29.6.07

Recomendación

Quien quiera saber un poco más sobre el Chelsea Hotel, el restaurante de al lado y la pandilla Warhol & Co. tiene la oportunidad de hacerlo yendo a la magnífica entrada del blog de Andy Robinson, corresponsal del diario "La Vanguardia" en Nueva York. (http://www.lavanguardia.es/blogs/index.html

26.6.07

Consejo a jóvenes escritores

Periodista: ¿Cuál es el peor consejo a jóvenes escritores que usted haya oído?
Charles Willeford: Escribe acerca de lo que conoces. ¿Qué sería de nosotros sin Philip K. Dick?
P: ¿Y cuál el mejor?
C.W.: Escribe acerca de lo que conoces. Y si hay algo que no conoces, investiga un poco y descúbrelo.


(Charles Willeford, Writing & Other Bloodsports, 2000)

22.6.07

Literatura e higiene

Hubo una época que la falta de higiene en los escritores no solo no era mal vista sino que se tenía a gala. No todos, claro, eran de esta opinión. Cuando el atildado Oscar Wilde visitó a Verlaine en París quedó asombrado de que un hombre capaz de escribir tan exquisitos versos viviera en unas condiciones de tanta suciedad. Huyó despavorido. Quién sabe si de haberse quitado el francés un poco de roña de encima se hubiera establecido entre ellos una gran y fructífera amistad.
Lo cierto es que los escritores de la llamada bohemia no sentían especial predilección por las propiedades limpiadoras del líquido elemento. ¿Agua?, ni para beber. No cumplían ninguno de los requisitos que, según el higienista Pedro Felipe Monlau, son indispensables para una buena salud, a saber: sobriedad, ejercicio y limpieza. Lo cierto es que huyendo de los baños públicos artistas y escritores encontraron refugio en tabernas y cafés mal ventilados. Su mal olor solía precederles. Josep Maria de Sagarra menciona en sus memorias a uno de estos genuinos representantes de la bohemia madrileña más cutre y cochambrosa, y dice que sus pantalones estaban tan acartonados por la mugre acumulada que podían sostenerse solos. En pleno auge del modernismo el exceso de retórica se contrapone al defecto de jabón; y las pilosidades corren parejas a las delicuescentes metáforas. Proliferan las melenas, las barbas, los mostachos.
Todo esto irá cambiando con el tiempo. A principios del siglo pasado la generación del 98 sostiene aún una sorda batalla interna. Partidarios de la bohemia antigua, con Valle Inclán a la cabeza, luchan contra los defensores del afeitado diario, con Azorín de abanderado. Armas: compárese la prosa tersa y breve del alicantino con la undosa y dilatada del gallego. La transparencia frente a la opalescencia.
En los años veinte, la suciedad y el hirsutismo bohemios se baten en retirada. Los nuevos escritores descubren las ventajas de la ducha y la barbería. En Cataluña, los noucentistes, con D'Ors de paladín, acaban no solo con las barbas y pelambreras tipo Rusiñol y los Quatre Gats, sino que llevan la higiene a la escritura. Su poesía y su prosa, de línea clara y económica, arrumba de un plumazo los ornamentados dispendios del modernismo. Carner, Sagarra, Gaziel, Soldevila... llevan traje y corbata y se afeitan todos los días. Incluso Pla, que viste con cierto descuido de payés endomingado, dice que el hecho de afeitarse es un signo de civilización que nos aleja de la barbarie. Los nuevos escritores evitan las tascas y frecuentan los american bars. Prefieren el dry martini a la absenta. Privan los cabellos cortos, con crencha y algo de brillantina. La generación del 27 -Alberti, Lorca, Diego...- es una generación de gente limpia y aseada. Nada de barbas, a lo sumo -Aleixandre, Cernuda, Alonso- un fino bigote, bien recortado.

