30.1.07

Un poema de James Kirkup

NÚMERO EQUIVOCADO

Justo en medio de la noche
Como un mal despertador
El teléfono me sobresaltó
Y de un largo sueño me levanté,
Con un susto de muerte, temeroso
De oir noticias tristes de tí.

En lugar de ello oí, todavía medio dormido,
La música humeante de un bar,
Una voz de hombre cantando débilmente,
Y entonces, como si ella estuviera a mi lado,
Una mujer repitiendo una pregunta
En un idioma que no entendía.

Todo lo que pude contestar fue: ¿Diga?¿Diga?
Y ella, alarmada, gritó: ¿Mashi mashi?
Atónita al oir a su amigo hablar inglés.
Luego ella soltó un grito como un pájaro
Con una voz sorprendentemente agradable,
Y, como si le hubiese dado un calambre, colgó.

El bar, la música y las voces se desvanecieron,
Y me dejaron solo otra vez. De vuelta a la cama
Justo en medio de la noche
Eché un vistazo a mi jardín nevado,
Y de repente me alegré de estar solo, y sobrio,
en casa, sin noticias tristes de tí.

(Traducción: J.O. "Wrong number" pertenece al libro de poemas The Prodigal Son, Londres, 1959).

29.1.07

Limnología literaria

La literatura es como un inmenso lago con muchos tributarios. Hay grandes y caudalosos ríos, como Balzac o Tolstói; pero también pequeños e intermitentes arroyos, como un servidor. Cada uno contribuye con sus aguas en la medida de sus posibilidades. Por sí solo ninguno es suficiente, pero juntos devienen necesarios. Hay épocas de copiosas precipitaciones en las que el lago, gracias a las grandes avenidas, parece que vaya a desbordarse; y otras de pertinaces sequías en las que la escorrentía es mínima y el lago corre peligro de secarse. De la materia aportada por los diferentes tributarios, la mayor parte se evapora enseguida; otra se deposita en el fondo al cabo de cierto tiempo; y sólo una muy pequeña parte se mezcla con las aguas pemanentes. Pero lo que cuenta es el lago. Alimentar el lago. Para que la pesca en él siga siendo rica y variada.

28.1.07

Para ahuyentar a los malos poetas

En cierta ocasión se le acercó al profesor Charles Kingsley una dama con la intención de que le diese su opinión sobre unos poemas que había escrito. Después de echarles un vistazo Kingsley le dijo: "Señora, existe la poesía y existe el verso; y el verso se divide en dos clases: buen verso y mal verso. Lo que usted me muestra aquí no es poesía, es verso. No es buen verso, es mal verso."

27.1.07

El peligro de las citas.

Raúl del Pozo, en su columna de hoy de El Mundo, saca a relucir la famosa cita: l'avara povertà di Catalogna, atribuyéndola a Nicolás Maquiavelo.
Error.
La cita es de Dante, y corresponde a la Divina Comedia, verso 77 del canto VIII del "Paraíso".
Si se trata de citar, mejor no citar que citar mal.

