23.5.08

Vida

"La vida es gloriosamente imprevisible."


(John Gilbert en La reina Cristina de Suecia, de Rouben Mamoulian, 1933. Diálogos de S.N. Behrman)

20.5.08

Valero de Urría

Hoy hace cien años moría don Rafael Zamora y Pérez de Urría, marqués de Valero de Urría. Hombre polifacético, el marqués fue un personaje de lo más singular en la levítica Oviedo de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Había nacido en París, en 1861, y siempre conservó una querencia por lo francés. Fue escritor, traductor, colaborador de la prensa local, compositor de música, primer presidente de la Sociedad Filarmónica de Oviedo, conferenciante en los programas de Extensión Universitaria y director de la Escuela de Artes y Oficios. Solía ir atildado y vestido como un dandy, y en las tertulias se hacía notar. Según cuenta Ignacio Gracia Noriega, era fama que el marqués se cepillaba una botella de coñac todas las tardes y se quedaba tan fresco, lo que hizo exclamar, admirándose, al prócer don Policarpo Herrero: “¡Qué barbaridad! ¡Con lo caro que está el coñac!”
De entre su escasa obra literaria destaca un curiosísimo libro de relatos, de “peregrino humor” (Azorín dixit), publicado en Oviedo en 1906. Su título completo es: Crímenes literarios y meras tentativas escriturales y delictuosas, perpetrados por el profesor D. Iscariotes Val de Ur, catedrático de Paleografía, Criptología y Zoophonía en la Universidad de Polanes, publicados, cementados (sic) y precedidos de una biografía del mismo por Rafael Urdeval, telarañista, su discípulo y albacea.” Sigue luego una página con el lema Signum Sceleris, y un dibujo que representa un libro abierto atravesado por un cuchillo. La dedicatoria, de Rafael Urdeval, dice así: “A mi docto y respetable amigo el señor Marqués de Valero de Urría, bachiller en Letras por la Sorbona, licenciado en ambos derechos por la Salmanticense, traductor eximio de la divina Ilíada y despreciador indulgente de la especie humana”. Uno de los “crímenes literarios” se titula “Dogmas éticos, séase morales, o más claro anoopneumatológicos-telematoscópicos, predicados por un Can lleno de experiencia en un Concilio de Zoarios”. De haber sido francés, los surrealistas lo hubieran hecho suyo.

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18.5.08

El magalosauro de Dickens

En el primer párrafo de la novela Casa desolada (Bleak House, 1852-53), Charles Dickens nos presenta un Londres intransitable y fantasmagórico, con una sorprendente alusión paleontológica: “Implacable tiempo de noviembre. Tanto barro en las calles como si las aguas acabaran de retirarse momentos antes de la faz de la Tierra, y no sería de extrañar encontrarse con un Megalosaurus de más o menos doce metros de largo, marchando pesadamente, como un lagarto elefantino, en dirección a Holborn Hill” En una reciente edición anotada de esta novela (Valdemar, 2008), hay nota aclaratoria para Holborn Hill, pero no para Megalosaurus; tal vez en la creencia de que el lector de hoy en día ya sabe qué cosa es un megalosauro.
La primera noticia escrita del Megalosaurus (“lagarto grande”) la dio en 1822 un médico llamado James Parkinson, quien habría de ser recordado por la enfermedad que lleva su nombre. Parkinson analizó un gran diente fósil encontrado en Stonesfield, llegando a la conclusión de que debía pertenecer a un reptil de gran tamaño Dos años más tarde el excéntrico geólogo William Buckland publicó una descripción del esqueleto de un Megalosaurus, adelantándose en ello a Gideon Mantell, conocido recolector de fósiles y descubridor del Iguanodon.
Años más tarde, el Megalosaurus sería uno de los dinosaurios modelados y expuestos en el Crystal Palace, que había sido desmantelado después de la Gran Exposición de 1851 y vuelto a edificar en un parque de Sydenham, en las afueras de Londres. Las reproducciones, a tamaño natural, fueron obra de escultor Benjamin Waterhouse Hawkins, asesorado por el anatomista y paleontólogo Richard Owen, del Museo de Historia Natural. Tras su apertura en 1854 el público acudió en masa a ver aquellos espantables monstruos prehistóricos, Ahora se sabe que, desde el punto de vista científico, todas las restauraciones eran erróneas; pero la muestra fue un éxito popular durante muchos años. Y lo que es seguro es que muchos de los visitantes, al ver el imponente Megalosaurus, se acordarían al instante de Dickens y su Casa desolada.

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17.5.08

Protección

Nadie debe ser protegido contra uno mismo.

(De An Almanac, de Norman Douglas, 1945)

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15.5.08

Cuestión de género

Katharine Hepburn: ¿Y por qué no ha dicho: Lizzie, quiero hablar con usted de hombre a hombre?
Burt Lancaster: ¿De hombre a hombre?
Katharine Hepburn: Perdone, me he equivocado. Usted no es un hombre.

