1.9.14

Fantasmal aparición del héroe


     Y, de repente, un trueno horrísono descargó allá fuera, iluminando toda la estancia con una llamarada lívida que desgarró brutalmente el negro cielo nocturno del que caían  torrentes de agua.
     Un golpe violento de aire abrió la puerta de nuevo, con áspero crujido de madera vieja y goznes chirriantes. Scott y la joven volvieron hacia allá la cabeza, sobresaltados.
     El último fulgor del chispazo celeste llegó todavía a alumbrar una silueta larga, impresionante, oscura y fantasmal, erguida en el umbral de la entrada, a contraluz del relámpago.
     Y una voz extraña, profunda, fría y sin marices, retumbó roncamente:
     -Buenas noches, señores. ¿Pueden alojar aquí por unas horas a un viajero perdido en medio de la tormenta?

(Kent Davis, Forajidos en la noche. Colección Far West, Editorial Astri, 2000)

28.8.14

Incómodos interrogantes


No obstante, al tiempo que se multiplican las voces de quienes sostienen que el libro futuro será digital o no será -y las de aquellos que defienden el del papel, inevitablemente-, muy pocos parecen ver que el debate en torno al soporte del texto literario no solo no contribuye a la discusión pendiente en torno al valor de la literatura, sino que sirve de excusa también para posponer esa discusión todo lo posible. En otras palabras, que la discusión sobre si leeremos en papel o en digital -y aquí el tiempo verbal es erróneo, ya que la mayor parte de nosotros "ya" leemos en ambos formatos- es agitada por los actores que intervienen en el negocio editorial para no discutir si leeremos a secas y, en ese caso, qué; y que esto posiblemente se deba a que una discusión de ese tipo no puede sino resultar incómoda para una industria que, con la anuencia y el entusiasmo de muchos escritores, ha desvalorizado el producto literario mediante la repetición de las fórmulas ya conocidas, la instrumentalización del texto -que se ha convertido en reclamo publicitario de políticos y actores o en producto franquiciado de una marca que abarca también filmes, espectáculos deportivos o, en el peor de los casos, performances- y la multiplicación de la oferta. Qué leeremos en el futuro es un interrogante incómodo porque tiene como requisito ineludible el preguntarse sobre lo que leemos en el presente, una pregunta que tal vez no podamos responder sin cierto rubor.

(Patricio Pron, El libro tachado. Prácticas de la negación y el silencio en la crisis de la literatura. Turner Noema, 2014)

30.7.14

Vacación

Este blog, como es costumbre por estas fechas, se dispone a tomarse unas semanas de vacaciones.
Gracias a todos los lectores por su perseverancia.
Volveré a finales de agosto.
Buen verano y mejores lecturas.

26.7.14

Lackington

El publicista Charles Knight escribió una evocadora semblanza de James Lackington en su libro The Shadows of the Old Booksellers (1865), la cual fue editada con el título de El zapatero librero por la valenciana Editorial Castalia en 1947, en su colección "Gallardo" de opúsculos para bibliófilos, con traducción de M. Cardenal de Iracheta. Lackington fue famoso por haber fundado en Londres, en Finsbury Square, la tienda Lackington, Allen y Compañía, más conocida por El Templo de las Musas, "donde casi medio millón de volúmenes están constantemente a la venta".

 El Templo de las Musas

Lackington había nacido en 1746, en Wellington, de familia muy pobre, Cuando tuvo catorce años sus padres le pusieron de aprendiz de un zapatero en Tauton. Más tarde se independizó y se trasladó a Bristol. En torno a los treinta volvió a Londres y abrió una pequeña librería en la calle Chiswell. A partir de entonces su negocio no dejó de crecer, gracias sobre todo a sus novedosas técnicas de ventas, como bien se encargó él mismo de enumerar en sus Memorias de los cuarenta y cinco primeros años de la vida de James Lackington (1791), en las que, entre otras cosas, escribe: "Así como el rey de Bohemia conservó sus zapatos de campesino para recordar cual había sido su origen, así puse yo una leyenda en las puertas de mi carruaje para rememorar constantemente a qué debía mi prosperidad: Pequeñas ganancias producen grandes fortunas." Como era previsible, Lackington fue censurado y rechazado, cuando no envidiado y odiado.



En un grabado satírico de la época, inserto en la mencionada edición de Castalia, se puede ver al antiguo zapatero remendón, convertido ya en rico librero, en el acto de subirse al carruaje de marras. Una multitud de vecinos le rodean, chanceándose. Lackington, indiferente, se apoya para subir al coche en tres gruesos volúmenes, sus mayores éxitos de ventas (a saber: el Common Prayer, los sermones de Tillotson y la Sagrada Biblia). Repárese, en primer plano, en el perrito haciendo caca sobre un libro abierto, presumiblemente sus memorias. 

23.7.14

Papeletas

   

     Las papeletas para convidar las señoras que vayan en medio pliego con la hoja en blanco; esto es, quartilla apaysada, tendrán de ancho de 22 á 24 emes, y se harán de cursiva, con los nombres de versalitas.
     Las de quartilla con la hoja tambien en blanco tendrán 16 emes. Si se tiran muchas se harán dos para tirarse juntas, poniendo en el medianil 7 líneas de parangona.
     Regularmente quando convidan señores se hacen esquelas de cursiva, y los nombres de versalitas de redondo. Por lo comun se estilan unas y otras para participar casamientos.