20.6.07

Lectores imprescindibles

Todo escritor debería de vez en cuando someterse al juicio del público lector, en vivo y en directo. De esta manera el autor puede conocer de primera mano, sin intermediarios, lo que los lectores opinan sobre su libro y qué conclusiones o consecuencias han sacado del mismo.
Ayer estuve en el club de lectura de la Biblioteca Ciudad Naranco que, con perseverancia, diligencia y buen hacer, lleva su bibliotecaria Sofía. Se habló de mi novela Perdido edén y de la Filipinas colonial. Fue gratificante y muy ilustrativo. Uno se da cuenta que la obra que ha escrito puede gustar o no, en mayor o menor medida, a gente muy diversa, y que de ella se pueden hacer muy variadas "lecturas", todas pertinentes. Esta es la la magia de la literatura. Este es el poder del lector. Para bien y para mal. Y eso es bueno.

16.6.07

Nefelococigia

Un hombre -un escritor- se queda dormido y a continuación despierta en un prado al lado de un arroyo. Más allá de los pastos divisa un pequeño pueblo típicamente inglés. El hombre -que es el narrador de la historia- desconoce dónde se encuentra, pero se siente cómodo, relajado. Un anciano vestido a la antigua, con casaca y calzones, se le acerca y le dice que le acompañe. "¿Puede decirme dónde estoy y a dónde tengo que ir?", inquiere el hombre; el anciano le contesta: "Pronto sabrá lo necesario". Luego se dirijen al pueblo, y su guía le enseña el cottage donde habrá de residir. Una vez allí, el hombre descubre en una estantería ejemplares de todos sus libros, excepto uno. Toma este último. Es un libro de poemas de William Wordsworth, su poeta preferido. Al abrirlo se fija que en el retrato de la portada y se da cuenta de que el anciano que le trajo a la casa no es otro que Wordsworth. Entonces llega un visitante. Dice ser su tutor y se presenta: "Me llamo John Addignton Symonds". El hombre reconoce en él a uno de sus maestros. "Creo que estoy muerto", dice el hombre. "No use esta palabra aquí", le responde Symonds. "Usted está ahora en otro plano, en un lugar especial al que ha sido asignado y que se llama Nefelococigia, el Paraíso de los Poetas... Aquí vivimos una vida de inteligencia, de belleza, de ocupación. Aquí tratamos de mejorar nuestras mentes; aquí podemos alcanzar tal conocimiento que trasciende nuestros conocimientos terrenales..."
Poco a poco el hombre irá conociendo aquel sorprendente lugar y a otros moradores del mismo. Su existencia -si puede llamarse así- está exenta de pasiones pero no de entretenimientos. En el lugar hay una iglesia donde se reza, un jardín donde se cultivan flores, un college donde se asiste a conferencias dictadas por los fantasmas de sabios del pasado, una surtida biblioteca donde se encuentran los libros deseados, una piscina de aguas cristalinas donde se bañan sin pudor hombres desnudos... En Nefelococigia no hay mujeres.
En un momento dado su tutor le dice que debe prepararse para el Juicio y el viaje final. Llegado el momento, y empujado por una irreprimible fuerza interior, inicia el viaje. El hombre llega a una ciudad que no identifica, recorre sus calles hasta detenerse ante la puerta de una casa misérrima de un barrio muy pobre. Dentro una mujer yace en un jergón a punto de dar a luz. El hombre se acerca al lecho, y "a medida que me movía hacia allí sentía que mi cuerpo se encojía hasta hacerse enano; me escurrí bajo el mugriento cobertor; en un momento dado estaba en la oscuridad, y en el siguiente en el olvido..." Es entonces cuando el hombre vuelve a despertarse. De nuevo se halla en medio de un prado, cerca de un arroyo. El viejo Wordsworth -ahora ya reconocido- se le acerca y le dice: "Hijo mío, ellos te están esperando en otro lugar..." Y el hombre, al oir ellos, comprende.
Este es, en síntesis, el argumento de Nephelococcygia, or Letters from Paradise, una fantasía entre onírica y tanatológica, con pinceladas metafísicas, publicada en 1929 en Carmarthen (Gales) por W. Spurrell & Son, y cuyo autor es Herbert Millingchamp Vaughan. El libro lleva una dedicatoria: Ad piam memoriam Carolinae Vaughan quae obiit die XIIImo mensis aprilis MDCCCCXXVIII et cujus per pecuniam haec opera imprimere potuit auctor. El título hace referencia a una palabra que sale en la comedia de Aristófanes Las Aves, y que viene a significar "la ciudad de los cucos en las nubes". Acerca de la vida de Vaughan poco he podido averiguar. Nació en 1870 y alcanzó cierta notoriedad como historiador. Es autor de libros sobre los Estuardos, los papas Medici, Florencia, la Riviera de Nápoles y Gales. Escribió también poemas y relatos (de hecho el volumen Nephelococcygia se completa con seis cuentos y una "fantasía en verso"). Murió en 1948.
En la actualidad es difícil ver incluido a Vaughan en enciclopedias y manuales de literatura. Su nombre se ha eclipsado. Imagino que en algún momento debió de sentirse atraído por Italia y sus bellezas físicas y artísticas, residiendo allí algún tiempo. Posiblemente John A. Symonds, que aparece en el mencionado libro, tuviera algo que ver en la decisión. Autor de Renaissance in Italy (1875-76), influyó en aquellos estetas de fines del XIX y principios del XX que iban a la península como quien hace una peregrinación pagana. Symonds era homosexual, como también lo eran otros conspicuos italianófilos que se quedaron a vivir allí, como Norman Douglas y Violet Paget (para las letras Vernon Lee). ¿Lo era también Herbert M. Vaughan? No lo sé. Tampoco es que importe mucho. Lo que sí sé es que a él debo la lectura de una de las obras literarias más raras -en su doble acepción de extraña y difícil de encontrar en el mercado- que haya tenido en mis manos. Y eso es de agradecer.