24.1.07

Unas palabras sobre Eduardo Mendoza

Intuyo que si he sido invitado a presentar esta charla de Eduardo Mendoza es por algunas circunstancias más producto del azar que de méritos propios. En efecto, los dos hemos nacido en la misma ciudad, Barcelona; en la misma época, años cuarenta; y los dos –salvando las distancias- somos escritores. Habría que añadir a estas coincidencias otra más de la que me he enterado hace muy poco, leyendo el libro de Llàtzer Moix Mundo Mendoza, y cuya lectura recomiendo vivamente: Ambos fuimos al mismo colegio, “La Inmaculada” de los Hermanos Maristas, en el Paseo de San Juan de Barcelona. Mendoza entró en él en 1950 y salió en 1960; yo entré un año después y salí también al cabo de diez años. De modo que nos hicimos merecedores de la medalla de permanencia que daban los hermanos a aquellos alumnos que resistían una década bajo su férula. Imagino, también, que alguna vez, a lo largo de aquellos años, y a pesar de ir a cursos distintos, debimos cruzarnos o incluso tropezarnos Mendoza y yo, bien a la salida o la entrada del colegio o tal vez en el patio a la hora del recreo. Es probable. Pero lo cierto es que nos hemos conocido hace apenas una hora.
Hacer la presentación de Eduardo Mendoza resulta relativamente cómodo por cuanto es uno de los escritores actuales más conocidos y de obra más leída, lo que exime al presentador de recordar innecesarios datos bio-bibliográficos. Supongo que todos ustedes habrán leído alguna de las novelas, si no todas, que ha ido sacando Mendoza, desde la primera, La verdad sobre el caso Savolta, publicada en 1975; hasta la más reciente, Mauricio o las elecciones primarias, del año pasado. En este período ha publicado nueve novelas –entre las que hay que destacar la portentosa La ciudad de los prodigios, de 1986- , pero también ha escrito cuentos, folletines para prensa –como Sin noticias de Gurb-, ensayos, tres obras de teatro (en catalán), traducciones, artículos periodísticos, etc.
De sus novelas ha vendido cientos de miles de ejemplares; ha sido traducido a una veintena de lenguas; le han otorgado premios tanto fuera como dentro de nuestro país, entre ellos el de la Crítica y el Ciudad de Barcelona; es objeto de estudios académicos y lectura obligatoria en no pocos colegios e institutos. Por si fuera poco, Mendoza concita a su alrededor una rara, por infrecuente, unanimidad. Al favor (y fervor) del público se suma el aplauso de la crítica. Además, es apreciado y admirado por sus colegas, lo que dada la proliferación, en mundillo literario, de envidias, egos, banderías y sociedades de bombos mutuos, es un dato muy a tener en cuenta.
No es el momento de hacer aquí una valoración de la obra mendocina, pero sí me gustaría resaltar algunas de sus cualidades que considero esenciales. Es ya un tópico afirmar que La verdad sobre el caso Savolta inaugura una nueva etapa en la narrativa española. Se trata, creo, de un tópico fundamentado, pues dicha obra supuso en su momento un revulsivo, una bocanada de aire fresco y renovado en medio del adocenado panorama novelístico, presidido por los epígonos del realismo social por un lado, y por pedantescos experimentalismos por otro. Visto desde la perspectiva que confiere el tiempo, puede decirse que aquella su primera novela, y las que ha ido sacando después, constituyen uno de los corpus novelísticos más sólidos, coherentes y atractivos de las tres últimas décadas. Partiendo de la mejor tradición literaria –la que va, por ejemplo, de Cervantes a Baroja- ha procurado Mendoza en todo momento renovar la novela sin falsearla o forzarla. Como dice Llàtzer Moix en el citado libro, lo ha hecho “sin ofender al lector exigente ni discriminar al popular”. Para conseguir esto y, una vez conseguido, mantenerlo, se necesitan unas innegables habilidades técnicas, pero sobre todo mucho sentido común y una especial sabiduría a la hora de administrar dichas habilidades. Sin olvidar un peculiar sentido del humor. En este sentido, Mendoza es un prestidigitador capaz de sacarse de la chistera pintorescos personajes en insólitas situaciones; un alquimista que sabe convertir su placer de narrador en una fiesta para el lector.
Mientras aguardamos ansiosos la aparición de su próxima novela, los que aquí nos hemos reunido podemos considerarnos afortunados, porque ahora vamos a tener la oportunidad de escuchar a nuestro admirado Eduardo Mendoza sus personales reflexiones sobre la lectura; y doy por seguro que con su charla nos deleitará, como siempre lo ha venido haciendo.
Muchas gracias.

(Presentación de la conferencia "Reflexiones sobre la lectura", porEduardo Mendoza. Aula Magna de la Universidad de Oviedo, 23 de enerode 2007)

22.1.07

Definitiva sentencia

Sir William Trumbal, uno de estos poetas que nunca pueden ser olvidados porque nunca han sido recordados.
(Henry Newbolt, Studies Green And Gray, 1926)

21.1.07

¿Y si el polígrafo Menéndez Pelayo se sometiera al polígrafo?

Entonces, podría ser que...

A la pregunta: ¿Alguna vez se ha sentido atraído por alguno de sus compatriotas a los que usted llama heterodoxos?

Don Marcelino ha contestado que "No", y el detector dictamina que... ¡Miente!

A lo que el público exclama: ¡Que le den Morcillo!

(Nota: Sebastián Fox Morcillo, filósofo español del siglo XVI, muy querido del sabio santanderino)

18.1.07

A propósito de Trilby (II)

