20.5.13
Minas del Tirol
Maclovia y Federico, o las minas del Tirol, es una novelita de la escritora francesa del siglo XVIII Louise Brayer de Saint-Léon. En España fue traducida y publicada por primera vez en Valencia en 1816, por Ildefonso Mompié, y gozó de varias reediciones en la primera mitad del siglo XIX. La historia se basa en una "anécdota verdadera", y tiene un claro sabor romántico. Maclovia es hija única del príncipe de B..., hombre próximo a la corte imperial de Viena. El príncipe de Spigmark, general del ejército, es el elegido por su padre para ser desposarse con Maclovia; pero Maclovia ama apasionadamente al joven conde Federico de Walberg. Aquí empiezan los problemas para Maclovia y Federico, cuyo amor habrá de salvar todo tipo de obstáculos y fatalidades. Hacia el final de la novela Federico es castigado y enviado a las minas del Tirol, donde es obligado a descender y trabajar en una "gruta infernal", a más de trescientos metros de profundidad:
"El gredoso terreno sobre que se andaba producía algunos ecos semejantes al ruido de los truenos, y los habitantes de aquella lúgubre mansión atemorizaban al corazón más osado. Su excesiva extenuación, sus hundidos y amortiguados ojos, sus vestidos ennegrecidos por los vapores mefíticos del mineral que sacaban continuamente de las entrañas de la tierra, presentaban el horrendo aspecto de las sombras del Tártaro, y cuando se acercaron a ver a su nuevo compañero, Federico no pudo evitar un movimiento de horror".
Aunque no se mencione el nombre de la mina, ni cuál era el mineral que se explotaba, es muy posible que la autora tuviese en mente alguno de los numerosos criaderos de cobre y plata que se encuentran en las dolomías devónicas de la zona de Schwaz-Brixxlegs, en el valle tirolés de Inntal. Esta área minera fue la mayor y más importante de Europa en su género durante toda la Edad Media; y, pese a que su rendimiento decayó fuertemente a partir del siglo XVII a consecuencia de la plata proviniente de América, en el XVIII aún funcionaban algunas de ellas.
16.5.13
Keeler
Harry Stephen Keeler ( 1890-1967)
En orden a lecturas, todos tenemos nuestras debilidades más o menos inconfesables. La mía, desde hace algún tiempo, es leer a Harry Stephen Keeler. Nada mejor para entretener el tiempo, cuando no apetece leer obras de peso, que leer alguna de las más de ochenta novelas que escribió el inclasificable autor estadounidense. Keeler empezó a escibir en los años veinte y sus primeros títulos tuvieron un gran éxito: Noches de Sing-Sing. Las gafas del Sr. Cagliostro, El libro de las hojas color naranja, La cara del hombre de Saturno... En España su obra fue publicada a partir de los años cuarenta por el Instituto Editorial Reus, de Madrid, casi siempre en traducciones de Fernando Noriega Olea.
Las novelas de Harry Stephen Keeler entran dentro de lo que podríamos llamar novelas de misterio, pero sus "misterios" son muy peculiares. La principal característica es el elevado grado de complicación de las múltiples tramas y subtramas, aparentemente sin ninguna conexión, las cuales configuran una maraña inextricable, de relatos dentro del relato, que solo al final adquieren sentido. Sus argumentos son a menudo delirantes, casi surrealistas, y del todo imprevisibles. Dada su desbordante imaginación es prácticamente imposible adivinar lo que sucederá no ya en el próximo capítulo, sino en la página siguiente.