13.6.07

Un poema de Frank O'Hara

EL DÍA EN QUE MURIÓ LADY

Son las 12:20 en Nueva York un viernes
tres días después del día de la Bastilla, sí
es 1959 y voy a que me limpien los zapatos
porque a las 7:15 me apearé del tren de las 4:19
en Easthampton y luego me iré directamente a cenar
y no conozco la gente que me dará de comer

camino por la calle bochornosa que empieza a asolearse
y me tomo una hamburguesa con un batido de malta y compro
un horrible New World Writing para ver lo que los poetas
de Ghana están haciendo hoy en día

sigo hasta el banco y la señorita
Stillwagon (una vez oí que su nombre de pila es Linda)
por primera vez en su vida ni siquiera se fija en mi saldo
y en el Golden Griffin consigo un pequeño Verlaine
para Patsy con dibujos de Bonnard aunque también
pienso en Hesíodo, trad. Richmond Lattimore o
la nueva obra de Brendan Behan o Le Balcon o Les Nègres
de Genet, pero no, me hago con el Verlaine
después de quedarme prácticamente dormido ante el dilema

y sólo por Mike curioseo en la tienda de licores de
Park Lane y pido una botella de Strega y
luego vuelvo por donde vine hasta la Sexta Avenida
y la tabaquería en el teatro Ziegfield y pido
como por casualidad un cartón de Gauloises y un cartón
de Picayunes, y un New York Post con la cara de ella

y para entonces estoy sudando cantidad y me acuerdo
apoyado en la puerta de los lavabos en el 5 Spot
mientras ella susurraba una canción en el teclado
para Mal Waldron y todo el mundo y yo conteníamos el aliento

(Traducción de J.O. The Day The Lady Died está dedicado a la memoria de Billie Holliday)