El ejemplar que poseo de Trilby es de la edición londinense de Osgood, McIlvaine & Co (1895). Está ornado con 121 ilustraciones del propio autor, encabezadas en el frontispicio por la imagen de cuerpo entero de la protagonista ("It was Trilby!"). El ejemplar perteneció en su día a un tal Ballard, de Ranmoor, y entre sus páginas se han venido guardando tres recortes de periódicos.
El primero es una necrológica de George du Maurier, en la que se ensalza sobremanera su labor como caricaturista del Punch: "Por una extraña ironía del destino es probable que Mr. Du Maurier sea hoy en día más conocido como autor de una exitosa novela que como uno de los más grandes dibujantes de los últimas décadas de nuestro siglo. Y sin embargo es fácil predecir que su trabajo en blanco y negro volverá a estudiarse y a admirarse cuando para encontrar un ejemplar de Trilby uno tenga que buscar diligentemente en los catálogos de las mayores bibliotecas públicas. Trilby es un triunfo del momento, mientras que sus dibujos son logros del siglo."
El segundo recorte de prensa es un artículo de 24 de febrero de 1896 en el que se da detallada noticia de un sermón vespertino predicado por el Rev. Frank Ballard (¿uno de los dueños del libro o tal vez algún pariente?), ministro de la Iglesia Congregacional de Wycliffe. "Este libro -dijo el reverendo Ballard refiriéndose a Trilby- no es diferente a otros muchos, algunos de los cuales no son lo bastante puros que deberían ser; pero la iglesia no tiene poder en estos días para prohibir la lectura de tales obras."
Finalmente, el tercer recorte es el más reciente (The Sunday Times, 29 de noviembre de 1992), y corresponde a un reportaje acerca de una nueva adaptación teatral de la novela de du Maurier debida a David Fielder y Nancy Meckler. Entre otras cosas se dice: "Una de las razones por las que Trilby no se lee en nuestros días es porque no es más que una novela artesanal, de segunda fila y demasiado larga."
Las hemerotecas son una fuente de sorpresas.

16.1.07

A propósito de Trilby (I)

De niño vi una película titulada Svengali. El protagonista, un individuo siniestro (interpretado por el genial Donald Wolfit), me aterrorizó. Por la noche tuve pesadillas. Años más tarde me enteré que Svengali era uno de los personajes de la novela Trilby, de George du Maurier. Ahora, la editorial Funambulista nos presenta una traducción íntegra de la misma.
Cuando la novela se publicó en 1894 fue todo un éxito. En Gran Bretaña se vendieron ochenta mil ejemplares en los primeros tres meses; en Estados Unidos, doscientos mil. Incluso surgió un merchandising: muñecas Trilby, zapatos Trilby, sombreros Trilby... ¿A qué se debió el éxito de Trilby? Esta pregunta ya se la hicieron en su día críticos y escritores, y cualquiera que sea la respuesta es seguro que no se debe exclusivamente a sus méritos literarios. Como dice Donald Sasson en Cultura. Patrimonio común de los europeos, su éxito dependió en gran medida de la llamada "situación literaria". "Ciertas coyunturas -dice Sasson- resultan más favorables para unos libros que para otros. Los escritores saben esto perfectamente bien. Una novela de éxito puede hacer que salgan miles de imitaciones, algunas de ellas mejores que el original. Desde luego, la capacidad de adivinar anticipadamente cuál pueda llegar a ser la futura coyuntura literaria exige una notable habilidad -que los editores y los agentes literarios afirman poseer- . El talento de los autores no es insignificante, ya que han de hacer frente a una considerable competencia. Es posible que Trilby no figure en las primeras posiciones de los anales de la literatura, pero se consideraba, con visos de verosimilitud, que era una novela más leída que la mayoría de sus competidoras".
Daphne du Maurier evocó, en un artículo incluído en The Rebecca Notebook And Other Memories (1981), a su abuelo: "Era un hombre de gustos muy sencillos. Amaba el hogar. No sentía deseos de viajar, excepto a Francia, o al puerto pescador de Whitby, en Yokshire, y cuando sus novelas le hicieron famoso se sintió incómodo con la fama (...) George du Maurier no vio necesidad de cambiar su modo de vida porque recibiera cientos de cartas cada semana de gente desconocida. Se sonreía, pensaba en lo peculiar de la situación y se iba a dar un largo paseo por Hampstead Heath: y cuando regresaba liaba un cigarrillo y se iba a su estudio, y seguía dibujando, o escribiendo, con el continuo ruido en torno a él de su familia o sus amigos".

13.1.07

Pure noir

Era un insulto al género femenino, un cortocircuito en la carne de mujer voluptuosa y tierna con la que sueña el hombre. Era uno de esos ejemplares intermedios rubio cenicientos, huesudos, de ojos como platos, de cara sonriente, mentón prominente, busto falso, ancas artificiales, posturas estudiadas y muslos vacíos que se fabrican como tablillas de celosías venecianas en alguna fábrica anémica, asfixiada y subterránea para satisfacer la demanda desconcertantemente incrementada de modelos sin sexo, idénticos a ella, para ciertas revistas de moda femeninas en las que se echan hacia atrás con la boca abierta y la nariz fruncida, con ajustados vestidos rojos y plateados, sentadas sobre un viejo tonel de cerveza recién barnizado, cogiendo largos paraguas delgados que tienen la punta clavada en una duna de arena. A veces uno las ve desvanecerse, con los párpados pesados y la cara pálida como el papel, sobre un martini agitado en una copa triple de cóctel, con sus largas garras descarnadas de puntas doradas que se cierran como las de un buitre alrededor del pie de la copa. Yo prefiero toda la vida curvas, hoyuelos y muslos carnosos. Soy un tipo fácil de conformar.

