19.2.17

Alfombra de piel


Desde el suelo barbotó Lynn Warden:
-Cuando te atrape, me haré una alfombra con tu piel, Sidney. Estás pensando en el favor que te haría Graham disparando, ¿no? De esta forma te lo quedaría todo.
-No sea gilipuertas, jefe.
El rostro de Warden enrojeció de ira.

(Ray Lester, Inventar un asesino. Colección Punto Tojo, Editorial Bruguera, 1976).
 

15.2.17

Sangre rota




Cuando uno lee Santuario (1931) es difícil sustraerse a la opinión que de ella dio su autor con ocasión de su reedicion en la Modern Library:"Para mí esta es una idea barata porque fue deliberadamente concebida para hacer dinero". Y concluyó: "Hice un buen trabajo". Santuario fue en su momento, y en cierto modo continúa siéndolo, la novela más popular de Faulkner, aunque no la más representativa de su estilo. No está a la altura de El ruido y la furia o Mientras agonizo, por citar dos obras maestras inmediatamente anteriores en el tiempo; pero sigue siendo un relato brutal, trágico y violento, contado con un pulso narrativo formidable.
La historia del impotente y maligno Popeye y la violación (con una mazorca) y degradación en el burdel de Temple Drake esconde un simbolismo que en Faulkner es bastante común: la invasión y conquista del Sur por la civilización depredadora y mecanicista. Con el paso del tiempo la novela había ido difuminándose en mi recuerdo, difuminándose los perfiles de sus actores y la naturaleza de sus escenas, hasta el punto de creer, por ejemplo, que Popeye era negro. Y no, lo que es negro en Popeye, negro como el alma del personaje, es su característica chaqueta "ceñida y de talle alto". 
Santuario fue la primera novela de Faulkner.que leí, en la edición de la colección Austral de Espasa-Calpe. Había sido publicada por primera vez en España en 1934 por la misma editorial y (curiosamente) en la colección Hechos Sociales. La traducción era del escritor cubano Lino Novás Calvo y llevaba un prólogo de Antonio Marichalar, uno de los mejores críticos literarios de la época, si no el mejor. El prólogo terminaba con estas palabras: "Y eso es todo: aire seco y combustible, pasión en celo, sangre rota". Inapelable síntesis. .

11.2.17

Mecánica Popular


Cuando era niño en casa estábamos suscritos a Mecánica Popular. Era una de las pocas revistas americanas que llegaban a España (otra era Selecciones del Reader's Digest), La edición en español de Popular Mechanincs, "escrita para que Vd. la entienda", era una ventana abierta a la vida americana, a su way of life y a los avances tecnológicos. En el número de febrero de 1969, por ejemplo, encontramos artículos sobre la vida cotidiana de los astronautas, prospectores con pulmones acuáticos, reparación de frenos motrices, arranque para generador auxiliar, ordeño ultrarrápido, lámparas hechas con un frasco, la casa flotante, etc.
Pero a mi lo qie más me llamaba la atención de la revista eran sus anuncios, en especial dos de ellos. En el primero se veían los retratos de Descartes, Newton y Franklin, y se preguntaba; "¿Cuál era el secreto poder que poseían? ¿Por qué fueron tan notables estos hombres?" La respuesta estaba en que los tres pertenecían a los Rosacruces, "una organización no religiosa que han existido desde hace siglos". Y luego ponían una dirección postal de San José, California, donde pedir el libro El dominio de la vida, "que explica de qué manera puedo aprender a usar las facultades y poderes de la mente".


El otro anuncio era el Charles Atlas. Aparecía una foto suya con el torso desnudo y marcando músculos. Atlas era un "alfeñique" de 44 kilos que se convirtió en "el hombre más perfectamente desarrollado del mundo". Y decía. "Le probaré en 7 días que USTED también puede ser este HOMBRE NUEVO". Para ello bastaba con pedir su libro, en el que explcaba su sistema de "Tensión Dinámica", a una dirección de NuevaYork. Así de fácil.


Solo con pensar en los sabios Rosacruces o con el atlético Charles Atlas, ya excitaba mi imaginación. Pero la verdad es que nunca llegué a contactar con ellos. 

7.2.17

Sacar de nuevo la herida a la luz


Escibir. Escribir  Reanudar el camino. Emprender un nuevo viaje. Sacar de nuevo la herida a la luz. Dejarse cegar por ella. Nada salva y ya es muy tarde. Llega el momento del empujón último, definitivo. Nadie escucha los gritos de quien llora en silencio. Y escribir, volver, sentirse cojo porque ya no arde, porque va doliendo cada vez más y más alto, más y más claro. Porque ya no hay engaño, porque todo es verdad. Y esa verdad salpica los ojos, inunda lo escrito, lo no escrito aún, lo que está por llegar. Para nacer de nuevo hay que morirse antes, muchas veces, en muchas partes, hacia dentro.

(Ana Vega, El cuaderno griego. Ediciones Trabe, 2016).

3.2.17

El loro del rey Carlos I

El "loro del rey Cartlos I". Ilustración de The Log-Book of a Fisherman
 and aZoologist (1875), de Frank Buckland

A mediados del siglo XIX unos trabajadores que estaban haciendo unas reparaciones en el Castillo de Windsor, descubrieron en una de las viejas chimeneas en desuso un extraño esqueleto. Según la opinión del jefe de la servidumbre se trataría de los restos del loro favorito del rey Carlos I .
El esqueleto fue enviado para su estudio al médico y naturalista Francis T. Buckland, experto en animales raros y nondescripts, y que entonces residía en Windsor como ayudante de cirujano del Segundo Regimiento de los Life Guards.
Buckland lo examinó con detalle y no tardó en reconocer que se trataba de un fraude. Según su dictamen, el curioso objeto no era sino el esqueleto de un conejo, dispuesto en una actitud como de pájaro. El conejo había sido cortado en dos, y la carne arrancada de los huesos, y coloreada en un tono marrón para dar la apariencia de antigüedad. Tiempo después se enteró Buckland de que el falso loro había sido preparado por uno de los life-guards de su regimiento, que quería tenderle una trampa. Pero no era facil engañarlo.

30.1.17

Herida sangrante




María Félix: "¿Tú me quieres?"

Vittorio Gassman: "¿Acaso lo dudas?"
María Félix: "Soy como una herida que sangra, cuando aprendo a conocerme."

(La corona negra, de Luis Saslavsky, 1951. Guion de Jean Cocteau y Charles de Peyret-Chappuis).