En la novela de Arnold Bennett El cuento de las viejas (1908), hay un pasaje en el que se describe una ejecución pública. El americano Frank Harris, al hacer la crítica de la novela, dijo que se notaba que el autor nunca había sido testigo de un acto semejante y que su imaginación había distorsionado la escena. Harris pasó entonces a describir cómo era realmente una ejecución. Su relato resultó tan realista que Mr. Bennett le escribió diciendo: "Si su descripción hubiese aparecido antes que la mía, le aseguro que la habría utilizado. Por supuesto usted ha descubierto mi secreto. Nunca fui testigo de una ejecución." Frank Harris le contestó: "Ni yo tampoco".
Como dijo Josep Pla, escribir es describir. A lo que cabría añadir: convincentemente.
29.11.06
24.11.06
Esencias de Jaloux (II)
Entre otros apuntes, Essences, de Edmond Jaloux, recoge cuentos que en alguna ocasión oyó a sus amigos, así como relatos oníricos, propios y ajenos.
He aquí uno de los cuentos:
Había un inglés rico, de noble familia y muy respetado, que vivía solo en su casa de Mayfair. Un día, cuando salía de casa y se preparaba para subir a su carruaje, un hombre joven, de aspecto equívoco, salió de entre la niebla y le dijo bruscamente: "¡Yo conozco su secreto!". El hombre rico enrojeció y bajó la cabeza sin responder. Suspiró y condujo al joven adentro, a una salita de la casa. Una vez allí le preguntó qué es lo que quería. El joven fijó una cifra y aseguró que pasaría cada tres meses a cobrar su pensión. Su víctima no discutió. Pasaron diez años. El joven equívoco seguía visitando regularmente a su involuntario benefactor. Los encuentros transcurrían siempre en silencio. Pero una mañana de invierno el mayordomo negó al aventurero la entrada a la residencia. "Milord se está muriendo, le dijo. No puede recibir a nadie." El otro no hizo caso y entró en la habitación del moribundo. Éste, al verle, giró la cabeza y de repente su cara se iluminó: "¡Y ahora, le espetó, dígame cuál es mi secreto!" Este es uno de los cuentos que Oscar Wilde contaba a sus íntimos y que no dejó escrito (...) Yo lo conocí por un amigo, Reggie Turner, que murió antes de la guerra.
Y este es el relato de un inquietante sueño:
Henry James tuvo una vez un sueño curioso. Me lo contó uno de sus amigos y no lo he encontrado ni en sus obras narrativas ni en su correspondencia. Entra él en un inmenso almacén desierto, una galería con vidrieras, polvorienta, medio a oscuras, donde miles de sillas se apilan hasta al techo. Lo atraviesa no sin un misterioso escalofrío, pues la multiplicación al infinito de un objeto tan banal angustia mucho más que una presencia insólita. Al fondo, una segunda sala, análoga a la primera, pero más pequeña, le conduce a una verdadera barricada de sillas superpuestas. Y entonces se da cuenta de que alguien, extrañamente parecido a él, le dice temblando: "¡Yo no tengo miedo! No tengo miedo... ¡Usted ve que no tengo miedo!"
He aquí uno de los cuentos:
Había un inglés rico, de noble familia y muy respetado, que vivía solo en su casa de Mayfair. Un día, cuando salía de casa y se preparaba para subir a su carruaje, un hombre joven, de aspecto equívoco, salió de entre la niebla y le dijo bruscamente: "¡Yo conozco su secreto!". El hombre rico enrojeció y bajó la cabeza sin responder. Suspiró y condujo al joven adentro, a una salita de la casa. Una vez allí le preguntó qué es lo que quería. El joven fijó una cifra y aseguró que pasaría cada tres meses a cobrar su pensión. Su víctima no discutió. Pasaron diez años. El joven equívoco seguía visitando regularmente a su involuntario benefactor. Los encuentros transcurrían siempre en silencio. Pero una mañana de invierno el mayordomo negó al aventurero la entrada a la residencia. "Milord se está muriendo, le dijo. No puede recibir a nadie." El otro no hizo caso y entró en la habitación del moribundo. Éste, al verle, giró la cabeza y de repente su cara se iluminó: "¡Y ahora, le espetó, dígame cuál es mi secreto!" Este es uno de los cuentos que Oscar Wilde contaba a sus íntimos y que no dejó escrito (...) Yo lo conocí por un amigo, Reggie Turner, que murió antes de la guerra.