11.6.07

El hacedor de páginas

Ayer vi en Barcelona a mi amigo Antonio Rabinad. A sus ochenta años -camisa roja, gorra verde- el autor de espléndidos libros como Memento mori, o El hombre indigno, estaba, como cada domingo por la mañana, en su puesto de libros del Mercat de Sant Antoni. Al igual que en otras ocasiones, charlamos un rato de escritura. "Siempre estoy escribiendo algo -me dice-; publicar ya es otra cosa. Pero la cuestión es seguir escribiendo, escribir lo que a uno realmente le gusta y sabe hacer, con independencia de lo que el mercado demande en cada momento..." Estamos de acuerdo. Y añade: "En mi casa tengo una pila de textos mecanografiados que nunca me he preocupado de llevar a ningún editor. Me basta con haberlos escrito. Escribir me hace sentirme vivo." Rabinad, el hacedor de páginas.

7.6.07

Conradiana (III): La pista filipina

“Seguramente ustedes no lo saben –empezó diciendo Arístegui- pero la idea de El corazón de las tinieblas nació en Filipinas. Fue un fraile agustino, el P. Saturnino Campos quien me contó la historia hace muchos años. Entonces estaba yo destinado en Manila, y fray Saturnino, que había rebasado ya los ochenta, vivía retirado en el convento de San Agustín, en Intramuros. Me dijo que, en 1915, recién llegado a Filipinas, fue enviado a la isla de Mindoro. Allí conoció al P. Cirilo Costa, que le hizo partícipe de algunas confidencias. Una de ellas hacía referencia a un destino anterior que había tenido, San Felipe de Sipao. Allí le ocurrió al P. Cirilo algo que, según confesó, le había atormentado toda su vida.”
“Fue en 1886 –continuó Arístegui-.Un día apareció en San Felipe un chico, un indígena, al que el P. Cirilo no había visto nunca. Iba desnudo y tenía el cuerpo lleno de heridas y magulladuras. Parecía estar en un estado de shock. Al cabo de un rato, y una vez atendido, el P. Cirilo le hizo algunas preguntas, pero por alguna razón el chico no quiso o no pudo hablar. Tardó varios días en hacerlo y cuando lo hizo dejó estupefacto al bueno del fraile, pues lo que contó iba más allá de lo que hubiese imaginado. El muchacho venía de una apartada ranchería en plena selva llamada Balantong, situada en una región donde ningún hombre blanco se había aventurado, excepto un fraile, el P. Anselmo Curto. De esto hacía ya unos dos años y desde entonces ningún misionero le había vuelto a ver. El caso es que no tardaron en circular rumores de los abusos y arbitrariedades del P. Anselmo, muy lejos de las normas de conducta no ya de un sacerdote sino de una persona decente. Al principio no se les dio importancia; sin embargo, con el paso del tiempo, las irregularidades fueron en aumento. Lo que el atemorizado chico le contó al P. Cirilo era que el “Padre castila” -como llamaban los nativos al P. Anselmo- se había vuelto loco y se había convertido, con el apoyo de unos cuantos incondicionales, en una suerte de régulo que con su despótico proceder y depravadas costumbres tenía amedrentada a todas las tribus de alrededor”.
“Tal estado de cosas llegó a oídos de la superiores en Manila. Se abrió expediente y se encargó al P. Cirilo que fuera a Balantong a averiguar lo que estaba pasando. Se le pidió también que, en la medida de sus posibilidades, intentase solucionar el problema. Para ello se le dio una gran libertad de movimientos, a sabiendas de que cuanto hiciese lo haría obrando en conciencia y en función de las especiales circunstancias del caso. Estaba claro que era un asunto que incomodaba sobremanera a los responsables de la orden, y que éstos deseaban resolverlo cuanto antes y de la forma más discreta posible. De modo que, con la ayuda de un nativo conocedor del lugar, el P. Cirilo emprendió el viaje de varios días hacia el poblado.”
