26.11.14

Carmina Virgili


Hace unos días murió Carmina Virgili, primera catedrática que hubo en España de su especialidad (Estratigrafía). Cuando yo estudiaba Geológicas en Barcelona ella estaba en la Universidad de Oviedo; luego, cuando yo me fui a Oviedo, ella ya se había ido a Madrid. Más tarde llegué a conocerla, en una lectura de tesis. Como todo estudiante de geología de entonces, hube de consultar más de una vez su fundamental monografía El Triásico de los Catalánides (1958), que había sido su tesis doctoral.
Hace unos años mantuve con ella una breve y amable correspondencia a propósito de la estancia de Charles Lyell en España, cuando preparaba su libro Lyell. El fin de los mitos geológicos (2003). Para entonces estaba ya jubilada y dedicaba sus esfuerzos a la historia de la geología. En su faceta pública Virgili fue Secretaria de Estado de Universidades e Investigación con el primer gobierno socialista, presidenta de la Fundación Pablo Iglesias y senadora por Barcelona.
La esquela publicada en La Vanguardia dice así:

"CARMINA VIRGILI RODON. Geóloga. Nacida en Barcelona, el 19 de junio de 1927, ha muerto en Barcelona, el 21 de noviembre de 2014. Se va agradecida de los años que ha vivido y del afecto que siempre ha encontrado en sus amigos, compañeros, alumnos, colegas y familiares. Se despide de los que quedan y espera, de alguna manera, encontrar a los que no están. No se celebra entierro, porque ha hecho donación de su cuerpo a la Facultad de Medicina."

Descanse en paz. 
  

23.11.14

El poder de la flauta


De cómo las inflexiones de ciertas flautas sonando de cierta manera pueden sanar el dolor de ciática.
     Es cosa creída por muchos y sabida por tradición, que cuando la ciática hace más dolor, entonces, si un flautista suena suavemente modulando, los accesos de dolor menguan. Hace poco lo he encontrado escrito en una obra de Teofrasto. También que las picaduras del escorpión se curan por medio del sonido hábil y modulado de la flauta, lo pone un libro de Demócrito intitulado Sobre las pestilencias, donde informa que para muchas enfermedades del hombre el canto de las flautas ha sido medicina. Tanta es la afinidad entre el cuerpo y la mente del hombre, y por tanto entre los achaques, también, y las curas del alma y del corazón.  

(Aulo Gelio, Noches áticas, libro IV, XIV. Versión a partir de la traducción al catalán del Dr. Cebriá Montserrat de las Nits àtiques, Vol II, Fundació Bernat Metge, Barcelona, 1934)

19.11.14

Algo que decir

Thomas Wolfe (1900-1938)

    Tengo que deciros una cosa:
     Me fue dicho algo en la noche, quemando los cirios del año que se desvanecía; en la noche ha hablado algo y me ha dicho que moriré, no sé dónde. Al perder la tierra que conocemos por un conocimiento mayor, al perder la vida que tenemos por una vida mayor y al dejar a los amigos a los que queremos por un amor mayor, los hombres encontramos una tierra más amable que nuestros hogares, más amplia que la tierra.
     En donde están enterrados los pilares de  esta tierra, hacia los cuales tienden los espíritus de las naciones, hacia los cuales se estira la conciencia del mundo, hacia allí se levanta un viento y fluyen los ríos.

(Thomas Wolfe, Tengo algo que deciros, Luis de Caralt, Barcelona. 1964. Traducción: F, Santos Fontenla)
 

15.11.14

Las horas felices


He visitado, en la Biblioteca de Asturias "Ramón Pérez de Ayala", la exposición Víctor Botas. Veinte años depués. José Havel, comisario de la misma, ha conseguido una excelente muestra representativa de lo que fue la vida y la obra del poeta ovetense.
A Víctor Botas (1945-1994) le conocí a principios de los años ochenta del siglo pasado. Los dos compartíamos admiración por Jorge Luis Borges. Además, se daba la curiosa coincidencia de que Víctor y yo nacimos un 24 de agosto, al igual que Borges. A veces  nos cruzábamos en la calle Conde de Toreno, por la mañana, cuando íbamos a nuestros respectivos trabajos. La primera que vez que nos vimos, en 1982, me regaló un ejemplar de Oliver, primer cuaderno de ejercicios, que acababa de sacar la tertulia a la que asistía y que que se reunía los viernes por la tarde en la cafetería Oliver de la Avenida de Galicia.
Ahora lo tengo a la vista. Son dieciséis hojas sin mumerar, tamaño cuartilla, con poemas y textos diversos mecanografiados. De Botas hay un poema, "Teseo", y un fragmento de su novela entonces inédita Mis turbaciones. Y hay otros nombres: José Luis García Martín, Enrique Bueres, Eduardo Errasti, Carlos González Espina, Esther Segovia, Felicísimo Blanco, Antonio García, Manuel Eguren... En la primera página, a modo de declaración de intenciones se dice: "La literatura es un mero pretexto para discutir, reir, y pasar un rato juntos (...) Cualquier cosa sirve para jugar, sin pretensiones, con las palabras. Al azar ofrecemos una brcve muestra del resultado de nuestro juego. No se trata -obviamente- de páginas que pretenden pasar a la inmortalidad. Queremos sólo dejar mínima constancia de unas horas que fueron felices..."