Y este es el relato de un inquietante sueño:
Henry James tuvo una vez un sueño curioso. Me lo contó uno de sus amigos y no lo he encontrado ni en sus obras narrativas ni en su correspondencia. Entra él en un inmenso almacén desierto, una galería con vidrieras, polvorienta, medio a oscuras, donde miles de sillas se apilan hasta al techo. Lo atraviesa no sin un misterioso escalofrío, pues la multiplicación al infinito de un objeto tan banal angustia mucho más que una presencia insólita. Al fondo, una segunda sala, análoga a la primera, pero más pequeña, le conduce a una verdadera barricada de sillas superpuestas. Y entonces se da cuenta de que alguien, extrañamente parecido a él, le dice temblando: "¡Yo no tengo miedo! No tengo miedo... ¡Usted ve que no tengo miedo!"
21.11.06
Esencias de Jaloux (I)
Essences, del novelista y crítico Edmond Jaloux (1878-1949), se publicó en Ginebra, en 1944. Se trata de un libro de aforismos, comentarios, relatos oníricos..., una especie de concentrado muy personal de un escritor que ve que su época ya no existe y su vida se acaba.
He aquí algunas muestras de sus reflexiones literarias:
"La literatura no tiene por objeto copiar la vida; ésta se basta a sí misma. Por el contrario, la literatura debe probar que la vida que llevamos no es la única, que comporta otras interpretaciones, otras perspectivas, otras posibilidades. El arte del escritor consiste en modificar ligeramente los usos y los sentidos de esta vida, al tiempo que se deja creer al lector que él no la ha abandonado".
"En Roma, cuando un niño iba a nacer, se invocaba a la diosa Prosa. Solo ella estaba en disposición de hacer venir al mundo y de dirigirle de tal manera que se condujese ágilmente. En el antiguo latín, prosa, en efecto, significaba lo que es recto. Así, el nombre de una divinidad sabia y tutelar ha servido para designar nuestra prosa, es decir, el pensamiento bien dirigido".
"Los cantos más desesperados son los cantos más bellos, dijo Alfred Musset. Es una mentira de poeta. Quien puede cantar, ya no desespera."
Del citado Musset cuenta Jaloux esta anécdota entre bella y pavorosa:
"Hacia el final de sus días, Alfred de Musset pidió a M. de Niewerkerke, como supremo favor, el permiso de visitar solo, de noche, las salas del Louvre, con una tea en la mano. Así pues, vagó por las galerías y pudo confrontar sus sueños y sus recuerdos con los cuadros de Tiziano, Giorgione, Palma el Viejo, Andrea del Sarto... buscando reencontrar, a la luz de la antorcha, en el semi-misterio de la sombra y de su imaginación, lo que en su juventud había entrevisto. Dos meses después, estaba muerto."
He aquí algunas muestras de sus reflexiones literarias:
"La literatura no tiene por objeto copiar la vida; ésta se basta a sí misma. Por el contrario, la literatura debe probar que la vida que llevamos no es la única, que comporta otras interpretaciones, otras perspectivas, otras posibilidades. El arte del escritor consiste en modificar ligeramente los usos y los sentidos de esta vida, al tiempo que se deja creer al lector que él no la ha abandonado".