Así, por ejemplo, en la última novela suya que he leído, El hombre de los tímpanos mágicos (publicada en 1955, pero de 1939), la historia tiene lugar en Minneápolis en el trancurso de unas pocas horas, a través de dos largas conversaciones y en un mismo escenario: la casa del protagonista, un corredor de apuestas deportivas, casado con una mujer que durante tres días al año se retira a un convento y se convierte en monja. Se da el caso, sin embargo, que antes había estado casado en secreto con una mujer negra que regentaba en Londres un lupanar, en la que todas las chicas tenían algún defecto físico: una era bizca, otra jorobada, otra con siete dedos en una mano... El apostador sorprende en su casa a un ladrón de cajas de caudales que posee unos tímpanos artificiales o "auriculares microacústicos enfocadores de sonido Cromely", capaces de recoger los sonidos más imperceptibles. Aparece también un estrafalario abogado que quiere comprarle al corredor de apuestas un cráneo perforado de un gangster cocainómano. Y hay más: una mujer barbuda, un tipo que carece de lóbulos en las orejas, un gigolo con un ojo de cristal movible...
En los últimos años, perdido el favor del público en su país, Keeler no encontró editor, pero siguió escribiendo novelas que eran expresamente traducidas al castellano y publicadas por la editorial Reus. En la actualidad a Harry Stephen Keeler hay que ir a buscarlo a las librerías de lance. Allí les espera, con sus enrevesadas y estrambóticas historias.
12.5.13
Dedicatoria a un profesor
"Dios desde lo alto observa con benevolencia a un gentil maestro".
(Dedicatoria que el alumno Taplow inscribe en un ejemplar de la primera edición del Agamenón de Esquilo, en la traducción de Robert Browning, como regalo de despedida a su profesor de latín y griego Andrew Crocker-Harris.
(La versión Browning, 1994, de Mike Figgis. Guion de Ronald Harwood sobre la obra teatral de Terence Rattigan).
8.5.13
El Mayón
Vista del volcán Mayón, tomada desde el camino de Albay a Daraga.
(Grabado inserto en E. Abella y Casariego, 1884).
Leo en los periódicos que el volcán Mayón, en el extremo sureste de la isla de Luzón, en Filipinas, ha vuelto a explotar. Esta vez el balance provisional ha sido de cinco víctimas mortales. Los vulcanólogos han asegurado que se trata de una explosión de tipo freático. El Mayón -que exhibe un hermoso cono volcánico- es uno de los más activos volcanes del archipiélago filipino, y en su haber se cuentan varias erupciones históricas. Una de las más importantes por sus efectos devastadores fue la de 1814.
En un trabajo del ingeniero de minas y geólogo español Enrique Abella y Casariego sobre el Mayón, o volcán de Abay, publicado en el tomo XI (1884) del Boletín del Mapa Geológico, se cita el testimonio del párroco de Guinobatan, testigo de la erupción de 1814:
"Abrasó y arruinó enteramente los pueblos de Camalig, Cagsaua y Budia, con la mitad de Albay, lo mismo el de Guinobatan y menos el de Bulusan (...) La oscuridad llegó a partes bastante distantes, como a Manila e Ilocos, pasando la ceniza, como aseguran algunos, hasta China, y los truenos se oyeron en muchas partes del archipiélago..."
"Abrasó y arruinó enteramente los pueblos de Camalig, Cagsaua y Budia, con la mitad de Albay, lo mismo el de Guinobatan y menos el de Bulusan (...) La oscuridad llegó a partes bastante distantes, como a Manila e Ilocos, pasando la ceniza, como aseguran algunos, hasta China, y los truenos se oyeron en muchas partes del archipiélago..."
En su artículo, Abella , que fue testigo de otra erupción del Mayón, la de 1881, concluye su trabajo diciendo:
"Los pueblos situados en la base del Mayón saben perfectamente la peligrosa vecindad del coloso que les domina y, sin embargo, su población aumenta cada día, y es que sus laderas alimentan una soberbia y vigorosa vegetación que constituye la riqueza de la provincia y presienten que, como dice Sir Lyell, de las calamidades que forman el obligatorio lote de la humanidad, las más desastrosas deben atribuirse a las causas morales y no a las físicas, a los sucesoso que el hombre hubiera podido domeñar más que a las catástrofes inevitables que resultan de la acción subterránea".
4.5.13
Códices
El códice maya, El códice Rosetta, El códice 632, El códice secreto, El quinto códice maya, O códice do Santo Lugar, El códice del peregrino...