(Gil Brewer, "Un asesino en las calles" (A Killer Is Loose, 1954)

10.1.07

Toas las vías valen

Se suele decir que escribir poesía es una buena vía para aprender a escribir en prosa. No lo creo. Barrunto que Bécquer hubiese escrito aún mejor prosa de no haber sido poeta. Lo contrario también podría funcionar: Thomas Hardy es un gran poeta porque antes fue un buen prosista. Y todavía queda otra posibilidad, aunque escasa: alternar, con toda naturalidad y a un excelente nivel, la poesía y la narrativa. Verbigracia: Raymond Carver.

8.1.07

Bailando con desconocidos (microrrelato)

Los dos se conocieron en una discoteca. A ella le fascinó su mirada penetrante y la forma elegante de moverse en la pista. Él, por su parte, se dio cuenta enseguida de que sería su chica aquella noche.
Bailaron un poco y luego se fueron. Ella le propuso ir a su casa.
En el ascensor empezaron a besarse. Ya dentro de la casa, al pasar por delante del espejo del recibidor, la mujer vio una sola imagen reflejada: la suya. Entonces él preguntó: “¿Crees en los vampiros?”. “No”, contestó ella. “Pues yo tampoco”, y hundió sus afilados dientes en la blanda carne de su cuello.

5.1.07

Barrett

La vida es un arma. ¿Dónde herir, sobre qué obstáculo crispar nuestros músculos, de qué cumbre colgar nuestros deseos? ¿Será mejor gastarnos de un golpe y morir la muerte ardiente de la bala aplastada contra el muro o envejecer en el camino sin término y sobrevivir a la esperanza? Las fuerzas que el destino olvidó un instante en nuestras manos son fuerzas de tempestad. Para el que tiene los ojos abiertos y el oído en guardia, para el que se ha incorporado una vez sobre la carne, la realidad es angustia. Gemidos de agonía y clamores de triunfo nos llaman en la noche. Nuestras pasiones, como una jauría impaciente, olfatean el peligro y la gloria. Nos adivinamos dueños de lo imposible, y nuestro espíritu ávido se desgarra.
El autor de las líneas precedentes se llama Rafael Barrett, y corresponden al artículo "El esfuerzo" incluído en su libro Moralidades actuales (1910). Rafael Barrett (Torrelavega, Cantabria, 1876 - Arcachon, Francia, 1910) se trasladó con veintisete años a la República Argentina y poco después a Paraguay, donde se instaló. Fue uno de los periodistas del ámbito hispanoamericano más destacados de su tiempo. De ideas anarquistas, preocupado por las cuestiones sociales, su voz se alzó siempre en defensa de los oprimidos y de los marginados. Además de ensayos y artículos de prensa escribió cuentos de tono naturalista, reunidos póstumamente en Cuentos breves (1911).
Hace unos meses leí una entrevista con el periodista Gregorio Morán en la que decía que estaba trabajando en una biografía de Barrett. Ahora, la editorial Periférica anuncia la próxima aparición de un libro de Barrett, Hacia el porvenir. ¿Habrá llegado por fin, después de años de olvido y silencio en nuestro país, el momento de reconocer como es debido la figura de Rafael Barrett? Prosas tan plenas y contundentes como la suya no eran frecuentes ni entonces ni ahora. Y yo me pregunto, ¿cómo un escritor de su valía ha sido ignorado por tanto tiempo? A ver si nos lo explica Morán.

3.1.07

Estrena

En estos primeros días de enero, los romanos se visitaban y se hacían regalos como muestra de amistad. Joaquín Bastús, en su Memorandum anual y perpetuo (Barcelona, 1855), afirma que "los regalos llamados estrenas o aguinaldos son restos de aquellas costumbres cuyo origen se remonta al tiempo de Tacio rey de los sabinos". A últimos del siglo IV Paciano, obispo de Barcelona, escribió un libro reprobando la costumbre de sus diocesanos de celebrar el primer día del año la hennula cervula, la fiesta del ciervo. Aunque este libro acabó extraviándose, Bastús nos aclara que las exhortaciones de San Paciano dieron escaso resultado, ya que sus feligreses continuaron zascandileando por la ciudad de Barcelona y campos vecinos, disfrazados de salvajes y engolfados en torpes desenfrenos. "Último resto de aquellos desórdenes -sigue Bastús- es la algazara con que recorren nuestras calles, en los primeros días del año, una porción de jóvenes perdidos, atronando los oídos de las gentes con sus alaridos y con el destemplado son de cuernos y otros instrumentos no menos desapacibles."
Los tiempos cambian, las costumbres no tanto.