"En Roma, cuando un niño iba a nacer, se invocaba a la diosa Prosa. Solo ella estaba en disposición de hacer venir al mundo y de dirigirle de tal manera que se condujese ágilmente. En el antiguo latín, prosa, en efecto, significaba lo que es recto. Así, el nombre de una divinidad sabia y tutelar ha servido para designar nuestra prosa, es decir, el pensamiento bien dirigido".
"Los cantos más desesperados son los cantos más bellos, dijo Alfred Musset. Es una mentira de poeta. Quien puede cantar, ya no desespera."
Del citado Musset cuenta Jaloux esta anécdota entre bella y pavorosa:
"Hacia el final de sus días, Alfred de Musset pidió a M. de Niewerkerke, como supremo favor, el permiso de visitar solo, de noche, las salas del Louvre, con una tea en la mano. Así pues, vagó por las galerías y pudo confrontar sus sueños y sus recuerdos con los cuadros de Tiziano, Giorgione, Palma el Viejo, Andrea del Sarto... buscando reencontrar, a la luz de la antorcha, en el semi-misterio de la sombra y de su imaginación, lo que en su juventud había entrevisto. Dos meses después, estaba muerto."
20.11.06
Cuestión de apariencias
A veces da la impresión que Eugenio D'Ors se esforzó toda su vida en imitar a Xènius, sin acabar de conseguirlo.
19.11.06
Vidas breves
William Harcourt.
Cuando el padre Harcourt padecía suplicio en Tyburne, y sus intestinos, etc. eran arrojados al fuego, un aprendiz de carnicero que estaba allí quiso tener un trozo de su riñón que estaba consumiéndose en el fuego. Se quemó mucho los dedos, pero lo consiguió; y un tal Roydon, cervecero en Southwark, se lo compró.
Lo prodigioso es que ahora el pedazo de riñón está totalmente petrificado. Pero no estaba tan duro cuando él lo obtuvo. De tanto llevarlo en el bolsillo se había endurecido en grado sumo, mejor que en el fuego, como una ágata pulida. Yo lo he visto. Él lo tenía en gran estima.
Madam Curtin.
Una buena fortuna de 3.000 libras, hija de Sir William Curtin, el gran mercader. Más tarde se casó con su lacayo, quien, poco después la golpeó, cogió su dinero, y huyó.
Thomas Cooper.
El Dr. Edward Davenant me contó que este instruido hombre tenía una arpía por mujer, la cual estaba tremendamente furiosa con él por culpa de que sentábase de noche hasta muy tarde compilando su Diccionario.
Cuando lo tenía medio hecho, ella entró una vez en su gabinete, tomó todos sus papeles, los arrojó al fuego y los quemó. Bueno, a todo esto, el buen hombre tenía un tan gran celo por el fomento del saber que lo empezó de nuevo, y lo hizo con tal perfección que nos ha dejado una obra de lo más útil. Más tarde fue nombrado obispo de Winton.
Eleanor Ratcliffe.
La condesa de Sussex, un gran y triste ejemplo del poder de la lujuria y su esclavitud. Era una gran belleza como nadie en Inglaterra, y tenía un buen ingenio. Después de la muerte de su Lord (era celoso) ella mandó a por un antiguo lacayo y le hizo valet de cámara. Él tenía la sífilis y ella lo sabía; era un condenado borrachín. No era muy apuesto, pero tenía una exquisita forma (hinc sagittae). Sus orificios nasales estaban tapados y rellenos con corchos en los que había cañones de plumas por los que respirar a su través. Hacia 1666 su condesa murió de la sífilis.
(Extraídas de Brief lives, de John Aubrey)
Cuando el padre Harcourt padecía suplicio en Tyburne, y sus intestinos, etc. eran arrojados al fuego, un aprendiz de carnicero que estaba allí quiso tener un trozo de su riñón que estaba consumiéndose en el fuego. Se quemó mucho los dedos, pero lo consiguió; y un tal Roydon, cervecero en Southwark, se lo compró.
