30.7.07

Encuesta...y vacaciones

Según una encuesta encargada por la Federación de Gremios de Editores de España, Asturias se sitúa por debajo de la media nacional en índice de lectura (la tercera por la cola, para más datos). De acuerdo con dicho estudio, menos del 56% de asturianos mayores de 14 años se consideran lectores de libros.
El diario La Nueva España del pasado sábado se hace eco de la noticia y nos brinda un reportaje sobre el asunto. Tranquilos, que no cunda el pánico, viene a decirnos. El Presidente de la Asociación de Libreros de Asturias reconoce que "el comercio del libro en Asturias no está en un buen momento", y afirma que "estamos luchando con el problema que tenemos encima". A continuación quita hierro a las cifras de la encuesta asegurando que "en Asturias hay un hábito de lectura muy importante y existen unas bibliotecas con unas condiciones magníficas". Para acabar de redondear la cosa, se pregunta a gente de la calle por sus hábitos de lectura, especialmente ahora en verano, que parece que anima a leer.
Estas son algunas respuestas:
Paloma (16 años): Considero que leo bastante, unos diez libros a lo largo del año.
Diego (34 años ): En verano suelo leer más, pero el mismo tipo de libros. Varían entre 4 o 5 al año. Me encanta la novela histórica y la fotografía (sic).
Jorge(32 años): Durante los meses de verano puedo llegar a leer 10 libros.
Laura (15 años): Durante el verano no tengo que escoger los libros que me obligan en el colegio. Leo 5 libros a año.
Alfredo (50 años): En verano cambio los periódicos por los libros. Por experiencia creo que los jóvenes leen cada vez más.

Bueno, esto es lo que hay.
Por mi parte me voy de vacaciones.
Este blog se toma un respiro y volverá a primeros de septiembre.
Saludos a todos. Buen verano y mejores lecturas.

26.7.07

Conradiana (V): Mujeres

En sus comienzos Joseph Conrad fue considerado como un escritor esencialmente "de hombres", debido a sus narraciones pobladas de marinos, colonos y aventureros. El negro del "Narcissus" fue elogiada por algún crítico porque "no había una sola enagua en todas sus páginas". Ciertamente, en sus relatos y novelas, los personajes femeninos no alcanzan por lo general la profundidad psicológica y riqueza de matices de los masculinos. Suelen ocupar un lugar secundario y ser más estereotipados, si bien no faltan las finas caracterizaciones, como Flora de Barral (Azar), Natalia Haldin (Bajo los ojos de Occidente), Winnie Verloc (El agente secreto) o Doña Rita de Lastaola (La flecha de oro).
Es de suponer que a lo largo de su vida como oficial de la Marina Mercante debió de conocer mujeres de muy diversa procedencia y condición, incluida el tipo de euroasiática sensual y exótica que vemos en la Aïssa de Un vagabundo de las islas o en la Joya de Lord Jim. En una carta a su amigo, R. B. Cunninghame Graham vaticinó de su hijo Borys: "él será un homme à femmes como tú y como yo". Y otro amigo, Jósef H. Retinger, habló en cierta oportunidad de los affaires louches del autor de Victoria. En su esfera privada, una vez retirado del mar y dedicado a la escritura, Conrad se casó en 1896 con una mecanógrafa llamada Jessie George, dieciséis años más joven que él. El matrimonio funcionó, con algunos altibajos, hasta la muerte del escritor sin que se le conocieran infidelidades manifiestas. En 1916 el matrimonio Conrad conoció a la joven periodista americana Jane Anderson. En los meses siguientes estuvo en varias ocasiones en su casa y al parecer Conrad se desvivió por ella, hasta el punto de levantar sospechas en su esposa, que creyó que le estaba engañando con ella. Hubo crisis, y si hubo affair lo llevó con mucha discreción.
El personaje de Jane Anderson es de por sí digno de una novela. Nacida en Atlanta, Georgia, pronto destacó por su afán de notoriedad y habilidad para rodearse de celebridades. Se casó con el compositor Deems Taylor y quiso probar suerte como escritora, sin mucha fortuna, publicando algunos relatos cortos en revistas como Collier's y Harper's Weekly. En 1915 vino a Inglaterra como corresponsal de guerra para el Daily Mail. Tras la contienda trata sin éxito de hacerse actriz en Hollywood, frecuenta los ambientes bohemios de París y acaba cayendo en el alcohol y las drogas. Socorrida por unas monjas se convierte al catolicismo. En los años treinta se casa con un noble español, el marqués Álvarez de Cienfuegos. Se inclina políticamente por el fascismo. Al poco de estallar la guerra civil es detenida y acusada de espía franquista. Tras pasar por una cheka es liberada. Durante la Segunda Guerra Mundial la encontramos en Berlín como locutora al servicio de la propaganda nazi. Al lado de las diatribas de Lady Haw Haw, como es conocida por los británicos, las peroratas de Ezra Pound parecen cuentos de niños. En 1947 es arrestada en Austria y entregada a las autoridades militares acusada de traición, pero misteriosamente su causa es sobreseída y ella puesta en libertad. A partir de ahí las pistas se desvanecen. A principios de los cincuenta se la supone viviendo de nuevo en Madrid. Conrad queda ya muy lejos. Se ignora cuándo murió y dónde está enterrada.