Luego vino el robo del Códex Calixtinus y hubo más. El juez del caso aprovechó para publicar Santiago: La leyenda del santo oculto. Y ahora el ladrón confeso del códice compostelano amenaza también con escribir una novela sobre el asunto.
¡No más novelas de códices! (De momento)
30.4.13
Seymour Krim
Seymour Krim (1922-1989)
Pese a formar parte de la generación beat su nombre no suele mencionarse ni aparece en las antologías junto a otros colegas. Probablemente el hecho de que no sea poeta ni haya escrito novelas, ha influido a la hora de orillar su figura. Krim se dedicó preferentemente al ensayo y al artículo cultural, y en este campo puede decirse que es uno de los iniciadores del "nuevo periodismo". Fue él quien acuñó la expresión "radical chic", que después hizo suya Tom Wolfe. Pero tampoco en esta parcela se le reconoce, por lo general, todo lo que se le debe.
Seymour Krim era judío neoyorquino, pero odiaba a los intelectuales judíos neoyorquinos, a excepción de Milton Klonsky. Colaboró en algunas de las mejores publicaciones periódicas del país: The Village Voice, Playboy, New York Magazine, The New York Times, Los Angeles Times, Washington Post...
En 1960, instalado ya en Greenwich Village, publicó su primera colección de ensayos, The Beats, y un año después salió Views of a Nearsighted Cannoner, que mereció grandes elogios de James Baldwin y Saul Bellow, entre otros. El libro llevaba un prólogo de Norman Mailer. Más tarde Krim, en 1969, publicaría un artículo, "Norman Mailer, Get Out of My Head!", en el que atacaba la pose de Mailer y su sumisión al glamour y a la fama, lo que motivó la ruptura de su amistad con el autor de Los desnudos y los muertos.
Con posterioridad Seymour Krim publicó más recopilaciones de artículos y ensayos, pero nunca consiguió con ellos superar la sorpresa inicial de sus primeros libros. Su prosa, calificada de jazzy, es rompedora, experimental, tan peculiar como difícil de definir. Tal vez sea este su mejor logro en el campo de la "no ficción", junto a la forma personal y libérrima con que trata algunos de sus polémicos puntos de vista sobre sus temas preferidos: el papel de la cultura en la sociedad americana del siglo XX, la negritud, el judaísmo, el éxito y el fracaso. Al menos así lo reconoce Philip Lopate, que no dudó en incluir uno de sus ensayos más celebrados, "For My Brothers and Sisters in the Failure Business", en su antología The Art of the Personal Essay (1994), cinco años después de que Krim se suicidara ingiriendo una sobredosis de barbitúricos.
Seymour Krim era judío neoyorquino, pero odiaba a los intelectuales judíos neoyorquinos, a excepción de Milton Klonsky. Colaboró en algunas de las mejores publicaciones periódicas del país: The Village Voice, Playboy, New York Magazine, The New York Times, Los Angeles Times, Washington Post...
En 1960, instalado ya en Greenwich Village, publicó su primera colección de ensayos, The Beats, y un año después salió Views of a Nearsighted Cannoner, que mereció grandes elogios de James Baldwin y Saul Bellow, entre otros. El libro llevaba un prólogo de Norman Mailer. Más tarde Krim, en 1969, publicaría un artículo, "Norman Mailer, Get Out of My Head!", en el que atacaba la pose de Mailer y su sumisión al glamour y a la fama, lo que motivó la ruptura de su amistad con el autor de Los desnudos y los muertos.