Lo prodigioso es que ahora el pedazo de riñón está totalmente petrificado. Pero no estaba tan duro cuando él lo obtuvo. De tanto llevarlo en el bolsillo se había endurecido en grado sumo, mejor que en el fuego, como una ágata pulida. Yo lo he visto. Él lo tenía en gran estima.
Madam Curtin.
Una buena fortuna de 3.000 libras, hija de Sir William Curtin, el gran mercader. Más tarde se casó con su lacayo, quien, poco después la golpeó, cogió su dinero, y huyó.
Thomas Cooper.
El Dr. Edward Davenant me contó que este instruido hombre tenía una arpía por mujer, la cual estaba tremendamente furiosa con él por culpa de que sentábase de noche hasta muy tarde compilando su Diccionario.
Cuando lo tenía medio hecho, ella entró una vez en su gabinete, tomó todos sus papeles, los arrojó al fuego y los quemó. Bueno, a todo esto, el buen hombre tenía un tan gran celo por el fomento del saber que lo empezó de nuevo, y lo hizo con tal perfección que nos ha dejado una obra de lo más útil. Más tarde fue nombrado obispo de Winton.
Eleanor Ratcliffe.
La condesa de Sussex, un gran y triste ejemplo del poder de la lujuria y su esclavitud. Era una gran belleza como nadie en Inglaterra, y tenía un buen ingenio. Después de la muerte de su Lord (era celoso) ella mandó a por un antiguo lacayo y le hizo valet de cámara. Él tenía la sífilis y ella lo sabía; era un condenado borrachín. No era muy apuesto, pero tenía una exquisita forma (hinc sagittae). Sus orificios nasales estaban tapados y rellenos con corchos en los que había cañones de plumas por los que respirar a su través. Hacia 1666 su condesa murió de la sífilis.
(Extraídas de Brief lives, de John Aubrey)
15.11.06
Metaliteratura
En el último número de Babelia se habla de metaliteratura. Al parecer estamos en un momento de auge de este tipo de escritura. Es posible, aunque en realidad siempre la ha habido. Desde el principio la literatura se ha ido alimentando de sí misma y los escritores se han ido inspirando unos en otros. Puede decirse que toda la literatura occidental ya está en Homero. El resto es glosa.
En palabras de Coleridge, el material se toma prestado de un escritor a otro y de generación en generación, "en una serie de imitadas imitaciones, sombras de sombras de sombras de una vela barata colocada entre dos espejos".
En palabras de Coleridge, el material se toma prestado de un escritor a otro y de generación en generación, "en una serie de imitadas imitaciones, sombras de sombras de sombras de una vela barata colocada entre dos espejos".
11.11.06
8.11.06
Un poema de Kenneth Rexroth
EL AMOR ES UNA SERIE INCLUSIVA DIJO McTAGGART
En solo un minuto nos diremos adiós
Me iré conduciendo y te veré
Cruzar el bulevar en el espejo retrovisor
Tal vez distingas la parte porterior de mi cabeza
Perdiéndose en el tráfico
Y luego nunca más nos volveremos a ver
Esto ocurrirá en tan solo otro minuto.
(Leído en el Bar Casa El Finito, de Pravia, el 4 de octubre de 2006, con motivo de las VI Jornadas Literarias de la Asociación de Escritores de Asturias)
En solo un minuto nos diremos adiós
Me iré conduciendo y te veré
Cruzar el bulevar en el espejo retrovisor
Tal vez distingas la parte porterior de mi cabeza
Perdiéndose en el tráfico
Y luego nunca más nos volveremos a ver
Esto ocurrirá en tan solo otro minuto.
