amigo seguidor de estas entradas me pregunta cuál es la obra de Joseph Conrad que prefiero. La respuesta es difícil teniendo en cuenta que de Conrad me gusta todo. No obstante, si tuviera que dar un solo título tal vez me inclinara por La línea de sombra. Puede que no sea tan apreciada o popular como otras novelas suyas, pero mi primera lectura, realizada a una edad en la que el significado de aquella novela se me reveló en toda su plenitud, dejó en mí una huella indeleble. Más fácil me resulta dar una lista de obras preferidas. Este podría ser, hoy por hoy, mi canon conradiano:

Novela: Lord Jim
Novela corta: Tifón
Relato: “El copartícipe secreto”
Libro de relatos: Youth and other stories (contiene “Juventud”, “El corazón de las tinieblas" y "El cabo de la cuerda”)
Libro de “no ficción”: El espejo del mar

Ahora bien, si tuviera que elegir no ya una obra sino un libro en concreto, entonces sin dudar escogería un título de Conrad que raramente aparece en su bibliografía: Notes on my Books. Hacia el final de su vida el editor londinense William Heinemann le propuso reunir los prefacios que había ido escribiendo a sus principales obras, desde La locura de Almayer hasta Notas de vida y letras, en un volumen pensado para el público bibliófilo. Conrad, cuya economía nunca fue boyante, aceptó, y en 1921 se publicó el libro. Para Inglaterra se hizo una edición limitada de 250 ejemplares, numerados y firmados por el autor. Mi ejemplar es el número 155. Lo adquirí hace unos años, por un precio razonable, a un librero anticuario inglés. Naturalmente ocupa un lugar de honor en mi biblioteca. De vez en cuando lo saco del estante y lo hojeo; me detengo y leo un par de párrafos. Allí están sus ideas sobre la novela, la literatura, la vida y el oficio de escribir. Luego voy a la página donde se halla la firma de Josep Conrad, en tinta azul de grueso trazo, algo desvaída por el paso del tiempo. Entonces pienso que una vez aquel mismo ejemplar que tengo yo entre mis manos debió de estar en las suyas; y siento, disculpadme, una emoción muy especial.

3.12.07

Conradiana (y X): Estelrich y Pla

Hace hoy exactamente 150 años, el 3 de diciembre de 1857, nacía en Berdyczów, Ucrania, en una parte de Polonia anexionada por Rusia, Jósef Teodor Konrad Nalecz Korzeniowski. Otro día 3, pero de agosto de 1924, moría Joseph Conrad en Bishopsbourne, cerca de Canterbury, Kent, a las ocho y media de la mañana, de un ataque al corazón. En París, aquel caluroso domingo, los diarios de la tarde dieron la noticia. Al atardecer, entre las Tullerías y el Pont Royal trepidante de autobuses, dos periodistas destinados en la capital francesa, Josep Pla y Joan Estelrich, iniciaban una amigable conversación sobre el escritor que acababa de fallecer y por el que ambos sentían admiración. Poco después, Estelrich escribiría una serie de artículos sobre la vida y obra del autor de Nostromo en La Revista de Catalunya, que posteriormente recogería en Entre la vida i els llibres (1926). Que yo sepa es uno de los primeros ensayos publicados en España, si no el primero, sobre Joseph Conrad, y merece, cuando menos ser destacado.
En dicho ensayo, de unas cuarenta páginas, el escritor mallorquín aborda, entre otros temas, la personalidad “moral”de Conrad y diversos aspectos vitales y literarios de sus obras y personajes. En un momento determinado razona Estelrich: “El sentido superior de la obra de Conrad hay que buscarlo en la confrontación del esfuerzo personal con las fuerzas inhumanas del universo. Le han interesado profundamente los aspectos intensos de la naturaleza y de la vida, la lucha por la existencia contra los elementos poderosos. Indicio de grandeza, eliminada toda pose literaria. El mar y la aventura, la furia de los ciclones y la vida en peligro, la soledad maravillosa y la melancolía al acecho, la vehemencia seguida de la calma y, en el fondo, siempre la tragedia: la grandeza del hombre encarado con el universo”. Son unas bellas y acertadas palabras.
Por su parte, Josep Pla, el interlocutor de Estelrich aquella tarde parisiense, siempre tuvo en gran estima a Conrad y así lo manifestó en diferentes oportunidades a lo largo de su abultada producción. Incluso se advierte una clara influencia conradiana en algunas de sus narraciones marítimas contenidas en el volumen Agua de mar, como la sensacional “Contrabando”. Para Pla, como para Estelrich, la clave de la obra de Conrad radica en la lucha de los hombres contra la desaforada dureza del mar. “El mar –dice Pla- no se puede amar. Se teme, simplemente”. Un pasaje de la obra de Conrad gustaba de destacar Pla por su calidad “inmortal”. En el volumen titulado El passat imperfecte (33 de su Obra Completa) dice: “Los que recuerden aquella narración que hace Conrad, de la arribada en aguas de Marsella de un gran brick con todo la vela al viento, al amanecer, en medio de la niebla matinal y del tenue parpadeo de las estrellas, navegando de bolina con el viento de tierra, con el viejo capitán abrigado hasta las orejas, fumando una pequeña pipa blanca, de barro, comprenderán que una página así solo se puede escribir cuando el choque con la realidad ha sido profundo hasta el punto de poder llegar a contemplarla a través de una transfiguración cristalina”.

Bon voyage!


1.12.07

Pure noir (VIII)

Hart agarró las piernas y cerró los ojos. Los ruidos de la sierra y del cuchillo eran grandes puñados de una horrible materia viscosa que lo golpeaban y penetraban en él, y empezó a flaquear, y trató de concentrar la mente en otra cosa, y recordó la pintura y empezó a pensar en los paisajes de Corot, y luego se apartó de Corot aunque sin abandonar ese período porque pensó en Courbet, pero al recordar que Courbet era un exponente del realismo trató de alejarse de él, sin poder olvidarlo, porque pensaba en la forma en que Gustave Courbet mostraba a Catón arrastrando sus propias entrañas y a La Presa, en la cual el venado era destrozado debajo del árbol por los mastines enardecidos, y trató de volver a Corot, de pasar de Corot a la serena escuela inglesa con ropas bordadas y posturas gráciles y con todas su delicadeza, pero Courbet volvía a arrastrarlo.
-Agárralo más arriba -dijo Charley.
-Dime, Charley -preguntó Hart con los ojos fuertemente cerrados-, ¿alguna vez hiciste esto antes?
-No -contestó Charley.

(David Goodis, Viernes negro, 1954)