22.7.07

Razón para hacer algo

Solo hay una razón para hacer algo; el resto son razones para no hacer nada. La razón para hacer algo es que hay que hacer lo que se debe hacer.
(Microcosmographia Academica, de F. M. Cornford, 1908).

19.7.07

Traducir poesía

Ha dicho Antonio Gamoneda, en la presentación de la traducción al alemán de su libro Esta luz, que traducir poemas "es casi un imposible".
Vale, de acuerdo. Pero es un imposible deseable. Si el poema original es bueno, resiste toda versión, por mala que ésta sea; e incluso a veces la traducción mejora un original mediocre. En cualquier caso, vale más leer a un poeta traducido, que no leerlo. La poesía -la verdadera poesía- es universal; la lengua en que se escribe, circunstancial. Mi poeta español preferido es William Carlos Williams traducido al español.

17.7.07

Un poema de Kenneth Koch

TÚ LLEVABAS PUESTA

Llevabas puesta tu blusa Edgar Allan Poe de algodón estampado. En cada cuadrado en que se dividía la blusa había un retrato de Edgar Allan Poe. Tu cabello era rubio y estabas guapa. Me preguntaste: “¿La mayoría de los chicos creen que casi todas las chicas son malas? Sentí el olor de moho de tu habitación del hotel de la playa en tu cabello bien sujetado por un clip John Greenleaf Whittier. “No”, dije, “son las chicas las que creen que los chicos son malos”. Después leímos juntos Snowbound.

Dimos vueltas por el desván, hasta el punto que un poco del charol azul de mis zapatos George Washington, Padre de su Patria, quedó rascado. La madre se paseaba en el cuarto de estar, con su peine Valses de Strauss en el pelo. Esperamos un poco y luego nos unimos a ella, sólo para tomar el té en tazas pintadas con retratos de Herman Melville. También con ilustraciones de su libro Moby Dick y de su relato Benito Cereno.

Entró el padre con su corbata Dick Tracy: “¿Qué tal hace un trago, todos? Yo dije: “Salgamos fuera un rato”. Entonces fuimos hasta el porche y nos sentamos en un sofá-columpio Abraham Lincoln. Tú te sentaste sobre los ojos, boca, y parte de la barba, y yo sobre las rodillas.

En el patio al otro lado de la calle había un muñeco de nieve sosteniendo una tapa de cubo de basura aplastada como si fuera el rey inglés loco, Jorge III.


(Versión en prosa: J.O.)

12.7.07

Pure noir (VI)

Raven disparó contra él. Con deliberación mató así su última oportunidad de escape, metiendo dos balas donde una habría bastado, como si matase al mundo entero en la persona del gordinflón, lloroso y ensangrentado míster Davis. Y así era. Porque el mundo de un hombre es su vida y él estaba matando esto: el suicidio de su madre, los largos años en el hospicio, las bandas de contrabandistas, la muerte de Kite, la del viejo y la de la mujer. No había otro camino: había ensayado el de la confesión y le había fallado, como sucedía siempre. No había nadie, fuera del propio cerebro, en quien se pudiera confiar: ni un doctor, ni un sacerdote, ni una mujer. Una sirena lanzó sobre la ciudad su mensaje de que el peligro había pasdo, e inmediatamente las campanas de la iglesia iniciaron una algarabía navideña; los zorros tienen sus cubiles, pero el hijo del hombre...