(Leído en el Bar Casa El Finito, de Pravia, el 4 de octubre de 2006, con motivo de las VI Jornadas Literarias de la Asociación de Escritores de Asturias)
7.11.06
En torno a la membrana de Copperfield (una divagación dickensiana)
Entre las muchas cualidades narrativas de Dickens destaca su destreza para describir tanto los grandes escenarios históricos como los pormenores cotidianos. De lo primero hay numerosas muestras en sus novelas, baste citar como epítome el célebre inicio de Historia de dos ciudades. En cuanto a lo segundo los ejemplos son incontables, pues en la inserción de inesperados detalles, aparentemente superfluos, radica sin duda uno de los grandes aciertos –y encantos- del autor inglés. Que David Copperfield es una de sus novelas más redondas y representativas parece bastante claro; que sea la mejor, es materia opinable. En cualquier caso la habilidad descriptiva para las pequeñas cosas adquiere en esta novela uno de sus mejores logros. Ya en el capítulo primero, cuando se narra el nacimiento del héroe, nos sorprende con un detalle singular. Como recordarán los lectores, se nos dice que el protagonista nace envuelto en una “membrana” (caul, en el original inglés); algo que, sin más explicaciones, puede resultar un tanto esotérico. Las ediciones anotadas suelen aclarar que se trata del amnios, es decir, la membrana más interna que envuelve al feto y con la que en ocasiones aparece revestido el recién nacido. Dicha tela, según la tradición popular de la época, traía buena suerte, pues se suponía que, entre otras virtudes, protegía a su propietario de morir ahogado.
La primera vez que leí David Copperfield no pude darme cuenta de este detalle porque simplemente el párrafo en el que viene había sido suprimido. Se trataba de una edición abreviada, en principio dedicada al público infantil y juvenil. La sorpresa surgió la segunda vez que leí la novela, esta vez sí, íntegra. Era la edición publicada por la editorial Iberia en 1943, con traducción de Juan G. de Luaces. Allí aparecía la palabra caul traducida como “barquilla”. En ninguno de los diccionarios de la lengua castellana que consulté en su momento pude dar con la palabra barquilla aplicada a dicha circunstancia. Tampoco las pesquisas posteriores dieron su fruto. Juan G. de Luaces fue un traductor fecundo, hijo del escritor y traductor asturiano Edmundo González Blanco, que trabajó sobre todo para el editor José Janés en los años cuarenta y cincuenta. En sus buenos tiempos adquirió fama, entre sus compañeros de trabajo, por su velocidad –pasaba directamente sus traducciones a la máquina de escribir, sin apenas correcciones- y por su inveterado hábito de ingerir amer Picon. ¿Se inventaría Luaces la palabra “barquilla”? Tal vez. Lo cierto es que para mí continúa siendo un misterio el empleo de esta palabra. Más tarde, cada vez que caía en mis manos una versión, antigua o nueva, de David Copperfield lo primero que hacía era ir al primer capítulo para ver cómo el traductor había sorteado el vocablo de marras. Así me fui encontrando con una gran variedad de términos más o menos alusivos que en muchos casos, antes que aclarar el concepto, lo que hacían era complicarlo aún más. Las traducciones oscilaban entre las de menor compromiso a las más atrevidas. Así, Carmen Abreu de Peña, en la edición de Espasa Calpe de 1924, se limita a hablar de “membrana”, sin más especificaciones, lo que deja la cosa demasiado abierta a todo tipo de especulaciones. En el otro lado están los que prefieren algún tecnicismo médico del estilo de epiplón u omento, aún a riesgo de errar, pues ni uno ni otro término corresponden en rigor a lo que Dickens quiso decirnos. (Según la Onomatologia Anatomica Nova, de Juan José Barcia Goyanes, tanto epiplón como omento o redaño se refieren a repliegues del peritoneo; y en este sentido nos advierte el médico madrileño Martín Martínez en su docta Anatomía completa del hombre, 1728, que “suelen suceder muy frecuentemente hernias en las ingles o escroto, por salirse el omento a los intestinos”). Otros traductores se inclinan por vocablos de corte más popular, como es el caso de Josep Carner, que nos ofrece, en catalán, tela saginera; o el de aquel otro -lamento no recordar su nombre- que nos propone el curioso artefacto “cofia fetal”. Más recientemente, en la meritoria versión de David Copperfield dispensada por Alba (2003), la traductora Matilde Salis opta por la aséptica expresión “membrana amniótica”. Curiosamente, sin embargo, nunca he visto empleada la castiza palabra “zurrón” que, a mi parecer, se adapta perfectamente a lo expresado por Dickens. En efecto, según el Diccionario de la Real Academia Española, zurrón significa, en su cuarta acepción: “Bolsa formada por las membranas que envuelven el feto y contienen a la vez el líquido que le rodea”.
