16.1.07

A propósito de Trilby (I)

De niño vi una película titulada Svengali. El protagonista, un individuo siniestro (interpretado por el genial Donald Wolfit), me aterrorizó. Por la noche tuve pesadillas. Años más tarde me enteré que Svengali era uno de los personajes de la novela Trilby, de George du Maurier. Ahora, la editorial Funambulista nos presenta una traducción íntegra de la misma.
Cuando la novela se publicó en 1894 fue todo un éxito. En Gran Bretaña se vendieron ochenta mil ejemplares en los primeros tres meses; en Estados Unidos, doscientos mil. Incluso surgió un merchandising: muñecas Trilby, zapatos Trilby, sombreros Trilby... ¿A qué se debió el éxito de Trilby? Esta pregunta ya se la hicieron en su día críticos y escritores, y cualquiera que sea la respuesta es seguro que no se debe exclusivamente a sus méritos literarios. Como dice Donald Sasson en Cultura. Patrimonio común de los europeos, su éxito dependió en gran medida de la llamada "situación literaria". "Ciertas coyunturas -dice Sasson- resultan más favorables para unos libros que para otros. Los escritores saben esto perfectamente bien. Una novela de éxito puede hacer que salgan miles de imitaciones, algunas de ellas mejores que el original. Desde luego, la capacidad de adivinar anticipadamente cuál pueda llegar a ser la futura coyuntura literaria exige una notable habilidad -que los editores y los agentes literarios afirman poseer- . El talento de los autores no es insignificante, ya que han de hacer frente a una considerable competencia. Es posible que Trilby no figure en las primeras posiciones de los anales de la literatura, pero se consideraba, con visos de verosimilitud, que era una novela más leída que la mayoría de sus competidoras".
Daphne du Maurier evocó, en un artículo incluído en The Rebecca Notebook And Other Memories (1981), a su abuelo: "Era un hombre de gustos muy sencillos. Amaba el hogar. No sentía deseos de viajar, excepto a Francia, o al puerto pescador de Whitby, en Yokshire, y cuando sus novelas le hicieron famoso se sintió incómodo con la fama (...) George du Maurier no vio necesidad de cambiar su modo de vida porque recibiera cientos de cartas cada semana de gente desconocida. Se sonreía, pensaba en lo peculiar de la situación y se iba a dar un largo paseo por Hampstead Heath: y cuando regresaba liaba un cigarrillo y se iba a su estudio, y seguía dibujando, o escribiendo, con el continuo ruido en torno a él de su familia o sus amigos".

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