12.11.14

La última cosa


"La muerte no es la peor cosa en la vida de un hombre. Solo la última".

(Ronald Reagan en Almas en tinieblas, 1949, de Don Siegel. Guion de Kathryn Scola, basado en la novela de Philip Wylie)

9.11.14

Metales-prodigio


Con el Escorpión Azul, prototipo de avión, o mejor dicho, de nave sideral, habían quedado plenamente resueltos la mayoría de los problemas que la ciencia, desde el siglo XX, tenía planteados (...) La era atómica había llegado a ser, por precisión, la era de los metales-prodigio, y del titanio y el kentanium se había pasado al zirconio, descubierto a fines del siglo XVIII, pero cuya utilidad no se había llegado a ver hasta mediado el siglo XX. El zirconio, con su capacidad para soportar las terribles temperaturas que necesariamente se deberían desarrollar en las cámaras de combustión de las aeronaves siderales que hubiesen de vencer la gravedad de la Tierra, había sido la primera conquista, ya que el metal, en una aleación con el bórax llegaba a resistir temperaturas de hasta 6.000 grados centígrados. pero se había llegado más lejos al lograr el zirconio-G, capaz de resistir temperaturas de 10.000 grados centígrados y con ello, el combustible hidrazina, de alto poder energético, pero insuficiente para lograr arrancar navíos de gran peso de la gravedad de la Tierra, había podido ser sustituido por la energía atómica.

(Alf. Regaldie, Piratas del espacio, Editorial Valenciana, 1956) 

6.11.14

De cementerios


El pasado fin de semana estuve repasando un libro cuya lectura era muy apropiada para las fechas dedicadas a honrar a los difuntos. Se trata de Tratado de cementerios (Tipografía Mariana, Lérida, 1887), del que es autor D. Rafael Leante y García, arcediano de la catedral de Jaca. Este raro impreso contiene todo tipo de materias relacionadas con los camposantos, entre ellas: construcciones de los mismos, higiene, bendición, nichos y panteones, llaves, atribuciones de los ayuntamientos, carros fúnebres, inhumación, exhumación y traslación de cadáveres, derecho canónico y civil, etc... Además de otras instrucciones a los curas párrocos sobre legados piadosos, cuarta funeral, y formularios para la redacción de partidas. Esta compendiosa obra debiera figurar entre lo más destacado de muestra literatura funeraria, a la cabeza de la cual deberíamos situar a D. Celestino Barallat, autor muy querido por Joan Perucho (véase entrada en este blog del 4/4/2011).
Desde mi punto de vista lo más interesante del tratado de Leante son los apartados dedicados a la privación de sepultura eclesiástica en determinados casos: judíos, paganos y catecúmenos; apóstatas de la fe; nominalmente entredichos; excomulgados vitandos; suicidas; duelistas; torneadores (condición esta que aprovecha Leante para arremeter contra las corridas de toros, "borrón de la cultura de nuestra patria", si bien no debe negarse cristiana sepultura al torero que, saliendo herido en la lidia, tiene tiempo de arrepentirse y recibir la absolución); religiosos que mueren con peculio; ladrones y salteadores de caminos; raptores de iglesias; pecadores públicos; concubinarios; mujeres públicamente prostituidas; etcétera. Capítulo especial merecen los usureros públicos, para quienes tiene el autor duras palabras: "¡Quiera Dios que en estos tiempos no cause funestos efectos el antagonismo, cada vez más creciente, entre pobres y usureros!". Hay cosas que no cambian.

3.11.14

La muerta viva


Más admirable que todo lo referido es lo que sucedió a David Hamilton , médico de Londres con una mujer noble. Cuéntalo él mismo en el tratado que escribió De Febre Miliari. De resulta de un parto trabajoso, fue invadida la enferma de quien hablamos de una fiebre miliar; y agravándose frecuentemente los síntomas, después de una convulsión universal, cayó en tan profundo deliquio, que todos la creyeron muerta; de modo que yendo el médico Hamilton a visitarla de orden del marido de la paciente, le estorbaban los criados la entrada, pero él porfió hasta que logró verla. Hallola con toda la palidez e inmovilidad propia de la muerte. Tocó la arteria; ni el menor vestigio de movimiento pulsatorio había en ella. Aplicó un espejo a la boca y narices; no recibió la menor turbación. Sin embargo, por alguna conjetura tomada de los antecedentes, sospechó quye era semejanza de la muerte aquella y no muerte verdadera. Ordenó luego que la dejasen estar en la cama si hacer novedad alguna en la ropa hasta que pasasen algunos días, ni la enterrasen (lo que es muy digno de ser notado) hasta que se pasase una semana entera. Prescribió algunos remedios para recobrarla. Apenas querían oirle. Venció en fin al marido y fue llamado un cirujano para sajarle ventosas, que era uno de los remedios ordenados. Vino el cirujano; y después de bien contemplado el cuerpo de la enferma, preguntó con irrisión a los domésticos: ¿para qué querían que se aplicasen ventosas a una difunta? Mas al fin, cediendo a sus instancias, las aplicó. Continuáronse de orden del médico los remedios, la enferma siempre como muerta, hasta que pasados dos días empezó a respirar blandísimamente; el día siguiente, a hablar y moverse. En fin, sanó del todo y vivió después cinco años.

(Benito Jerónimo Feijoo, "Señales de muerte actual", en Teatro Crítico Universal, tomo V, discurso VI, 1733)