(Graham Greene, Una pistola en venta, 1936)

8.7.07

Conradiana (IV): Últimos ensayos

Last Essays apareció póstumamente en 1926. Que yo sepa nunca ha sido traducido al español en su integridad. La mayoría de textos contenidos en este volumen fueron escritos después de la publicación de Notas de vida y letras (1921). Ambos libros constituyen la mejor fuente para apreciar al Conrad ensayista. La edición de Last Essays fue preparada por Richard Curle, amigo íntimo de los últimos años de la vida de Conrad y co-albacea tras su muerte. Como señala el editor en la introducción, en sus postreros años Conrad encontraba ocasionalmente alivio a la fatiga de su obra más creativa escribiendo ensayos recordatorios de la vida en el mar.
El libro reúne veinte piezas, entre ellas “The Diary of Congo“, con notas de Curle, aunque el grueso del mismo lo forman los ensayos de carácter literario y, sobre todo, los de temática marinera. Entre los primeros son de destacar las reseñas dedicadas a sus colegas y amigos Stephen Crane, John Galsworthy y W.H. Hudson; así como el Prefacio que escribió Conrad para una edición americana de sus novelas cortas, y en el que, como acostumbraba a a hacer en los prólogos a sus novelas, nos ilumina sobre aspectos de su ideario como escritor.
Las diez piezas relativas al mundo de la Marina y su pasado como piloto –“Christmas Day at Sea”, “Ocean Travel”, “The Unlighted Coast”, “The Loss of the Dalgonar”…- están en la línea de las reminiscencias semi-autobiográficas de El espejo del mar (1906), y entre ellas se encuentra “Legends”, el último artículo que escribiera Conrad, dejado sin acabar en la mesa de su despacho. En él reivindica el temple y la raza de aquellos marinos que desaparecieron con el ocaso de los buques de vela. Buques como el Torrens, uno de los más rápidos de la época, del que Conrad había sido primer oficial de 1891 a 1893, y que al cabo de treinta años, ya al final de sus correrías por los mares, es evocado con nostalgia en el texto “The Torrens: A Personal Tribute”. El párrafo final posee todo el encanto, serenidad y elocuencia de las mejores páginas de Conrad:
But in the end her body of iron and wood, so fair to look upon, had to be broken up –I hope with fitting reverence; and as I sit here, thirty years almost to a day since I last set eyes on her, I love to think that her perfect form found a merciful end on the shores of the sunlit sea of my boyhood’s dreams, and that her fine spirit has returned to dwell in the regions of the great winds, the inspirers and the companions of her swift, renowned, sea-tossed life, which I, too, have been permitted to share for a little while.

6.7.07

Ante todo, poeta

En cierta ocasión, estando Ezra Pound internado en el Hospital St. Elizabeths le dijo al crítico Hugh Kenner: "A veces vienen los guardianes y me piden que les escriba unos versos para dárselos a sus novias". "¿Y usted los escribe?", preguntó Kenner. "Sí, claro", contestó Pound.
Poésie oblige.

4.7.07

Réplica a un crítico

El compositor alemán Max Reger (1873-1916) respondió en cierta ocasión a un crítico de la siguiente manera:
"Estoy sentado en el cuarto más pequeño de mi casa. Tengo su crítica delante de mí. Pronto la tendré detrás".
Desconozco la reacción del crítico.

2.7.07

Era victoriana

Hay pocos escritores capaces de describir una época entera en unas pocas líneas. Lytton Strachey es uno de ellos. Véase, por ejemplo, la descripción que hace, en un solo párrafo, de la era victoriana en Retratos en miniatura ( 1931):
"Una edad de barbarie y orgullo, de nobleza y vulgaridad, de satisfacción y desesperación; una edad en la que se descubrió todo, y no se supo nada; una edad en la que las líneas maestras eran espléndidas, y los detalles sórdidos; en la que las lámparas de gas luchaban contra la niebla del ambiente, cuando la hora de la cena podía ser cualquier momento entre las dos y las seis, cuando las dosis de ruibarbo eran continuas y gigantescas, cuando los perros de compañía se arrojaban desde las ventanas de los pisos superiores, cuando las cocineras daban traspiés de borrachera en el semisótano, cuando había que sentarse durante horas con los pies llenos de paja sucia que arrastraban los caballos por las calles, cuando había un paño para evitar las manchas en todos los sillones, y los baños eran diminutos barreños, y las camas estaban llenas de piojos y desastres."