A todo esto, alguien puede estar preguntándose: ¿Pero tiene esto alguna relevancia a la hora de valorar una traducción? Sinceramente, ninguna. En realidad no deja de ser una disquisición sin importancia, un pasatiempo inofensivo como otros muchos; solo que sin ellos, la literatura sería quizás un poco menos entretenida. Futesas al margen, Dickens es tan genial escritor y su prosa tan sólida que resiste todo tipo de acometidas. Al fin y al cabo estamos hablando de un autor excepcional que, en palabras del crítico W. H. Henley, será recordado como alguien que con sus libros hizo más para hacer felices a sus lectores que cualquier otro escritor de su tiempo. Y esto sí que es importante.
(Inicialmente publicado en la revista Platero, noviembre de 2005)
La primera vez que leí David Copperfield no pude darme cuenta de este detalle porque simplemente el párrafo en el que viene había sido suprimido. Se trataba de una edición abreviada, en principio dedicada al público infantil y juvenil. La sorpresa surgió la segunda vez que leí la novela, esta vez sí, íntegra. Era la edición publicada por la editorial Iberia en 1943, con traducción de Juan G. de Luaces. Allí aparecía la palabra caul traducida como “barquilla”. En ninguno de los diccionarios de la lengua castellana que consulté en su momento pude dar con la palabra barquilla aplicada a dicha circunstancia. Tampoco las pesquisas posteriores dieron su fruto. Juan G. de Luaces fue un traductor fecundo, hijo del escritor y traductor asturiano Edmundo González Blanco, que trabajó sobre todo para el editor José Janés en los años cuarenta y cincuenta. En sus buenos tiempos adquirió fama, entre sus compañeros de trabajo, por su velocidad –pasaba directamente sus traducciones a la máquina de escribir, sin apenas correcciones- y por su inveterado hábito de ingerir amer Picon. ¿Se inventaría Luaces la palabra “barquilla”? Tal vez. Lo cierto es que para mí continúa siendo un misterio el empleo de esta palabra. Más tarde, cada vez que caía en mis manos una versión, antigua o nueva, de David Copperfield lo primero que hacía era ir al primer capítulo para ver cómo el traductor había sorteado el vocablo de marras. Así me fui encontrando con una gran variedad de términos más o menos alusivos que en muchos casos, antes que aclarar el concepto, lo que hacían era complicarlo aún más. Las traducciones oscilaban entre las de menor compromiso a las más atrevidas. Así, Carmen Abreu de Peña, en la edición de Espasa Calpe de 1924, se limita a hablar de “membrana”, sin más especificaciones, lo que deja la cosa demasiado abierta a todo tipo de especulaciones. En el otro lado están los que prefieren algún tecnicismo médico del estilo de epiplón u omento, aún a riesgo de errar, pues ni uno ni otro término corresponden en rigor a lo que Dickens quiso decirnos. (Según la Onomatologia Anatomica Nova, de Juan José Barcia Goyanes, tanto epiplón como omento o redaño se refieren a repliegues del peritoneo; y en este sentido nos advierte el médico madrileño Martín Martínez en su docta Anatomía completa del hombre, 1728, que “suelen suceder muy frecuentemente hernias en las ingles o escroto, por salirse el omento a los intestinos”). Otros traductores se inclinan por vocablos de corte más popular, como es el caso de Josep Carner, que nos ofrece, en catalán, tela saginera; o el de aquel otro -lamento no recordar su nombre- que nos propone el curioso artefacto “cofia fetal”. Más recientemente, en la meritoria versión de David Copperfield dispensada por Alba (2003), la traductora Matilde Salis opta por la aséptica expresión “membrana amniótica”. Curiosamente, sin embargo, nunca he visto empleada la castiza palabra “zurrón” que, a mi parecer, se adapta perfectamente a lo expresado por Dickens. En efecto, según el Diccionario de la Real Academia Española, zurrón significa, en su cuarta acepción: “Bolsa formada por las membranas que envuelven el feto y contienen a la vez el líquido que le rodea”.