(El farsante, de Joseph Anthony, 1956. Guión de R. Richard Nash)

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12.5.08

Americanos en París

"Estoy convencido de que de no haber sido bueno el tiempo reinante durante el mes de mayo, la revolución no se hubiera podido hacer. Quizás se hubiera reducido a unas cuantas escaramuzas. La lluvia y el frío suelen atenuar los ánimos revolucionarios más que ninguna otra cosa. Sé que esto podrá resultar cínico, pero yo creo que es verdad. La Policía de París también compartía mi opinión. Tengo entendido que los oficiales de la Prefectura se reunían todos los días para estar al corriente de los boletines meteorológicos." Quien así habla es el periodista Jack Hartley, narrador de la novela El alegre mes de mayo (1971), de James Jones.
Jones fue uno de los escritores norteamericanos que, a poco de suceder los hechos de mayo de 1968, decidió novelarlos. (Otros fueron Jill Neville, con The Love-Germ, y Frank Yerby, residente en España, que en 1970 publicó Speak now, aquí traducida como Mayo fue el fin del mundo). Jones residía entonces en París, en el Quartier Latin, y fue testigo de las algaradas.
En la novela se nos narra la progresiva desintegración de una familia americana en París, cuyos miembros se verán envueltos, por diferentes motivos, en el vértigo de la revuelta. Al margen de este hilo argumental, de tintes dramáticos, lo que tal vez interese más de la novela hoy en día es el carácter documental que Jones sabe imprimir a la narración, relatando con precisión, día tras día, los movimientos que tuvieron lugar en la rive gauche. La visión que de los hechos nos presenta, por boca de Hartley, el autor de De aquí a la eternidad, no es ciertamente encomiástica. Es la visión escéptica de un liberal desencantando, que quemó los ideales de su juventud luchando en la segunda guerra mundial, y que ha visto ya demasiadas insensateces como para creer todavía en utopías capaces de cambiar el mundo.
Según cuenta Frank MacShane en Into Eternity. The Life of James Jones, American Writer (1985), cuando se publicó en Estados Unidos El alegre mes de mayo la crítica lo recibió con una mezcla de hostilidad y desconcierto, siendo las reseñas negativas más numerosas que las positivas. Jones se tomó todas ellas con su usual estoicismo. Hacía tiempo que se había dado cuenta de que debajo de los adoquines no había playa.

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La fama es un fastidio

Después de haberse mostrado "encantada" de recibir el premio Nobel de Literatura, Doris Lessing dice ahora que haberlo ganado ha sido un "maldito desastre"; que solo hace que conceder entrevistas y pasar el tiempo en sesiones de fotos, y que se ha gastado casi toda la cuantía económica del premio en sus hijos, nietos y demás familia.
La fama agobia, casi tanto como la familia.

9.5.08

De Palmira a Olot

Constantin-François de Chasseboeuf, conde de Volney (1757-1820), fue un digno representante del espíritu de la ilustración. Político, viajero, historiador y lingüista, su obra más célebre es Las Ruinas, o meditaciones sobre las revoluciones de los imperios (1787), más conocida por Las ruinas de Palmira. Al principio fue partidario de la Revolución, pero después de pasar diez meses en la cárcel durante el Terror, optó en 1795 por emigrar a Estados Unidos.
Durante tres años Volney se dedicó a recorrer el este de la antigua colonia inglesa, adentrándose hasta Detroit, Cincinatti y Louisvillle, y recogiendo datos de todo tipo. Acusado de espía, hubo de precipitar su marcha a Francia. Una vez en su país, publicó el resultado de sus correrías americanas en una obra en dos tomos titulada Tableau du climat et du sol des États-Unis d’Amérique (1803). Aunque Volney no era naturalista, estaba al día en publicaciones sobre geología. En dicho libro habla de los distintos terrenos, y divide el país en “regiones geológicas" de rocas graníticas, areniscas, rocas calcáreas, arenas marinas y depósitos fluviales. Volney se atreve incluso a abordar una rudimentaria cartografía geológica, en la que figuran las diversas formaciones y su distribución, advirtiendo al lector del significado de los colores. Una de las copias de este esbozo geológico se la dio Volney a su amigo americano William Maclure, quien lo utilizó ampliamente para elaborar en 1809 su mapa geológico del este de Estados Unidos. Este mapa tuvo mucho éxito y se reimprimió varias veces.
Poco antes, Maclure había estado en Europa y había visitado los volcanes extintos de la comarca gerundense de Olot. Le sirvió de guía el boticario de la localidad Francesc de Bolós, quien había descubierto el volcanismo de esta región unos años antes, si bien no publicaría su estudio hasta 1820. Maclure, sin embargo, no perdió el tiempo, y en 1808 envió al Journal de Physique, de Chimie et d’Histoire Naturelle de París una comunicación titulada “Sur les volcans d’Ollot (sic) en Catalogne”. Más tarde, este artículo suscitaría la curiosidad de Charles Lyell, quien no dudaría en visitar en 1830, en plena década ominosa, los volcanes olotenses. Lyell acabaría haciendo justicia a Bolòs, pero esta ya es otra historia.

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