(Juan Josef Sigüenza y Vera, Mecanismo del arte de la imprenta para facilidad de los operarios que le exerzan. Madrid, Imprenta de la Compañía, 1811)

20.7.14

La Gran Desgracia


El centenario del inicio de la Primera Guerra Mundial ha propiciado el recuerdo, y en algunos casos la reedición, de novelas que tratan este tema bajo diversas perspectivas. Así, suelen citarse las más conocidas, como Adiós a las armas, de Ernest Hemingway; Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque, El fuego, de Henri Barbusse, Tempestades de acero, de Ernst Junger... y otras menos conocidas: El buen soldado Schweik, de Jaroslav Hasek o Los que teníamos doce años, de Ernst Glaeser. (En esta última novela, en la que guerra es vista desde la retaguardia alemana por un adolescente, se dice: "La guerra son nuestros padres").
Pero ahora quiero aquí mencionar un cuento que, a pesar de su brevedad, resume toda la crueldad y el absurdo de la guerra. Se trata de El miedo (Gallo Nero, 2010), del escritor italiano Federico De Roberto (1861-1927), relato crudo y verista, publicado en 1921.
En un pasaje del mismo escribe De Roberto:
    "La guerra es dura, pero, ¡yo resisto!"
    "Era la frase irónica, la cantinela mordaz con la que los humildes soldados de infantería, que se consumían en los fosos de las trincheras, soportaban todas las fatigas, afrontaban todos los peligros y padecían todas las torturas, expresaban el dolor y el desdén contra los orgullosos propósitos que ostentaban los emboscados, los héroes de sillón, los especuladores que se lucraban con la gran desgracia".  

16.7.14

Encuentro en Elstree School

Edward Sanderson (izquierda) y John Galsworthy (derecha)
a bordo del Torrens en 1893.

Edward ("Ted") Sanderson fue el compañero de viaje del futuro escritor John Galsworthy en 1893 cuando los dos hombres, tras un infructuoso tour por el Sur del Pacífico en busca de Robert Louis Stevenson, se embarcaron en Australia de vuelta a Europa en el Torrens, donde encontraron a Joseph Conrad, el primer oficial del barco. Este fue el inicio de una larga amistad entre los tres. La familia de Sanderson era propietaria de una escuela preparatoria en Elstree, Hertfordshire; y una vez instalado en Inglaterra Conrad visitaba con frecuencia a Ted en dicha escuela, de la que fue director durante muchos años.
Un sábado del verano de 1920 un alumno interno de Elstree, Edouard Roditi, se hallaba practicando el piano en una de las salas del colegio cuando Ted Sanderson se le acercó y le dijo: "Roditi, venga conmigo que le presentaré al señor Conrad. Le encanta hablar francés y tal vez usted pueda acompañarle un rato y complacerle". De familia judía, Roditi tenía entonces diez años y había nacido en París. Sus padres se habían empeñado en enviarlo a Inglaterra a estudiar, pero al pequeño Edouard no le hizo ninguna gracia. Cogía muchos resfriados y se aburría.
Aquel día, durante media hora, el pequeño Edouard, que no tenía ni idea de quién era el tal Conrad, estuvo hablando con él mientras ambos paseaban por los jardines del colegio. Décadas después, convertido en ciudadano americano y en un escritor cosmopolita, recordaría aquel primer encuentro:
"Cuando conocí a Conrad por primera vez le quedaban cuatro años de vida. Era un hombre discreto, cansado. En la conversación me preguntó acerca de mi familia y reiteradamente me dijo cuán afortunado era de hablar tres idiomas, inglés, francés y español. Me contó varias anécdotas de su juventud políglota, ninguna de las cuales recuerdo. Pues un niño recuerda solo aquellas experiencias que le parecen significativas en su momento, y yo era aún demasiado joven para apreciar las reminiscencias de un hombre de letras...".



Roditi plasmaría estos viejos recuerdos en un brevísimo, pero evocador, texto de apenas trece páginas. Meetings with Conrad, impreso en 1977 por The Press of the Pegacycle Lady, de Los Angeles, en una tirada de doscientos ejemplares numerados y firmados por el autor. Una referencia  que raramente se incluye en la extensa bibliografía sobre Joseph Conrad.

12.7.14

Jamones y jamonas


A pie, me introduje por la calle Escudillers. Era de noche y brillaban las luces de reclamo de los establecimientos a un lado y otro de la calzada.
    Las estrechas aceras obligaban a caminar por el asfalto para no tropezar con los que venían en dirección contraria.
    Me detuve ante el Tequila, un bar donde se podían encontrar muchas cosas de las que buscan los solitarios y los insatisfechos.
    (...)
    Me acodé en la larga barra, casi al fondo del local. Había mucho humo y olía a humanidad, a tabaco y a otras cosas de difícil clasificación.
    -¿Me das fuego? -me preguntó una voz de mujer.
    Me volví y vi a una rubia teñida con ojos excesivamente pintados, labios cargados de rouge y un aire de cansancio que en vano trataba de disimular con una sonrisa forzada.
    Le encendí el cigarrillo y pregunté:
    -¿Está la Dolly?
    Puso un gesto de asco y miró en derredor.
    -Debe de estar con algún amigo.
   -¿Cliente?
    ¿No te voy mejor yo? Quizá tú mismo te sorprendas de las posibilidades de tu grúa.

(Ralph Barby, Perfume a jamón. Colección "Punto Rojo", Editorial Bruguera, 1985)