“Lo que allí se encontró, nunca lo sabremos a ciencia cierta. Lo que sí sabemos es que, al cabo de unas semanas, el P. Cirilo regresó a San Felipe y se puso a redactar el correspondiente informe. Del P. Anselmo Curto no se volvió a saber después de la visita del P. Cirilo y, al cabo de unos meses, se le dio por desaparecido. La ranchería de Balantong recuperó la normalidad y nadie volvió a hablar del asunto. En cuanto al P. Cirilo, una vez hubo entregado el informe, se le asignó un destino administrativo en Manila sin relevancia alguna. Poco después contrajo unas fiebres y con este motivo fue enviado a la Península a recuperarse.”
Arístegui hizo una pausa, que aprovechó para encender la pipa que se le había apagado, y luego continuó su relato.
“Y aquí es donde entra Joseph Conrad. Durante el viaje de regreso a España, en julio de 1887, el P. Cirilo tuvo que ser hospitalizado en Singapur por culpa de un agravamiento repentino de su enfermedad. Y bien, ¿saben ustedes quién estaba por aquellas mismas fechas convaleciente también en el hospital de Singapur? Efectivamente, el entonces piloto Josef Korzeniowski. Se sabe que estando en el fondeadero de Semarang, en Java, había dejado su puesto de segundo de a bordo de la corbeta “Highland Forest” -comandada por el capitán John McWhir, evocado en El espejo del mar- debido a una lesión en la espalda. En su lugar optó por ir a Singapur a tratarse. Así pues, no es improbable que los dos pacientes llegaran a conocerse y hablasen de sus respectivas experiencias en los trópicos. Puestos a ello, tampoco hay que descartar que, en un momento de desahogo, el P. Cirilo le contara al joven marino el episodio de Balantong. ¿Por qué no? Ahora imaginemos al marino Korzeniowski, años después, convertido ya en escritor, acumulados en su memoria los materiales, datos y episodios que irá reelaborando con enorme talento en sus novelas y relatos. Uno de estos episodios se remonta a 1890 cuando, navegando el río Congo, oye una historia que le transporta a otra que tres años antes había oído de labios de un misionero español en Singapur. Y cuando más tarde se dispone a escribir aquella historia de horror y delirio en el corazón de las tinieblas, los recuerdos se entremezclan y confunden…“
“Tal vez se pregunten ustedes –prosiguió Arístegui- por qué Conrad, de ser cierta la conjetura, no situó la acción de su novela en Filipinas. Hay que decir que los escenarios de la colonia española no le eran del todo desconocidos; ahí tenemos, por ejemplo, el pasaje del relato “Karain” ambientado en Mindanao. Pero aquí entramos de nuevo en el terreno de la especulación. Piensen, no obstante, que Conrad era polaco y católico y, como tal, muy respetuoso con el clero. No me lo imagino haciendo a un religioso protagonista de la narración y, además, en la mayor colonia católica de Asia. Por el contrario, su entusiasmo por los colonos belgas era perfectamente descriptible. Ya sé, no son razones suficientes, desde luego, pero también está lo del nombre: Curto. Tal vez Conrad oyera mal el apellido del P. Anselmo y entendiera Corto. Kurz, en alemán. Aunque puede que sea sólo una coincidencia más...

(Fragmento de un relato inconcluso. Primeramente publicado en Solaria, nº 14, 2002)

4.6.07

Pure noir (V)

Aland Ladd: Esto es un adiós. Y me cuesta decírtelo.
Veronica Lake: Y por qué. No me habías visto nunca antes de esta noche.
Alan Ladd: Todo hombre te ha visto alguna vez en alguna parte. Lo difícil es encontrarte.


(La dalia azul, de George Marshall, 1946. Guión de Raymond Chandler)

2.6.07

Deberes del escritor

Todo escritor deberá desde el inicio ser fiel a sus posibilidades y tratar de afinarlas; tener el mayor respeto al lenguaje, mantenerlo vivo, renovarlo si es posible; no hacer concesiones a nadie, y menos al poder o a la moda, y plantearse en su tarea los retos más audaces que le sea posible concebir.


(Soñar la realidad, de Sergio Pitol).