Con posterioridad Seymour Krim publicó más recopilaciones de artículos y ensayos, pero nunca consiguió con ellos superar la sorpresa inicial de sus primeros libros. Su prosa, calificada de jazzy, es rompedora, experimental, tan peculiar como difícil de definir. Tal vez sea este su mejor logro en el campo de la "no ficción", junto a la forma personal y libérrima con que trata algunos de sus polémicos puntos de vista sobre sus temas preferidos: el papel de la cultura en la sociedad americana del siglo XX, la negritud, el judaísmo, el éxito y el fracaso. Al menos así lo reconoce Philip Lopate, que no dudó en incluir uno de sus ensayos más celebrados, "For My Brothers and Sisters in the Failure Business", en su antología The Art of the Personal Essay (1994), cinco años después de que Krim se suicidara ingiriendo una sobredosis de barbitúricos.
27.4.13
Música y guillotina
Afortunadamente hacía algún tiempo que iba a casa de mi abuelo un mecánico alemán llamado Schmidt, a quien había hablado algunas veces del apuro en que se hallaban el doctor Guillotin y él. Aquel mecánico, constructor entonces de clavicordios, era muy hábil en mecánica, y sumamente apasionado de la música, como casi todos los de su país. Habiendo conocido a mi abuelo por haberle vendido algunos instrumentos, acabó por frecuentar su casa, ya para afinar el clavicordio o para proveerle de todo lo necesario para el manejo de otros instrumentos. La afición a la música acabó de unirle a Carlos Henrique Sanson que tocaba tan bien el violín como el violoncelo, no tardando en ponerle en un acuerdo completo el repertorio de Gluck.
Así fue que Schmidt iba muchas veces a lucirse en el clavicordio, mientras que Carlos Enrique Sanson hacía gemir su violín y suspirar su violoncelo. Ahora bien, una noche entre un aria de Orfeo y un dúo de Ifigenia, se cambió de instrumentos, si me es permitido hacer este horrible juego de palabras, encontrando mi abuelo aquel cuya forma buscaba con tanta perplejidad.
- Aguardad, que creo haber dado con vuestro negocio, interrumpió Schmidt, y tomando un lápiz trazó rápidamente un dibujo de algunos trazos:
¡ERA LA GUILLOTINA!
(Henri Sanson, Siete generaciones de verdugos 1688-1847. Traducción de José Lesen y Moreno. Biblioteca de La Correspondencia de España, Madrid, 1864)
24.4.13
Extraño animalillo
La Beatus libido major, según José Luis Posada
BEATA TOZUDA
Beatus libido major
Nacido en al-Andalus, a finales del siglo XII, Mose Ben Rusd, más conocido universalmente como Mairroes, fue el primer naturalista que reparó en estas inauditas criaturas con rostros de beatas, expresión reconcentrada y vuelo hipnotizante. Luego de dudar por una década, Mairroes terminó por clasificarlas en la clase Insecta, a pesar de que carecían por completo de los tres clásicos pares de patas. El sabio, mediante pacientes y agudas observaciones, determinó el tamaño: "Más grandes que algunos comejenes y más pequeñas que algunas mariposas no muy grandes", determinó los hábitos alimenticios: "Liban néctar de flores y hasta sangre de ganado equino y porcino", y observó el alegre revoloteo en primavera (la insectología se encontraba apenas en formación como rama de la biología) y díjose: "O se resignan a ser insectos o las pongo en el orden Insectívora a convivir con topos, musarañas y almiquíes". La Beatus libido major y la Beatus indiferentis minimum carecían de opiniones y todo quedó tal como lo planteó Mairroes, quien pecaba de cascarrabias y ostentaba además el aval de ser estudioso de Aristóteles y Maimónides (...)
Desgraciadamente las Beatus no llegaron hasta nuestros días, pues en siglos posteriores al XII, fueron a parar, de manera entre azarosa y obligada, y por millones, a las continuas hogueras que levantaba la Inquisición para disciplinar la epidemia de tozudos herejes. Cómo y de qué forma la sobreabundancia de disidentes del pensamiento religioso prevaleciente y la recua de los incendios públicos, coincidieron con el revoloteo de las inocentes Beatus, es un fenómeno historicoecológico que alguna ciencia diagonal deberá examinar en el futuro...
(José Luis Posada y Félix Guerra, Criaturas insólitas o desaparecidas, Trama Editorial, 1998)
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