20.7.14

La Gran Desgracia


El centenario del inicio de la Primera Guerra Mundial ha propiciado el recuerdo, y en algunos casos la reedición, de novelas que tratan este tema bajo diversas perspectivas. Así, suelen citarse las más conocidas, como Adiós a las armas, de Ernest Hemingway; Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque, El fuego, de Henri Barbusse, Tempestades de acero, de Ernst Junger... y otras menos conocidas: El buen soldado Schweik, de Jaroslav Hasek o Los que teníamos doce años, de Ernst Glaeser. (En esta última novela, en la que guerra es vista desde la retaguardia alemana por un adolescente, se dice: "La guerra son nuestros padres").
Pero ahora quiero aquí mencionar un cuento que, a pesar de su brevedad, resume toda la crueldad y el absurdo de la guerra. Se trata de El miedo (Gallo Nero, 2010), del escritor italiano Federico De Roberto (1861-1927), relato crudo y verista, publicado en 1921.
En un pasaje del mismo escribe De Roberto:
    "La guerra es dura, pero, ¡yo resisto!"
    "Era la frase irónica, la cantinela mordaz con la que los humildes soldados de infantería, que se consumían en los fosos de las trincheras, soportaban todas las fatigas, afrontaban todos los peligros y padecían todas las torturas, expresaban el dolor y el desdén contra los orgullosos propósitos que ostentaban los emboscados, los héroes de sillón, los especuladores que se lucraban con la gran desgracia".  

16.7.14

Encuentro en Elstree School

Edward Sanderson (izquierda) y John Galsworthy (derecha)
a bordo del Torrens en 1893.

Edward ("Ted") Sanderson fue el compañero de viaje del futuro escritor John Galsworthy en 1893 cuando los dos hombres, tras un infructuoso tour por el Sur del Pacífico en busca de Robert Louis Stevenson, se embarcaron en Australia de vuelta a Europa en el Torrens, donde encontraron a Joseph Conrad, el primer oficial del barco. Este fue el inicio de una larga amistad entre los tres. La familia de Sanderson era propietaria de una escuela preparatoria en Elstree, Hertfordshire; y una vez instalado en Inglaterra Conrad visitaba con frecuencia a Ted en dicha escuela, de la que fue director durante muchos años.
Un sábado del verano de 1920 un alumno interno de Elstree, Edouard Roditi, se hallaba practicando el piano en una de las salas del colegio cuando Ted Sanderson se le acercó y le dijo: "Roditi, venga conmigo que le presentaré al señor Conrad. Le encanta hablar francés y tal vez usted pueda acompañarle un rato y complacerle". De familia judía, Roditi tenía entonces diez años y había nacido en París. Sus padres se habían empeñado en enviarlo a Inglaterra a estudiar, pero al pequeño Edouard no le hizo ninguna gracia. Cogía muchos resfriados y se aburría.
Aquel día, durante media hora, el pequeño Edouard, que no tenía ni idea de quién era el tal Conrad, estuvo hablando con él mientras ambos paseaban por los jardines del colegio. Décadas después, convertido en ciudadano americano y en un escritor cosmopolita, recordaría aquel primer encuentro:
"Cuando conocí a Conrad por primera vez le quedaban cuatro años de vida. Era un hombre discreto, cansado. En la conversación me preguntó acerca de mi familia y reiteradamente me dijo cuán afortunado era de hablar tres idiomas, inglés, francés y español. Me contó varias anécdotas de su juventud políglota, ninguna de las cuales recuerdo. Pues un niño recuerda solo aquellas experiencias que le parecen significativas en su momento, y yo era aún demasiado joven para apreciar las reminiscencias de un hombre de letras...".



Roditi plasmaría estos viejos recuerdos en un brevísimo, pero evocador, texto de apenas trece páginas. Meetings with Conrad, impreso en 1977 por The Press of the Pegacycle Lady, de Los Angeles, en una tirada de doscientos ejemplares numerados y firmados por el autor. Una referencia  que raramente se incluye en la extensa bibliografía sobre Joseph Conrad.

12.7.14

Jamones y jamonas


A pie, me introduje por la calle Escudillers. Era de noche y brillaban las luces de reclamo de los establecimientos a un lado y otro de la calzada.
    Las estrechas aceras obligaban a caminar por el asfalto para no tropezar con los que venían en dirección contraria.
    Me detuve ante el Tequila, un bar donde se podían encontrar muchas cosas de las que buscan los solitarios y los insatisfechos.
    (...)
    Me acodé en la larga barra, casi al fondo del local. Había mucho humo y olía a humanidad, a tabaco y a otras cosas de difícil clasificación.
    -¿Me das fuego? -me preguntó una voz de mujer.
    Me volví y vi a una rubia teñida con ojos excesivamente pintados, labios cargados de rouge y un aire de cansancio que en vano trataba de disimular con una sonrisa forzada.
    Le encendí el cigarrillo y pregunté:
    -¿Está la Dolly?
    Puso un gesto de asco y miró en derredor.
    -Debe de estar con algún amigo.
   -¿Cliente?
    ¿No te voy mejor yo? Quizá tú mismo te sorprendas de las posibilidades de tu grúa.

(Ralph Barby, Perfume a jamón. Colección "Punto Rojo", Editorial Bruguera, 1985)
 

9.7.14

¿Versión integra o abreviada?