A todo esto, alguien puede estar preguntándose: ¿Pero tiene esto alguna relevancia a la hora de valorar una traducción? Sinceramente, ninguna. En realidad no deja de ser una disquisición sin importancia, un pasatiempo inofensivo como otros muchos; solo que sin ellos, la literatura sería quizás un poco menos entretenida. Futesas al margen, Dickens es tan genial escritor y su prosa tan sólida que resiste todo tipo de acometidas. Al fin y al cabo estamos hablando de un autor excepcional que, en palabras del crítico W. H. Henley, será recordado como alguien que con sus libros hizo más para hacer felices a sus lectores que cualquier otro escritor de su tiempo. Y esto sí que es importante.
(Inicialmente publicado en la revista Platero, noviembre de 2005)
6.11.06
La hermana del poeta
Fanny Keats, la hermana pequeña de John Keats, se casó en 1826 con un español, Valentín de Llanos y Gutiérrez. Ella tenía veintitrés años, él treinta. Se habían conocido cuatro años antes, en la casa donde ella vivía, en Hamsptead, y desde el principio se sintieron atraídos. Según un testigo de la época, Valentín era un hombre apuesto, de principios liberales y dotado de grandes cualidades. Entre estas cualidades estaba la de escribir. Llanos era autor dos novelas histórico-costumbristas, escritas en inglés: Don Esteban, or Memoirs of a Spaniard, written by himself, y Sandoval, or the Freemason.
En agosto de 1833, la pareja, con sus dos hijos, se traslada a España. Atraviesan Francia y en la frontera española, los aduaneros -entonces una forma institucionalizada de bandolerismo- se "incautan" de su equipaje. Sabemos, por una carta que Fanny escribió a su amiga Fanny Brawne, que entre las pertenencias que le fueron sustraídas estaban la Biblia de la familia y primeras ediciones de libros de su hermano, con dedicatorias de su puño y letra. Afortunadamente, las cartas que le había escrito John cuando ella era adolescente, las llevaba escondidas en su bolso de mano -uno de aquellos indispensables que las señoras victorianas solían portar consigo-, y por suerte se salvaron del atropello.
Tras una breve estadía en Valladolid, de donde era natural Valentín, los Llanos se instalan en 1834 en Madrid. Fanny Llanos nunca más volvería a su país natal. Mantuvo una vida discreta, lejos del bullicio social, dedicada en cuerpo y alma a su familia. Murió en 1890, siete años después que su marido.
Es una pena que Fanny Llanos no nos haya dejado ningún testimonio escrito. A diferencia de otras damas inglesas aficionadas a la escritura, Fanny Keats no escribió ni memorias, ni libros de viajes ni diarios. Solo se conservan algunas cartas sin pretensiones, amables y corteses, dirigidas a familiares y a amigos y estudiosos de su hermano. Poca cosa para quien seguramente tenía mucho que contar.
En agosto de 1833, la pareja, con sus dos hijos, se traslada a España. Atraviesan Francia y en la frontera española, los aduaneros -entonces una forma institucionalizada de bandolerismo- se "incautan" de su equipaje. Sabemos, por una carta que Fanny escribió a su amiga Fanny Brawne, que entre las pertenencias que le fueron sustraídas estaban la Biblia de la familia y primeras ediciones de libros de su hermano, con dedicatorias de su puño y letra. Afortunadamente, las cartas que le había escrito John cuando ella era adolescente, las llevaba escondidas en su bolso de mano -uno de aquellos indispensables que las señoras victorianas solían portar consigo-, y por suerte se salvaron del atropello.
Tras una breve estadía en Valladolid, de donde era natural Valentín, los Llanos se instalan en 1834 en Madrid. Fanny Llanos nunca más volvería a su país natal. Mantuvo una vida discreta, lejos del bullicio social, dedicada en cuerpo y alma a su familia. Murió en 1890, siete años después que su marido.
Es una pena que Fanny Llanos no nos haya dejado ningún testimonio escrito. A diferencia de otras damas inglesas aficionadas a la escritura, Fanny Keats no escribió ni memorias, ni libros de viajes ni diarios. Solo se conservan algunas cartas sin pretensiones, amables y corteses, dirigidas a familiares y a amigos y estudiosos de su hermano. Poca cosa para quien seguramente tenía mucho que contar.
5.11.06
A cada cual lo suyo
En la entrevista de El País Semanal a Manuel Rivas se le pregunta por la mezcla de ficción y realidad en su última novela, Los libros arden mal. En su respuesta Rivas dice, entre otras cosas: "Podría haber elegido el camino de la ficción total y sería lo mismo. Pero si he hecho esta opción es porque me identifico con una literatura piel roja, siguiendo la división que hizo Emerson en el siglo XIX, cuando se plantean dos formas de afriontar la pugna entre ficción y realidad: la del escritor piel roja y la del rostro pálido".
Precisemos. Para empezar, Emerson no estableció esta dicotomía. Los calificativos de "piel roja" y "rostro pálido" se deben al crítico Philip Rahv, quien lo dio a conocer en un artículo titulado precisamente "Paleface and Redskin", incluido en su libro Image and Idea (1949). El artículo empieza diciendo "Viewed historically, American writers appear to group themselves around two polar types. Paleface and redskin I should like to call the two, and despite occasional efforts at reconcialiation no love is lost between them". En esta división Emerson sería un rostro pálido y, Whitman, por ejemplo, un piel roja. La literatura americana del XIX estaría dominada por los rostros pálidos, mientras que la del XX habría sido tomada por los pieles rojas. Además, esta división no tiene nada que ver con las diferencias entre autores de pura ficción y autores que mezclan ficción y realidad, como se da a entender en la respuesta de Rivas, sino más bien, y simplificando, entre "high-brow" y "low-brow", puritano y no puritano, experiencia vs. conciencia, etc...
Precisemos. Para empezar, Emerson no estableció esta dicotomía. Los calificativos de "piel roja" y "rostro pálido" se deben al crítico Philip Rahv, quien lo dio a conocer en un artículo titulado precisamente "Paleface and Redskin", incluido en su libro Image and Idea (1949). El artículo empieza diciendo "Viewed historically, American writers appear to group themselves around two polar types. Paleface and redskin I should like to call the two, and despite occasional efforts at reconcialiation no love is lost between them". En esta división Emerson sería un rostro pálido y, Whitman, por ejemplo, un piel roja. La literatura americana del XIX estaría dominada por los rostros pálidos, mientras que la del XX habría sido tomada por los pieles rojas. Además, esta división no tiene nada que ver con las diferencias entre autores de pura ficción y autores que mezclan ficción y realidad, como se da a entender en la respuesta de Rivas, sino más bien, y simplificando, entre "high-brow" y "low-brow", puritano y no puritano, experiencia vs. conciencia, etc...
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