Leo en el Times Literary Supplement, del pasado 20 de junio, la reseña que Martin Beagles hace de la novela de Antonio Muñoz Molina In the Night of Time (Houghton Mifflin Harcourt, 2013), traducción al inglés de La noche de los tiempos. Lo que más me llama la atención de la reseña es el espacio (en torno a las dos terceras partes de la misma) que Beagles dedica a comentar la extensión del libro. La edición original tenía 958 páginas, mientras que esta es considerablemente más corta: 641 páginas (aproximadamente un 20% menos).
"Aunque no hay mención de ello ni en el libro ni en el material publicitario -dice Beagles- la traducción de Edith Grossman lo reduce a tal extensión que parece correcto hablar de una abreviación". Al parecer, y según indica el reseñista, el número de capítulos y sus seciones es el mismo, pero es raro encontrar un pasaje que no haya sido recortado. Los cortes varían en extensión. A veces es solo una palabra -generalmente un adjetivo-, pero en otras son frases enteras las que "desaparecen". El material entre paréntesis es particularmente vulnerable a la poda.
Como dice Beagles: "A pesar de la habilidad con que se han ejecutado por lo general estos cambios subrepticios, el conjunto del libro se ve inevitablemente afectado". Sin duda este "aligeramiento" del texto original se ha hecho con el permiso de Muñoz Molina, a instancias de la traductora o de la editorial americana, o de ambos; pero no deja de ser discutible. Me pregunto cuántas obras traducidas al español, de las que ahora mismo podemos encontrar en las librerías, habrán pasado por el mismo proceso y no nos enteramos. Aquí lo dejo.

6.7.14

Un poema de Vinyoli



TRABAJO DE VIEJO

Al atardecer, fuera del pueblo, paseo,
buscando aquello que nunca encontraré.
Trabo palabras con dolor y recuerdos
de gozos vividos. Famélicos gatos acuden
a devorarme. Sueños, habéis huído.
Palpo la roca y el árbol y me apoyo en él.
Ya es hora de volver a casa. Viejo,
llevo en la mano la piedra del poema.

("Feina de vell", en: A hores petites, Ed. Crítica, 1981. Traducción: J. O.)

3.7.14

Vinyoli



Este señor con cara de enfurruñado podría pasar por el poeta Philip Larkin. Pero no lo es. Se trata de Joan Vinyoli, también poeta, de quien se cumplen hoy los cien años de su nacimiento.
Joan Vinyoli i Pladevall es uno de los más importantes poetas catalanes de la segunda mitad del siglo XX. Nunca logró la nombradía y la populatridad de otros poetas coetáneos, como Foix, Espriu o Ferrater, pero su obra poética brilla con singular fuerza y esplendor.
De formación autodidacta (sus estudios se vieron truncados a causa de la guerra civil), sus inicios poéticos están marcados por el existencialismo y la influencia de la poesía alemana, en especial de Rilke y Hölderlin. Esta influencia se irá desvaneciendo a partir de los años cincuenta, de modo que en los libros El callat (1956) y Realitats (1963), muestra ya un mayor apego a la realidad y la presencia de la vida diaria. En estos años, sin embargo, la voz de Vinyoli no sobrepasa la de un círculo minoritario, y no es hasta 1970, con la publicación de Tot és ara i res (1970), cuando Vinyoli empieza a gozar de una mayor difusión y repercusión hasta alcanzar su consagración con la edición de su Poesía completa 1937-1975, con una reveladora introducción de Joan Teixidor. Posteriormente vendrían otras obras, como Vent d'aram (1976), que inaugura su última etapa, más centrada en el amor y la muerte, y empieza a recibir premios. Muere en 1984, año en que se publican sus Versions de Rilke. Principio y final. 

30.6.14

Matute

Ana María Matute (1925-2014)


Con 17 años escribió su primera novela, Pequeño teatro, y ha muerto con 89 dejando una novela  inacabada, Demonios familiares.
Olvidado rey Gudú, publicada en 1996 tras años de silencio, marca un antes y un después en la obra de Ana María Matute. En esta novela encontró un territorio propio, un mundo mágico presidido por la fantasía y la fábula que caracterizó su última etapa como novelista.
"Hubo una época en que escribir una cosa no realista era muy complicado", dijo recientemente en una entrevista en La Vanguardia. Y, en efecto, este es el recuerdo que guardo de la lectura de La torre vigía (1971): el de ir a contracorriente del realismo y el experimentalismo que predominaban en aquel momento.  
Ana María Matute gozó de una envidiable longevidad vital y creativa. Su larga carrera literaria estuvo llena de premios y reconocimientos. Además, y no menos importante, fue una escritora que no solo suscitó admiración sino que se hizo querer.
Descanse en paz entre sus queridos elfos. 

26.6.14

Sueño leriniano




LA CASA

Regresé a los treinta años de mi muerte. La casa, vieja, sin aquella mano de pintura que nunca pudimos dar; los libros sepultados por el polvo; los muebles, devorados por la carcoma. Ni rastro de los míos. Mi mujer, enterrada lejos, en el sur seco y amarillo. Mis dos hijos, a los que tanto quise, irremisiblemente borrados, sin pistas para saber qué habrá sido de ellos. Subo y bajo escaleras, cojo el ascensor, recorro el inmenso garaje, paseo por la acera, pero no conozco a nadie, no queda nadie de aquel tiempo. Y no puedo preguntar a esa gente extraña, porque no me oyen y, quizá, ni me ven. No debí volver.

(Francisco Ferrer Lerín, Mansa chatarra. Edición a cargo de José L. Falcó. Jekyll & Jill, 2014)